
ASCENSO ~ SOL & LUNA · LIBRO i · 2025
Galmivia

Rasmus nunca tuvo una afición hasta que por causa del destino conoció Galmivia, el juego de realidad virtual más popular del mundo. Pocas horas dentro del Gran Pueblo fueron necesarias para darse cuenta que acababa de descubrir algo que lo llenaba más que cualquier otra cosa. Había encontrado lo que quería para su vida, para su futuro, y por más obstáculos que aparecieran en su camino, no lo dejaría pasar.
Seiichi no sabe quién es y tampoco dónde está, se encuentra en blanco. La única opción que le queda es correr por su vida, tratando de comprender por el camino qué es lo que ha sucedido con su memoria. Luego de aliarse con una sacerdotisa y conseguir escapar de una prisión, emprenderá una aventura intentando desbaratar los planes del imperio de Damaxco, que hacen peligrar el propio destino de la tierra.
Adéntrate de lleno en esta serie de historias cruzadas repletas de acción, misterio y aventuras.
Rasmus
Era muy temprano como para levantarse a desayunar. Aún no habían salido los primeros rayos de sol por el este cuando el medio loco despertador de Rasmus sonó sin parar desde su mesita de noche. Soltó el suspiro amargado que sueltan todas las personas a quienes les han arruinado su plácido descanso. Apagó el aparato y corrió la cortina de tela traslúcida para observar por la ventana al azul opaco del cielo que anunciaba que la noche se acercaba a su fin. El cantar de los primeros zorzales solo le dio más ganas de volver a dormirse; las aprovechó para evitar la mirada que le dedicaba el ave oscura que reposaba en la rama del árbol más cercano. «Qué raro ―se dijo―. ¿Tenía los ojos rojos?» Se abrazó a la almohada y buscó dormir un poco más.
No habían pasado ni cinco minutos cuando el insoportable sonido volvió a timbrar. Miró al reloj como quien mira a alguien que ha hecho un chiste de mal gusto en un lugar y momento equivocados. Lo apagó de forma un tanto exagerada y se sentó sobre la cama. Sin dejar de mirarlo, se puso a reflexionar sobre lo mal que hacían al mundo los relojes despertadores. Tenía la ligera sospecha de que algún día alguien demostraría con argumentos sólidos y convincentes que tal aparato del infierno era la causa de todos los males del mundo. Bueno, quizás estaba siendo un tanto dramático, pero como mínimo debían de haber estado relacionados con el origen de dos o tres guerras, porque, ¿quién no tiene ganas de comenzar una guerra cuando le despiertan de un dulce y reparador sueño?
―La alarma ha vuelto a fallar ―dijo somnoliento antes de que su madre pudiera alegrarse por encontrarlo despierto tan temprano.
La mujer sonrió sin dejar de amasar.
―¿Sabes una cosa? Nunca he conocido a nadie que tenga tantos problemas con el despertador.
―¿Y yo qué tengo que ver? ―cuestionó Rasmus refregándose los ojos―. Los problemas los tiene el aparato. Estoy seguro de haberlo puesto en la hora correcta anoche. No sé por qué suena antes.
―Vaya ―se apenó su madre―, lo revisaré más tarde, quizás haya que comprar uno nuevo.
―¡Claro!, ¡por supuesto! ―intervino el señor Rask, apareciendo en la cocina con una corbata a medio poner―. Otro despertador, ¿qué más da? Si total seré yo quien tenga que pagarlo. He trabajado desde los quince años, madrugando como un niño en la víspera de Navidad, y nunca en toda mi vida me ha fallado un despertador. ¿Qué tienes para decir de eso?
―Se ve que antes eran de buena calidad ―balbuceó Rasmus. Su madre se volvió con una sonrisa, pero rápido le arrojó negativas con la cabeza, vaticinándole lo que se le venía encima.
―¡Bah! ¡Buena calidad! ¡Tú vas a hablarme a mí de buena calidad! ¿Sabes qué utilizaba mi padre para despertarnos a mí y a mi hermano? Un gallo del corral. ¡Un gallo! ¿Crees que se trataba de un gallo de calidad también?
Estaba seguro de poder encontrar una respuesta ingeniosa, pero una rápida mirada de su madre lo desalentó, así que optó por quedarse callado. Su madre suspiró.
―Eso pensé ―repuso el señor Rask, disfrutando de ser quien llevaba la razón―. ¿Sabes cuál es el remedio natural de las personas con problemas de horarios? ―El hombre levantó el mentón y mostró acusador el dedo índice―. Se llama trabajar.
―Lars, por favor ―bufó su esposa―. Tu hijo tiene dieciséis años, no empieces otra vez.
―¡Ja! No me lo podías poner más fácil. ¿Sabes qué hacía yo a los dieciséis?
La señora Rask cerró los ojos y Rasmus solo pudo lamentar haber contestado la primera vez. Para aliviar a su madre, decidió que ese día iría más temprano a la escuela, aunque en realidad lo hacía para aliviarse a sí mismo también; nada era más pesado en la mañana que escuchar a su padre hablando de cómo los jóvenes de hoy en día habían perdido la brújula y que ya no existía la cultura del esfuerzo. Por las tardes tampoco, ni en ninguna otra franja horaria.
El comedor de la escuela estaba casi vacío; no muchas personas iban allí a desayunar. De hecho, la posibilidad de que se pudiera desayunar en la escuela estaba bastante cuestionada por el poco uso que se le daba. Rasmus, ajeno a tal controversia, eligió una mesa cercana a los ventanales del patio y se dedicó a comer, ubicando la vista en uno de los tantos pinos que había tras los ventanales. El paisaje era gris, estaba nublado y la noche anterior había llovido, dejando rastros de humedad en el patio. Se quedó pensando en todo eso de los trabajos. Le faltaba un año y medio de escolaridad para tener que decidir qué es lo que haría con su vida, pero no estaba seguro si la frase correcta a la que debía recurrir era «Todavía me queda un año y medio» o «Solo me queda un año y medio». Casi siempre creía que la primera opción era la más adecuada, pero cuando su padre salía con peroratas como la de esa mañana, la segunda opción cobraba fuerza. La verdad es que no tenía idea de qué es lo que le gustaría hacer cuando terminara la escuela; no tenía una carrera o una afición que le apasionara, y lo de trabajar en el mercado de la familia le parecía una opción pésima. El asunto era que, si acaso pensaba salirle con negativas a su padre sobre ello, debería ir pensando una muy buena excusa, y para ello era sin dudas aplicable la segunda opción.
