Mi anotador de Snoopy

Hace más de un par de años —puede que dos pares si la memoria no me traiciona, unos tres si estoy equivocado y desde siempre solo si estoy un poco loco— que llevo anotadores sea cual sea el lugar a donde voy.
Hace solo un año, sin embargo, que siempre llevo el mismo, un anotador de Snoopy. Mide once de alto por ocho de ancho, es perfecto para mis bolsillos. El lomo es plano y las ciento sesenta hojas están cocidas, por lo que es sumamente fácil abrirlo y que se mantenga la apertura. Excelente para releer lo escrito, algo que suele conllevar pereza.
Jamás he tenido yo en mi poder, en todos mis años usando anotadores, semejante obra maestra de la practicidad. Además, siendo tan atractivo, da muchas ganas de escribir en él, lo que redobla su uso. Uno se compra un anotador de bolsillo por si aparece la necesidad de escribir, y si el anotador en cuestión entusiasma el ánimo para tal tarea, cumple una función doble.
Como digo, no he visto yo una cosa semejante en toda mi vida.
Esto, sin embargo, que advertí sabiamente durante las primeras implementaciones de mi anotador de Snoopy, conllevó el surgimiento inmediato de un talón de Aquiles, en donde mi anotador es Aquiles y yo mismo soy el talón al meditar que, de no usar a Aquiles sabiamente (como aprendió a las malas Agamenón), perdería la oportunidad de conquistar Troya, lo cual hallo como equivalente más próximo a tomar buenas notas para un escritor.
La solución más lógica a este problema es, por supuesto, conseguir una fuente de suministros de este formato de anotador tan efectivo. Pero si la respuesta hubiera sido tan fácil, no habría mencionado la existencia de un talón de Aquiles, sino más bien un Aquiles sin falencias: lo que sería un Odiseo al completo sin utilizar su nombre, un Diomedes sin piedad o un Héctor sin hermanos. Este relato sería, además, demasiado corto para tratarse de un relato mío, y no lo habría escrito.
Si hay palabras hasta aquí es porque, evidentemente, no conseguí otro anotador igual, lo que lo ha convertido en un anotador único. Y si tanto se ha llegado a escribir sobre un anillo único, las letras y las palabras se ponen nerviosas al considerar cuánto puedo hacer yo refiriéndome a un anotador con la misma virtud.
No creo que vaya a ser esta una narración tan larga, sin embargo, y la razón de esta suposición radica en que no he comenzado a escribir el día de hoy considerando un viaje de ida y vuelta en el que me proponga destruir mi anotador. Afortunadamente, a mi anotador único le quedan todavía suficientes hojas.
Lo que deseaba hacer era manifestar una anécdota nacida del talón de Aquiles. Para evitar confusiones, le llamaré a partir de ahora el talón de Snoopy, y como suena tan mal, es probable que no vuelva a utilizar más el término.
Siendo las hojas de mi anotador de un tamaño reducido, comencé casi sin pensar en ello a utilizar mecanismos que me permitieran un mayor aprovechamiento de las mismas. Nunca he sido de las abreviaturas y detesto los etcéteras, con especial rechazo al punto que sigue justo después de su contracción. Esto es un mal de familia —y con familia me refiero a la familia grecorromana que lo inventó—: no hay ninguna necesidad de ese horrible etcétera de tres letras con un punto.
Por tanto, mis métodos de reducción empezaron a virar hacia un lugar que siempre me ha sentado más cómodo: el de los símbolos. De esta manera, una nota que podría decir «Hay unas vistas que aparecen cuando uno se sienta en el cuarto escalón de las pequeñas escaleras de piedra junto al arroyo, y que no aparecen cuando se sienta uno en cualquier otro de ellos» se transforma en algo como «OJO, cuarto escalón, bonito paisaje».
Esto, que de primeras parece cambiar el sentido original al de una advertencia para no caer ante una arquitectura urbana defectuosa, permite ahorrar mucho papel. Pero puede acabar convirtiéndose en un arma de doble filo, y un escritor suele saber por experiencia que el papel corta.
El asunto principal de esta narración comienza en una página del anotador que utilicé una mañana de invierno. Hay días que, por alguna razón desconocida, me despierto a horas extrañas con ideas de lo más curiosas, y como ya he explicado antes, siempre tengo un anotador a mano para escribirlas.
La de esa mañana fue una idea fascinante, tan fascinante que recuerdo haber estirado la mano mucho más de lo que las mañanas suelen incentivar a hacerlo, con la finalidad de tomar una lapicera de color rojo y añadir un símbolo de admiración en el tono que representa la máxima urgencia.
Como todavía era muy temprano y se trataba de un fin de semana de invierno, fue gratificante el guardar la libreta y seguir durmiendo un poco más. Más tarde, ya levantado, tuve un gran día en el que realicé mis quehaceres con la normalidad de un personaje de relleno. Eso, sumado a otras interacciones sociales, hizo que no tocara mi anotador en todo el día, y como terminé tan cansado, no fue sino hasta el día siguiente que repasé las hojas, donde recordaba haber dejado una idea magistral.
Al poner atención, me encontré con algo así:

Descubrí a través de esta pequeña hoja de once por ocho, que una idea escrita de manera superficial no sirve absolutamente de nada si no es capaz de despertar esa chispa inicial que generó la idea en primer lugar y que la hizo digna de ser considerada una gran idea. Yo tenía claro que en esa hoja había algo fascinante, pero al no recordar qué era —y no poder descifrar el código que fabriqué de manera improvisada mientras la escribía al tiempo que intentaba cuidar de mi tan querido anotador—, no era capaz de comprender dónde se hallaba esa genialidad, incluso convencido de que estaba allí.