Logró distraerse de sus pensamientos cuando un pájaro de plumaje oscuro sobrevoló los pinos y pasó rasante cerca de los ventanales. Frunció el ceño preguntándose si sería el mismo que había visto esa mañana a través de la ventana de su casa.
―Ridículo ―resolvió. ¿Por qué lo seguiría un pájaro?
―¿Disculpa?
Dejó caer su cuchara en el plato ya casi vacío de cereales con leche y levantó la vista para encontrarse con unos grandes ojos celestes relampagueando detrás de unos rizos rubios. Elevó las cejas tratando de ubicarse en tiempo y espacio, pero no lo consiguió.
―¿Qué?
―Me pareció que dijiste «ridículo» ―dijo Annika, sentándose frente a él en la mesa sin pedir permiso―. No te referías a mí, ¿verdad?
La sequedad que le ofreció fue inevitable. De todos sus compañeros de clase, era la chica con quien menos relación tenía, debía ser la primera vez que compartían una mesa. Una cuota de sentido se añadió cuando Elina apareció para ocupar un asiento a su lado. Con ella sí se llevaba mucho mejor, desde el preescolar, aunque tuvo la sensación de que ocupar aquel lugar acababa de ponerla de muy mal humor.
―¿Entonces?
―Solo estaba… pensando ―logró decir Rasmus. Fue lo primero que se le vino a la mente. Si había una defensa mejor, no se le ocurrió, ya fuera porque Annika tenía una belleza intimidante, o porque recién ahora reparaba en toda la gente que había en el comedor mirando en su dirección.
Para su sorpresa, ella sonrió. Le mostró tantos dientes que casi se pone a contar si no tenía algunos de más.
―¡Yo también! ―dijo ella con un más que extraño entusiasmo―. ¿En qué pensabas?
―En… el… ¿futuro? ―Dudó tanto que terminó buscando apoyo en Elina, pero esta se dedicó a bufar y arremolinarse un mechón de cabello castaño. Su amiga le parecía muy malhumorada esa mañana.
―Qué previsor, Rasmus Rask ―dijo Annika con soltura. Volvió a sonreír―. Yo también he estado pensado en eso, en el futuro cercano.
―¿Qué tan cercano? ―Afinó la vista. Al fin veía de qué se trataba aquella conversación tan inusual.
―Dos semanas. ―Annika deslizó un folleto por encima de la mesa. Rasmus divisó la imagen de una montaña nevada, unas grandes gafas deportivas, y una gran polvareda de nieve―. Pruebas para el equipo de competición de esquí, en el Ice Mountain Club. ¿Sabías que soy la capitana? Necesitamos nuevos miembros y estoy muy segura de haberte visto lucirte el otro día. Eras tú, ¿verdad? No puedo confundirme. Te deslizabas muy bien.
Rasmus trató de convencerse de que no la había visto sonrojarse, de que solo era un efecto de la calefacción.
«De todos los deportes del mundo, no podrías haber elegido uno peor. Detesto el esquí», pensó en decir. Pero se sentiría como todo un mal educado si le contestaba eso a una persona que apenas conocía.
―No soy tan bueno. Solo voy ahí porque está afiliado al centro de deportes.
Omitió decir que le encantaba faltar a esa clase.
―¿Centro de deportes? ―curioseó Annika―. ¿Qué se supone que hacen allí?
―Es como una colonia de vacaciones, solo que todo el año ―intervino Elina, notoriamente harta―. Hacen distintas actividades, como por ejemplo…
―Esquí.
―Exacto.
Annika volvió a sonreír y Rasmus no pudo no reaccionar como un espejo, aunque como uno de muy mala calidad.
―Entonces, ¿qué te parece? ―prosiguió Annika.
Rasmus se tomó unos silenciosos segundos para revisar mejor el folleto. Intercaló un par de miradas entre Annika y la fotografía impresa del esquiador. También miró a Elina, quien parecía querer evitarlo.
―Bueno… ―comenzó a decir, maldiciéndose por dentro el ser tan considerado―. Me lo pensaré. Todavía quedan dos semanas.
Sí, la segunda opción era la mejor en ese caso, y la sonrisa de Annika no estuvo nada mal.
―¡Genial! Si tienes dudas puedes hablar conmigo o con Eli, ella también está en el club.
―¿De verdad? ―cuestionó Rasmus. Ya sabía que Elina esquiaba, lo que se preguntaba en realidad es si ella estaba dispuesta a contestarle sus dudas. Si se basaba en su expresión, no lo parecía.
Rasmus volvió su mirada hacia los pinos del patio cuando Annika y Elina se marcharon. Ya no pensaba en su padre, ni en el trabajo, y mucho menos en el futuro. Pensaba en… Ni él sabía en qué pensaba, de ahí la gran sorpresa que se llevó cuando los tres asientos libres que quedaban en su mesa se ocuparon al mismo tiempo en una súbita conmoción bulliciosa. Tres de sus compañeros de clase se arrojaron sobre él como si se lo fueran a comer.
―Oye, ¿qué fue eso? ―cuestionó Nils―. ¿Desde cuándo estás saliendo con Annika Olsen?
―¿Qué? ―repuso Rasmus entre confundido y avergonzado―. No estoy saliendo con ella, solo estábamos hablando.
―¿Estás seguro? ―inquirió Oskar―. Nadie viene a desayunar aquí, y cuando llegué ya estaban los dos. Los vi bromeando, y riendo. ¿Estaban en una cita?
―¿Una cita?, ¿en la escuela? ―No es que supiera mucho de citas, pero no se le ocurría una peor idea que tener una en ese ambiente, con todo el mundo observando―. ¿Quién haría algo así?
―Pues… tú ―argumentó Nils―. ¿Quién más?
La campana sonó y los cuatro se dirigieron juntos hacia el salón de clases. Sus amigos se mostraron insoportables durante todo el trayecto, insistiendo con lo que creían que habían visto, sin importar cuánto lo negara. No colaboró con sus negativas el saludo que recibió de Annika al llegar, alzando la mano desde su pupitre, al fondo de la clase. A su lado, Elina seguía de mal humor.
―Eres un mentiroso, Rask ―gruñó Nils mientras se sentaba.
En ese momento, se cansó.
―Puedes decir lo que quieras de mí, pero no me llames mentiroso ―se quejó―. Yo nunca miento. ―Le enseñó a Nils el folleto―. Ella solo quería darme esto, ¿ves?