Busqué en mi memoria hasta el cansancio, pero no fui capaz de recordar la idea primigenia, por lo que a continuación me puse a la tarea de decodificar la mezcla inconexa de símbolos y palabras.
Algunas cosas resultaban más sencillas que otras, como la triple zeta y la flecha hacia arriba, que asumo sería algo así como «Cuando me levanto», aunque bien podría tratarse de otra persona levantándose, o del mundo entero haciéndolo. La siguiente conjunción de símbolos indicaba sin dudas un mundo fantástico o mágico, algo muy recurrente en mi mente y que perfectamente podría aparecer entre mis pensamientos una mañana de invierno en la que me despierto sin razón. ¿Había intentado escribir «Cuando el mundo mágico despierta»?
Nunca se me ha dado muy bien escribir poesía, pero al analizar esta primera línea confieso que empecé a considerar la posibilidad de que la idea fuera la de convertirme en poeta, anotada a través de unos versos no muy buenos que, por la mañana y tan cansado, me hubieran parecido increíbles. Seguir leyendo «Funciona para todos, pero hay que entrenar» me hacía dudar por un lado y seguir con la moción del poeta por otro. Comencé a preguntarme: «¿Cualquiera puede ser poeta?» o «¿Solo se necesita entrenar para ser poeta?», y «¿Cuál es el entrenamiento del poeta?».
Parecía algo descabellado, pero ¿quién soy yo para juzgar a mi propia imaginación cuando tiene ideas dentro de ideas?
Luego encuentro una línea recta, que bien puede señalar un camino, un quiebre de línea, el inicio de un diálogo inconcluso, la inclusión de diálogos inconclusos, o solo condenados diálogos. La barra diagonal que sigue es tan misteriosa como una pared que no se puede atravesar. Luego, remato: «La muchacha tiene ojos «cansados» (al final no)». ¿Qué es esto? Esta línea es la que más intriga me causa. Puedo considerar, al igual que cualquiera, que se trata del detalle de una trama: un personaje relevante que tiene la cualidad de «ojos cansados», y que al final de la narración la pierde, reemplazándola por unos efectivos ojos de felicidad genuina. La luna hasta podría indicar la noche como causa o lugar.
Pero ¿era la idea, entonces, una novela? ¿Incluía poesía la novela? ¿O es que la novela es una poesía? ¿Eran dos ideas distintas? No he conseguido hallar los enlaces entre la primera línea y la segunda, no siento que pertenezcan «al mismo mundo», y ante esta mención, me es imposible no revisar que, de hecho, la primera línea tiene un mundo y un par de símbolos mágicos. ¿Y si no compusieran una unidad y fueran en realidad símbolos individuales que solo se vieron bien juntos y confundieron a mi análisis? He vuelto a lo mismo: sin la idea original, no sé qué es lo que quise decir.
Continúan dos palabras únicas para la línea siguiente: «Disputas» y «Resquemor». ¿Quise incorporar emociones a la poesía, o más argumentos a la trama? ¿O es que acaso describí sensaciones mías al momento de imaginar el resultado de la utilización de la idea? ¿O es que incluso fui más allá e hice elucubraciones futuras a un público receptor? ¿La muchacha de ojos cansados tiene una disputa con alguien, y es esta la causa de un par de ojos cansados a la luz de la luna?
Ojalá pudiera encontrar respuestas en el resto de la nota, pero todo se vuelve incluso más confuso. La anteúltima línea muestra lo que parece tratarse de una cámara fotográfica, acompañada del texto «Permite placas visuales». Quizás la idea original incluía fotos de algún tipo, o las fotografías formaban parte de la trama, si vamos con la hipótesis de la novela. También podría ser que cada poesía fuera acompañada de una fotografía, en vez de mis acostumbrados dibujos. Siento que lo recordaría si fuera cualquiera de estas opciones, y que ninguna de ellas se siente genuina porque existe otra razón que no logro recordar.
Las sensaciones son más memorables que todo lo demás.
La última línea es una humorada: «Director de Cine» y «Val». Como ya he mencionado, detesto los acrónimos y diminutivos, pero eso no significa que esté exento de utilizarlos. Así pues, «Val» pudo ser un nombre (¿el de la muchacha?), una empresa, una habilidad especial, el nombre de una poesía o de una novela, o del director de cine que es mencionado justo antes y que no sé qué relación tiene con todo lo demás. Como he dicho, una humorada.
Al día de hoy sigo jurando que se trataba de una buena idea, pero aunque exploré cuanto pude en mi afán por dar con ella, todos mis esfuerzos fueron tan fútiles como los de Sísifo empujando su piedra. Escribí unas estrofas que decían así:
A la hora en que despierta el mundo, hay magia
Lo ven todos, si se trabaja en poner atención
Incluso la muchacha con ojos cansados
Que va cayendo, pese a tanto insistir
Puede una noche de luna brillante
Sonreír.
El odio y el reproche no existen cuando se sabe
Que al día siguiente, una agradable fotografía puede verse
También tomarse, guardarse, exhibirse
De inmediato, está ahí, esperando por nosotros.
Probablemente tan lejos de la idea original como de la melódica prosa ancestral griega de Homero, pero ahí está. Si la idea era ser poeta, no estaba tan bien pensada.
También escribí un largo guion narrativo que quizás pase a limpio alguna vez, y que quizás sirva para un manuscrito en el futuro, y que quizás publique, si vale la pena.
Desde que ocurrió este hecho, me ha quedado la espina de no saber qué es lo que he aprendido —o debo aprender— de esta historia. Si no se debe confiar en los anotadores, si no se debe codificar lo que se escribe, o si no se debe confiar en lo que parece tan sensacional una mañana de invierno, cuando se tiene sueño y entran las ganas de escribir.