Nils retrocedió para ver mejor el pedazo de papel que Rasmus le puso en la cara. No se entendía muy bien si todavía ponía en tela de juicio la veracidad de los hechos o si estaba reflexionando sobre si apuntarse a las pruebas.
―Si sirve de algo ―dijo Luka. Su mano apareció entre los dos, enseñando el mismo folleto.
El rostro de Rasmus se iluminó.
―¿Ya ves? ―Agradeció que Luka se sentara justo en el banco de atrás, era muy oportuno―. ¿También le preguntarás a él si tuvo una cita con ella?
―No ―resolvió Nils tras una veloz mirada por encima a Luka―. Eso no es posible.
―¿Por qué no?
―Porque él no tiene la misma confianza que tienes tú, y es más callado, malhumorado, ojeroso, frío, terrorífico, serio…
―Creo que ya está bien ―refunfuñó Luka, dándole un empujón como correctivo.
―¿Confianza? ―Rasmus mostró una mueca de incredulidad―. ¿Qué es eso de la confianza? ―protestó, bajando la voz ante la llegada del profesor.
―¿Y yo qué sé? ¿Por qué me lo preguntas a mí? Tú eres el que la tiene.
―Solo estás inventándotelo para poder molestarme, ¿cierto?
―¡Por supuesto que no! ―resopló Nils―. Tú tienes esa confianza, o los demás confían en ti, o… No sé cómo explicarlo, pero siempre pasa lo mismo, cuando se trata de confiar en alguien…
Paf, resonó una mano sobre el cuaderno de Nils. El silencio se apoderó del grupo cuando el profesor se apersonó. Todo el salón de clases miraba ahora hacia ellos.
―¿Otra vez conversando, Holms? ―dijo con acidez―. Imagino que habrás traído la tarea hecha, ¿verdad?
Para Nils no acabó bien. Debió disculparse por estar hablando, por no hacer la tarea, y por no saber resolver un problema que el profesor ideó para que demostrara ante sus risueños compañeros el no tener ni la más pálida idea del último tema que habían visto. Cuando su calvario terminó, reprochó:
―¿Lo ves? Los dos hablábamos y solo me regañó a mí. ¿Por qué crees que fue eso?
―¿Por esto? ―repuso Rasmus, señalando su cuaderno lleno de problemas matemáticos resueltos.
―Ah, sí… Quizás sea por eso…
Y los demás estuvieron de acuerdo.
Pero Rasmus sabía que había una verdad perdida en las palabras de Nils, aunque más que a una confianza suya, quizás se estuviera refiriendo a la confianza que ponían sus amigos en él, ganada debido a la cantidad de veces que habían contado con él para alguna u otra cosa.
No faltaban ejemplos para demostrarlo, ni siquiera durante ese mismo día. A media mañana, uno de sus compañeros vino corriendo para contarle que lo estaban esperando en el patio. Todavía pensando en «algunas cosas» ocurridas durante el desayuno, Rasmus recordó lo del festival escolar solo cuando vio a más de la mitad de los chicos de su clase reunidos en el suelo en un rincón del patio. Todos, sin excepción, levantaron la cabeza al verlo llegar.
―¿Qué te parece? ―le preguntaron varios al mismo tiempo.
―Una casa embrujada ―deliberó al observar las anotaciones y dibujos que habían realizado sobre una hoja de papel. Los dibujos eran de Luka, ningún otro dibujaba tan bien; la idea era de Nils, nadie era tan infantil.
―Les dije que no le gustaría ―deslizó Luka.
―¡Pero si es genial! ―aseguró Nils―. ¿No será que te da miedo, Rask?
―Tengo miedo de estar encontrándome con la peor idea de todo el festival ―bromeó. Algunas risas mosquearon a Nils, y mientras se defendía, Rasmus se explicó mejor―: Es un festival de caridad, se trata de ofrecer algo a cambio de dinero.
―¿Y piensas que no cobraremos entrada o qué?
―Solo los adultos tienen dinero, Nils ―lo ajustició Rasmus, intentando no ser tan hiriente―. ¿Crees que mis padres van a pagar para meterse entre cartones y que aparezcas tú con una sábana en la cabeza?
Luka se encogió de hombros, como diciendo «Se los dije». El lápiz con el que había realizado los dibujos bailó sobre su mano diestra.
―Además, parece muy costoso. La idea central es recaudar fondos ―agregó Rasmus―. Tiene que ser un puesto más barato, sencillo, y que guste a personas que tengan hijos. La mayoría de la gente que vendrá al festival serán padres y familiares. Las personas de nuestra edad estarán tratando de conseguir el dinero, no de gastarlo.
Hubo un asentimiento general compartido. Magnus dio vuelta la hoja de papel para dejarla otra vez en blanco y escuchar nuevas propuestas. Nils siguió defendiendo su idea, pero pronto todos dejaron de prestarle atención.
―¿Y a ti se te ocurre algo? ―le preguntó Luka.
Rasmus se perdió en sus pensamientos durante un rato. Cuando por fin habló, el murmullo causado por la lluvia de ideas se detuvo.
―Si me pongo a pensar en qué es lo que les gusta a mis padres, supongo que es… trabajar ―explicó, con pena de admitirlo―. Lo mejor será hacer algo en lo que nos vean trabajando. Los puestos más simpáticos siempre serán los de los niños, todos sus familiares irán a verlos. Nosotros ya no somos niños, por lo que es mejor hacer algo que tenga un perfil más adulto. Podríamos hacer una especie de restaurant. Si conseguimos manteles, podremos utilizar las mesas del comedor, y los que no cocinen podrán ser mozos. Parece lo más sencillo.
A todos les pareció brillante hasta que a Luka se le ocurrió lo elemental:
―¿Ustedes saben cocinar?
El silencio lo dijo todo.
―Bueno, quizás no es tan sencillo ―opinó Rasmus―. Ahora que lo pienso, el festival será por la mañana, ¿no es así?
―Así es, el sábado de la siguiente semana ―dijo Magnus.
―Nadie pedirá comida tan temprano ―dedujo Luka.
―Eso es ―asintió Rasmus―. No necesitamos dar un servicio de comida, sino de desayuno. Cualquiera puede preparar y servir café. Y como es sábado, el comedor estará cerrado. Incluso podríamos utilizar sus instalaciones para el agua caliente y todo lo demás. Siendo para una causa benéfica, no tendremos problemas en conseguir el permiso.
La lluvia de ideas se reinició con la propuesta. Magnus se puso a anotar todo lo que oía, intentando que nada quedara fuera de consideración, pero Luka se negó a dibujar otra vez hasta que no lo tuvieran del todo claro. En cuanto Nils superó su obstinación inicial por asegurar que era una idea muy básica, levantó la voz para contribuir con unas cuantas propuestas pésimas mezcladas con algunas decentes; entre ellas, dijo que sería genial que todos tuvieran un uniforme sofisticado, que asemejara al esplendor de un mozo de alta cocina. Magnus solo anotó «Uniforme».
Rasmus se quedó de brazos cruzados, prestando atención a todo y a nada al mismo tiempo. Asentía cuando escuchaba alguna ocurrencia interesante, como la de aprender a hornear algo que pudiera acompañar a las bebidas, o intervenir los manteles para que fuera más atractivo ocupar las mesas del comedor, pero no estaba tan concentrado en ello, y la prueba estaba en que apenas reaccionó a la excepcional iniciativa de Nils, que consistía en obligar a todo al que pasara por el comedor a que ordenara el servicio. Como algunos comenzaban ya a preguntarse si era buena idea tener a Nils en el equipo, este decidió dejar de lado el proyecto y enfocarse en otra cosa; más bien, en otra persona.
―¿Qué miras, Rask? Estás como embobado.
Rasmus tardó entre cinco y seis segundos en que su cerebro captara el mensaje. Para cuando se giró hacia Nils, este ya le ponía la cara más insoportable que era capaz de lograr.
―Oh, oh, oh ―dijo Nils, conteniendo una risa con la mano. Rasmus intentó mirar en otra dirección, pero ya era tarde, su compañero había comprendido a la perfección hacia dónde estaba mirando―. Entonces no se trataba de una cita, se trataba de intentar conseguir una cita, ¿no es así?
Rasmus bufó; solo habían sido unos segundos. Nunca le había gustado el bullicio, y escapando a las discusiones constantes sobre el proyecto, su campo visual había acabado en el extremo opuesto del patio, en donde Annika hablaba sin parar con Elina junto a un par de muchachos de último año.
―Confiesa, Rask. Te gusta, ¿verdad?
―¿Cuál es tu problema? ―resopló―. Espera un momento… ¿No será que te gusta a ti?
Nils hizo silencio. Rasmus pensó que lo había atrapado, pero su amigo era más espabilado que él para ese tipo de asuntos.
―Por supuesto que me gusta, idiota ―reconoció sin pudor alguno―. A todo el mundo le gusta Annika Olsen. ¿Hay alguien aquí a quien no le guste?
Y como levantó la voz, varios de sus compañeros escucharon. Ninguno se expresó con convicción, pero el asentimiento general sonó casi igual a cuando Rasmus propuso la idea de los desayunos.
―¿En serio? ―Rasmus volvió a observar a la distancia. No sabía ni por qué preguntaba. Tenía todo el sentido del mundo; nadie que fuera tan linda podía evitar tener hechizados a todos los chicos de su clase. Y estaba el carisma también; su tono de voz le había quedado grabado en los oídos. ¿Por qué sería eso? Estaba seguro de que nunca le había pasado con nadie. Sentía que todavía podía oírla con claridad mientras hablaba en el otro extremo del patio.
Volvió a distraerse hasta que un pájaro salió volando desde uno de los pinos. Le sirvió de llamado de atención para recaer en algo, y alterarse.
―¿Dónde está el otro? ―preguntó, frunciendo el ceño.
―¿El otro qué? ―cuestionó Nils.
―El otro. Había dos de último año allí, yo los vi.
―No intentes cambiar de tema, Rask, ¿o es que acaso estás celoso de verla hablando con alguien más?
Pero Rasmus ya no escuchaba a Nils. Por alguna razón que no entendía (y que no entendería sino hasta dentro de muchísimo tiempo) comenzó a caminar hacia Annika, cruzando el patio. Su grupo de amigos se lo quedó viendo avanzar sin emitir más que un murmullo de intriga, mientras que del otro lado solo recibió una muy curiosa ―y malhumorada― mirada de Elina, que había quedado relegada de la conversación. Una de las tantas baldosas flojas del patio le salpicó el pantalón, pero siguió caminando sin dar importancia. Tanto Annika como el muchacho con el que hablaba lo vieron llegar. Ella sonrió y Rasmus se olvidó de que venía pensando en otra cosa. Elina entornó la vista.
―¿Se te ofrece algo? ―dijo el muchacho de una forma tan astillosa que cualquiera hubiera intuido la invitación a retirarse.
―Vienes para saber más sobre las pruebas, ¿verdad? ―dijo ella, risueña―. Lo sabía.
―¿Pruebas?
Rasmus ya había olvidado las pruebas. No, no estaba allí por eso, estaba allí porque el día anterior había llovido y… Miró hacia arriba, recordando la razón. Había dos muchachos, y uno había desaparecido. ¿Dónde estaba? Por supuesto, como había pensado.
En los instantes que prosiguieron a que levantara la vista es que comenzó la catarata de sucesos inimaginables, justo cuando unas cuantas gotas cayeron desde lo alto del pino y empaparon al mismo tiempo a Rasmus, a Annika y a Elina. Un sonoro crack se oyó, y él supo con más antelación que nadie qué es lo que estaba ocurriendo, y quién perdería su bella sonrisa si no hacía algo para remediarlo. Alcanzó a articular un «¡Cuidado!», empujando a sus dos compañeras, apartándolas del árbol.
―¡¿Qué te pasa?! ―reaccionó el muchacho, lanzándole un puñetazo al rostro.
Elina gritó entonces, y Annika se cubrió la boca con las manos.
El golpe apenas fue una parte, un añadido a la mala suerte que llevó a Rasmus a resbalar con una de las baldosas mojadas, cayéndose justo debajo del árbol. Otro sonoro crack llegó desde lo alto, más fuerte que el anterior. El segundo muchacho de último año ―el que, como bien había advertido, había desaparecido― hizo por fin su magnífica entrada, cayendo en picada desde lo alto del pino.
Justo encima suyo.
Seiichi
Sentía los pies húmedos, helados, tanto como si los tuviera dentro de un charco de agua helada. Tiritaba todo su cuerpo y los dientes le castañeaban. Hizo el esfuerzo por abrir los ojos una vez más, deseando que aquello fuera una pesadilla. Solo vio de nuevo un panorama desalentador; frente a él había una fila encadenada de barrotes oxidados que cubrían un reducido arco. El lugar era pequeño, apenas podría moverse algunos pasos sin chocar con una pared.
Desde el rincón de la celda, acurrucado sobre sí mismo, tuvo un escalofrío producto de una brisa helada que penetró a través de un ventanuco abarrotado que había por encima de su cabeza. El olor que trajo el viento resultó nauseabundo. Al girarse para evitar el asco, se encontró con una nueva fila de barrotes conectados a otra celda.
No había salida, en ningún lugar. Si no fuera por el rastro de luz de luna, tampoco podría ver nada. Sintió una soledad vomitiva.
Empezó a temblar.
El malestar parecía irreparable, su corazón clamaba en intentos por salir de su pecho. Se abrazó con fuerza a sus propias piernas y otra vez deseó que se tratara de una pesadilla. ¿Dónde estaba?, ¿qué era ese lugar?, y… ¿quién era él? No recordaba… nada.
―¿Qué… es… esto? ―logró decirse, revisando las palmas de sus manos.
Le dolía la mandíbula de rechinar tanto los dientes. Su respiración se volvía más agitada y sentía cómo las gotas de sudor frío bajaban de su frente, haciéndole arder los ojos. ¿Se estaba volviendo loco?
Sus oídos, en clara hipersensibilidad, registraron un sonido que provenía desde el corredor. Con franca sensación de miedo presionó más su espalda a la pared, arrastrándose hasta llegar a los barrotes que lindaban con la otra celda. Se agarró de ellos, temblando. El material parecía tibio respecto de sus heladas manos.
―Tranquilo ―oyó decir a una voz.
Ninguna voz en el universo debía ser capaz de evocarle tranquilidad allí. Pero por increíble que fuera, la voz fue tan tajante que actuó como una orden impostergable. Se asustó, sin embargo, cuando encontró los ojos de la persona que hablaba detrás de los barrotes de la otra celda. Era joven, o eso parecía; con la poca luz que había, era muy difícil divisar cualquier cosa que no fueran sus grandes ojos marrones y la pequeñez de su nariz.
―Debes calmarte ―continuó diciendo―. Respira más despacio.
Otra vez, sonaba como una orden. No sabía quién era, no la conocía de nada, pero no podía dejar escapar su pedido, quizás porque lo necesitaba. Trató de hacer caso, pero en su intento por regular la respiración comenzó a sentir que le faltaba el aire. No entendía si era su culpa, o si allí no había suficiente oxígeno para vivir.
―No… puedo… ―dijo, vacío, con un tono que oscilaba entre lo débil y lo inentendible.
―Debes calmarte ―insistió ella, acercándose más.
Aunque sus palabras sonaban severas, las expresiones que pudo ver en ella le parecieron dulces.
―Creo… que… voy a…
―Te encuentras bien ―aseguró ella, deslizando sus manos a través de los barrotes, tomándolo del rostro. La calidez de sus dedos era áspera―, no tienes nada más que miedo.
Sus pulgares le limpiaron unas pocas lágrimas antes de situarse sobre sus sienes y masajearlas con delicadeza. La sensación fue regocijante, placentera. Sintió que su ritmo sanguíneo comenzaba lentamente a detenerse. Su corazón trabajó con más calma, su respiración acompañó. El aire apareció para él, siendo absorbido y expulsado.
―Muy bien ―le dijo ella, otra vez con esa aspereza que rivalizaba con su atención―. Ahora, una vez más. Aspira bien hondo, y exhala.
Obedeció. Esta vez lo consiguió. Como si estuviera en las nubes, vio una última vez aquellos ojos marrones antes de espirar con alivio, dejándose caer en un apacible sopor.
Desgracia con suerte
―El peroné, sí, como suponía ―repitió el doctor observando la radiografía contra la ventana de la habitación.
Rasmus se sentía mejor. Miraba desde la cama del hospital las acciones del médico. Se había hecho un corte no muy profundo por debajo del párpado izquierdo y llevaba un moretón inflamado en el pómulo. Trataba de evitar la mirada atemorizada de su madre que había llegado hacía poco junto a su preceptora.
―Fractura sin desplazamiento, por suerte. ―El médico se acercó a Rasmus y le colocó la mano sobre la parte más alta del tobillo―. ¿Te duele aquí?
―Sí ―contestó en sequedad, deliberando por qué los médicos siempre tenían que tocar y preguntar si dolía, aunque ya estuviese claro.
―¿Y aquí? ―Rasmus soltó un alarido que evitó que mandara al médico al quinto infierno―. Ajá… ―El canoso hombre se volvió hacia la madre del paciente y se acomodó los lentes―. Nada de qué preocuparse, señora. Un buen golpe, eso sí, pero por la edad y la contextura física es probable que no tenga problemas para recuperarse. Le tendremos que hacer un yeso, por supuesto. Le aconsejo reposo durante al menos una semana. De ser posible, sin moverse mucho. Tendrá entre veinte y treinta días con el yeso colocado. Luego solo le quedarán unas sesiones de kinesiología para quedar como nuevo.
La señora Rask se mostró aliviada, agradeciendo al doctor.
―¿Te duele aquí? ―volvió a preguntar el hombre. Rasmus solo necesitó una mirada para responderle.
No consideraba que, en todo el mundo, pudiera existir una persona con tanta mala suerte, ni podía parar de pensar en lo irrisorio de toda la situación. Recordaba la escena de forma vivida. Había deducido a la distancia que uno de los muchachos de quinto año que estaba hablando con Annika y con Elina se había trepado al pino. ¿Por qué? No lo sabía, ni siquiera le importaba, pero no había que ser brillante para adivinar que eso podía terminar mal. El día anterior había llovido, por lo que las ramas estarían húmedas. ¿Quién rayos trepa un árbol en esas condiciones? ¿Creía ese chico que encantaría a Annika con sus dotes de mandril? Era ridículo, tan ridículo como peligroso. La peligrosidad fue lo que lo llevó hasta allí. ¿Por qué? Todavía no decidía la razón. Ya no importaba, lo había hecho de todas formas, y consiguió alejar a ambas del peligro. Había tenido razón; su sentido común era funcional, si es que servía de aliciente. No consideró, sin embargo, que el sentido común de los demás estuviera tan afectado, en especial el de ese estúpido que, sin pararse a pensar el porqué de que hubiera apartado a Annika y a Elina, le dio un golpazo que lo acabó por empujar bajo el pino para que, tras el quiebre de una gruesa rama, el otro muchacho se le cayera entero sobre la pierna derecha. Si la rama hubiera tenido un recorrido distinto, habría perdido también un ojo.
―¿Y el otro chico qué? ―le preguntó su primo al día siguiente, aguantándose el reírse de sus desgracias―. Me imagino que se habrá quebrado también, por lo menos.
Rasmus mostró una mueca de insatisfacción. No superaba el enfado incluso cuando ya se encontraba en su casa, en su cama, tapado y con una excusa perfecta para no asistir a la escuela durante al menos una semana.
―Oh, espera, que esa es la mejor parte ―ironizó―. Ni siquiera tuvo que ir al hospital, ¿puedes creerlo? Mi pierna funcionó como un suave colchón para él.
Su primo no se contuvo y soltó una risotada monumental dirigida al techo de la habitación. Martin era el polo opuesto de Rasmus en cuanto a la sobriedad, era mucho más escandaloso y altanero, y era mayor también; tenía veinte años. A diferencia suya, no había evitado el destino familiar, y aunque estudiaba una carrera terciaria, también trabajaba en el comercio junto a los padres de ambos. Por aquellos días, el «imperio» Rask (término que solo utilizaban sus padres) se estaba expandiendo con la incorporación de un nuevo local en los altos de la ciudad. Martin sería el encargado de atenderlo cuando estuviera abierto, por lo que solía trabajar allí con las refacciones.
―Qué insólita es tu vida ―dijo Martin, todavía sin superar el ataque de risa.
―Querrás decir «desgraciada». ―No creía que fuera para reírse, pero no tenía problemas de admitirlo ante su primo.
―Oh, vamos, no te pongas así. Ya sabes cómo es esto, las cosas siempre pasan por algo.
―Sí, por mala suerte.
Martin volvió a sonreír, pero fue más compasivo esta vez.
―No exageres. Te perderás unos cuantos días de clases, y no intentes quedar como el alumno perfecto conmigo, sé muy bien que eso nunca viene mal. Además, si te sirve de algo mi experiencia, yo también me quebré en la secundaria una vez. No creerás lo popular que me volví. Siempre que hay un herido, hay personas que intentan participar de la asistencia social. Has dado un buen espectáculo en ese patio, serás la comidilla de la escuela.
Rasmus quería mucho a su primo, pero se tomaba con pinzas todo lo que decía; en general, era una persona con un gusto tan majestuoso por fardar de todos los temas, que siempre se podía esperar de él alguna sanateada nueva.
―Si tú lo dices…
Martin habló un buen tramo de la mañana sobre cómo estaba quedando el nuevo local y lo entusiasmado que estaba por la apertura. No existía algo que a Rasmus pudiera resultarle menos atractivo que oír durante horas sobre góndolas, marquesinas, vidrieras y proveedores, pero le ayudó a distraerse. Su primo parecía tan interesado como su propio padre en que acabara trabajando con él en el mercado; no necesitó conversar mucho para darse cuenta lo mala que consideraba él esa idea, pero a Martin no solía importarle si lo escuchaban o no, solo le gustaba hablar, era en ello una eminencia.
Antes del mediodía, cuando la conversación ya empezaba a ponerse un tanto más que aburrida, rozando lo incómoda, Martin se levantó para estirarse, lanzó una queja repetitiva sobre lo incómodo de los pufs de la habitación y dejó sobre la cama la caja que había tenido al lado suyo durante toda la mañana.
―Ya va siendo hora de que me vaya ―dijo dándole unas palmadas a la caja, como si le costara desprenderse de ella―. Por cierto, se me ocurrió que esto te vendría bien.
―¿Qué es eso? ―Rasmus miró los dibujos en los laterales y dudó―. ¿Un casco de motocicleta?
―Claro que no ―contestó Martin, como ofendido―. Es un videojuego. Lo compré hace tiempo, se llama Galmivia. Te lo traje por si te aburres, creo que alguien como tú puede sacarle buen provecho.
―¿Un videojuego? ―receló Rasmus―. Sabes que no me gustan mucho esas cosas, Martin. ¿Por qué te desprendes de él en primer lugar? ―Parecía ser costoso, y no notaba muy convencido a su primo de soltarlo, todavía lo acariciaba―. ¿Ya no te gusta?
―No existe nadie a quien pueda no gustarle Galmivia ―aseguró su primo, poniéndose serio―. Es cierto que lo compré para mí, pero… Eso fue hace más de un año, y ya no tengo tanto tiempo para jugar… ―Un gran pesar se dejó entrever en su rostro―. Se trata de un juego de realidad virtual, ¿seguro que no has oído de él? ¿Es que vives adentro de un pozo? Se está volviendo cada vez más popular. Admito que también dudé la primera vez, pero solo con probarlo quedé maravillado, y te aseguro que te pasará igual, es una experiencia inigualable.
Rasmus se impresionó más por cómo se iluminaban los ojos de su primo que por el asunto de la realidad virtual
―Parece algo adictivo ―deslizó.
―Eso puede ser, pero no te preocupes, hay cosas peores. Escucha, hazme caso, no dudes en darle una oportunidad. Créeme, te gustará, ya te lo digo yo.
Sin mucho entusiasmo, Rasmus asintió y esperó a que su primo se marchara para guardar la caja debajo de la cama. Recorrió la habitación con la vista, preguntándose si había estado alguna vez tan aburrido. Tomó el yo-yo amarillo que guardaba en el cajón de su mesa de luz y probó hacer un truco, pero la cama no se lo permitió. Al igual que con el truco, no tenía grandes expectativas para esa semana. Daba igual lo que dijera su primo, nada interesante podía suceder mientras estuviera tirado en un colchón, sin asistir a la escuela, ni al centro de deportes, ni a ningún otro lugar. Dejó el yo-yo donde lo había sacado, revisó la estantería y tomó de allí un libro que le habían regalado en su último cumpleaños, La valquiria. Antes de llegar al final del primer capítulo, su madre entró a la habitación para avisarle que tenía visitas.
―¿Las hago pasar? ―preguntó su madre, dando una ojeada al lugar―. ¿Necesitas que ordene algo?
Rasmus se revolvió el alborotado cabello rubio en medio de un suspiro, nunca le había gustado dejar las cosas a medias. Marcó la página y cerró el libro.
―Gracias, pero solo hazlos pasar.
Al marcharse su madre, se quedó mirando el cuarto, preguntándose por qué ella había considerado que necesitaba un arreglo. Es decir, no es que tuviera el cuarto más limpio y ordenado del mundo, pero no creía que estuviera tan mal, ¿o sí? Además, ¿a quién podría importarle eso? ¿Y por qué su madre consideraba que a las visitas podría importarles? Con Martin no le había preocupado. ¿Quiénes eran esas visitas? Una súbita expectación se apoderó de él mientras intentaba prepararse para quien fuera que cruzara el umbral de su habitación. ¿Quién sería?
Escuchó las voces primero, delicadas, tintineantes. Los ligeros pasos en el pasillo le fueron abriendo el rostro de sorpresa. Cuando se abrió la puerta, quien entró a su habitación como lanzada hacia la aventura no fue otra que Annika Olsen, acompañada de cerca por Elina. Las dos tenían el uniforme escolar, aunque se habían quitado la corbata. El largo del cabello de Annika le llegaba ensortijado hasta los hombros, así que nunca se lo recogía más que con alguna vincha que ese día no utilizaba, pero Elina se había soltado la coleta, y la espesa melena castaña le llovía en la espalda.
En un instante, su propia habitación se volvió horrible ante sus ojos. La alfombra le pareció vieja y deslucida, el televisor precisaba urgente que alguien le limpiara la pantalla, la vista de su ventana se le hacía sosa, y los dos posters de yo-yo en la pared le resultaron soberanamente infantiles. Hubiera deseado preparar mejor el lugar, pero ya era tarde. Sus nervios incluso le hicieron fallar en apoyar el libro en la mesa de luz. Se le cayó sobre la alfombra, levantando un ligero polvillo. Todavía intentando recuperarlo, casi se cae de la cama. Nada podía salir peor. ¿Y por qué rayos estaba tan nervioso?
―¡Yo te lo alcanzo! ―dijo Annika. Cualquiera se habría aturdido ante el tono, pero Rasmus solo pudo recaer otra vez en lo inconfundible que era su voz. ¿Qué tendría de especial?
Los dos quedaron muy cerca uno del otro, intercambiando una mirada mientras ella le devolvía el libro, y quizás se hubieran quedado así más tiempo si Elina no se los hubiera arrebatado de las manos. A Rasmus le bastaron segundos para darse cuenta de que seguía enojada por algo, pero vio su rostro suavizarse cuando identificó la portada; ella se lo había regalado.
―Venimos a visitarte ―dijo Elina, devolviendo el libro―. Annika no se quedó muy conforme con lo que ocurrió. Se sentía culpable.
En cuanto se sentaron, Rasmus deseó desde el fondo de su corazón que las quejas que soltaba siempre su primo sobre los pufs de su habitación estuvieran infundadas. No parecieron incómodas, Annika estaba muy tranquila.
―¿Te sentías culpable? ―se indignó Rasmus―. Claro que no, ¿por qué tendrías tú la culpa? Fueron ese par de idiotas, especialmente el que me empujó. ―Hizo una pausa, pensando. Hasta ahora no había tenido que contenerse para hablar de ellos―. Ehm… ¿Eran amigos tuyos?
A Elina le pareció divertido.
―Ese idiota… ―masculló Annika―. Deberías haber visto cómo lo traté cuando te llevaron al hospital, estuve a punto de pegarle, y yo nunca le he pegado a nadie.
―Luego de llorar desconsoladamente ―terció Elina.
Annika se volvió con dureza hacia su amiga. Rasmus detectó entre ellas un intercambio tan silencioso como perturbador. ¿Qué sucedía con esas dos? No podía decir que Annika le resultara extraña, porque apenas la conocía, pero podía afirmar que Elina estaba actuando muy raro.
―Solo decía ―deslizó Elina.
―Olvidémoslo ―dijo Rasmus, tratando de cortar la tensión―. Yo tampoco he sido el más valiente del mundo. Ya toda la escuela me ha escuchado gritar.
―¡Pero a ti se te cayó un árbol encima! ―disparó Annika.
―Y un idiota ―agregó Elina.
―En realidad fue una rama y un idiota, pero supongo que no fue una escena agradable ―dijo Rasmus―. Recuerdo haber visto a Nils entre la muchedumbre y creo que estaba más asustado que yo.
―Nils es un cobarde, pero Annika no estaba asustada ―consideró Elina―. Más bien estaba como paralizada, cerca de tener una crisis emocional. Si tuviera…
Elina recibió un sutil y súbito empujón que le impidió seguir hablando.
―¿Tú eres mi amiga? ―dijo Annika camuflando una sonrisa.
Elina se hundió de hombros con sencillez. Rasmus echó a reír, y luego lo hizo Elina, y enseguida también lo hizo Annika, y como las risas se fueron intercalando, el asunto de los llantos y gritos quedó superado.
Rasmus se mostró retraído al principio. Era la primera vez que chicas entraban a su habitación, y nunca dejaba de parecerle que hablaba menos de lo necesario para que se evitaran silencios incómodos. Jamás se hubiera llegado a imaginar que la primera en entrar a su cuarto sería Annika Olsen, y que además lo encontraría acostado.
La conversación se volvió más afable cuando su madre apareció con un plato de galletas. Annika habló sobre el Ice Mountain Club durante un buen rato y se lamentó de que, debido al yeso, no pudiera participar de las pruebas. Él no confesó que era lo que menos le importaba, y Elina prefirió opinar que las galletas eran exquisitas. Annika lo corroboró.
―Las hace mi madre ―explicó Rasmus―, es pastelera.
―Oh, claro ―recordó Elina―. Sabía que me sonaban de algo, son las que venden en el mercado, ¿verdad?
―¿Tienes un mercado? ―se interesó Annika.
―Así es ―repuso receloso. El mercado era de sus padres, no suyo, pero no se pondría a discutirlo―. Pueden llevarse algunas si quieren, aquí siempre sobran. Le pediré a mi madre que les prepare un plato.
―¡Gracias! ―exclamó Annika―. Qué amable eres.
―No exageres… ―deslizó Elina―. Solo son sobras.
Rasmus no negaba que fuera cierto, pero no podía evitar seguir pensando en cuál sería la causa del humor de perros de su amiga.
―Oye, sé más educada, ¿quieres? ―resopló Annika.
Incluso contemplando que existiera una razón lógica para que Elina estuviera de mal humor desde hacía dos días (o más), y que además lo expresara con él (que no tenía nada que ver), Rasmus no recordaba que fuera una mal educada. Estaba intrigado, pero prefirió dejarlo pasar; Elina era una persona de carácter fuerte, hablar de algo así con ella solo sería útil si encontraba el momento adecuado, y estando acompañados de Annika le parecía mala idea.
Las chicas se fueron después de las siete de la tarde. Annika le pidió a Rasmus que anotara su número de teléfono. A él le pareció trivial hasta que, al despedirse, ella le dijo que le llamaría para volver a verlo. Se puso a pensar si acaso pensaba venir a visitarlo seguido, como si fuera algo normal. Minutos más tarde se vio a sí mismo llevando la cabeza de lado a lado.
―¿Alguna de ellas es tú…? ―iba preguntando su madre cuando volvió de acompañarlas hasta la puerta.
―No digas payasadas.
Su madre se arreboló de picardía.
Cuando retomó el libro, Rasmus estuvo al menos diez minutos para poder concentrarse en la última hoja del capítulo que le quedaba por leer, y al día siguiente ―sin que hubiera conseguido leer más de tres capítulos―, todavía pensaba en Annika. Esperó no estar obsesionándose, o algo peor, pero se encontró suspirando más veces de las que quisiera, y no entendía la razón. Supuso que con el pasar de los días se le iría pasando esa sensación tan… curiosa, pero la voz de Annika parecía no querer irse de su mente.
Por si hiciera falta, la mañana del miércoles se convirtió en una suerte de revelación; como no podía ir a la escuela, parecía ser que la escuela se había decidido por inmiscuirse dentro de su cuarto.
―¿Y estuvo aquí? ―preguntó Nils―, ¿de verdad?
―Ya te dije que sí.
―¿Y se sentó en tu cama?
Rasmus se resignó, mordiéndose el labio bajo.
―Solo vino a ver cómo estaba, quita esas sucias ideas de tu cabeza. ¿Cómo te enteraste?
Luka, con la frente escondida bajo su tosco flequillo oscuro, apoyado contra una pared de la abultada habitación ―porque ya todos los demás pufs y asientos habían sido tomados―, se dedicó a explicarle.
―La profesora Larsson preguntó por tu estado de salud, supongo que alguien en la escuela le habrá contado de tu accidente. Annika se explayó al relatar que ya estabas bien, que no te dolía nada, que tenías un yeso y que estarías ausente durante una semana. Dijo que estabas de buen humor, pero molesto por no poder moverte, que tu madre hacía unas galletas deliciosas y que pensaba pedirle la receta. También dijo que… En fin, le preguntaron sobre la razón por la que sabía tanto, y con naturalidad explicó que había venido a visitarte, lo que nos hizo perder casi una hora de clase.
―De hecho, fue demasiado natural ―terció Nils, ceñudo―. ¿Ha venido aquí otras veces?
Rasmus omitió la pregunta.
―¿Por qué perderían una hora de clase por eso?
―Eres tan listo para algunas cosas y tan inocente para otras ―se divirtió Oskar.
―Es la chica más popular de toda la escuela, Rasmus ―consideró necesario aclarar Magnus―. Si me apuras, diría que es la más popular de toda la ciudad, por lo menos si hablamos de chicas de nuestra edad.
―¿Y eso qué?
―Te ha puesto en el mapa, tonto ―gruñó Nils―. ¿Cómo no puedes ver eso? Las personas populares solo se juntan con otros populares, es una ley que no está escrita, pero que todo el mundo sabe. Si ella elige juntarse contigo, solo puede significar una cosa.
―Que eres popular.
―Qué estupidez ―opinó Rasmus.
Luka estuvo de acuerdo, pero lamentablemente para Rasmus, fue el único. Los demás estaban seguros de que ahora era una especie de celebridad.
―No puedes entenderlo porque estás aquí, pero escucha, cuando vuelvas a la escuela, te acordarás de lo que te hemos dicho ―afirmó Thomas.
―Lo que digan… ―Ya tenía suficiente con el incidente como para ponerse a pensar en que tendría que soportar otra serie de situaciones embarazosas solo por ir a la escuela―. Por cierto, ―Miró el almanaque que había en su mesa de luz. Todo el asunto de Annika le había hecho omitir algo importante―, ¿qué hacen ustedes aquí?
La pregunta desató miradas cómplices, que parecían destinadas a evitar una acusación. Hubo risas y gestos, pero nadie dijo nada hasta que disparó:
―Se han puesto de acuerdo para faltar, ¿cierto? ―Por la reacción que halló, supo que había dado en el blanco―. ¿Por qué harían eso?
―¡Para visitarte!
La mentira fue tan evidente en el rostro regordete de Thomas que Rasmus no tuvo ni que esforzarse para descubrirlo.
―Examen ―concluyó. Se quedó pensando, ¿qué examen había esa semana? No recordaba ninguno. Oh, claro, no era un examen para él―. Recuperatorio de Gertrude, ¿cierto? Historia.
Como nadie decía nada, buscó la mirada de Luka. Mucho más serio y decente que los demás, asintió con la cabeza, ganándose la desaprobación del resto de sus compañeros.
―¿En serio faltan por un examen? Por favor…
―Oye, no todos somos tan inteligentes como tú, ¿está bien? ―se molestó Nils―. La Míster nos tiene manía.
―Si alguien me llamara «El míster», creo que también le tendría manía. Si además de eso, me hace preparar un examen de compensación, y luego falta, le tendría el triple de manía. ¿A quién se le ocurrió la idea?
Nils se puso a silbar bajito.
―¿Es en serio? ¿Otra vez?
―¡Oye, te hubiéramos pedido ayuda si no hubieras estado ocupado peleándote con un tarugo de quinto año a causa de una chica! ―se excusó Nils―. Además, ¿qué esperabas que hiciéramos?
―¿Estudiar?
―¿Estudiar? ―repitió Nils de forma irónica, cambiando todas las vocales por una I, de manera que sonó algo así como «¿Istidir?»
―Por cierto, hemos tenido una charla con ese muchacho tan carismático ―dijo Alexander, acariciándose los nudillos.
―Oh, sí ―agregó Magnus―. Vaya si hemos hablado.
―¿Son de la mafia ahora o qué? ―preguntó Rasmus, todavía con la misma expresión incrédula en el rostro. No podía creer que sus amigos se estuvieran convirtiendo en unos rufianes―. Ahora sí que tendré problemas al regresar a clases.
―Descuida ―terció Thomas―, no lo creo.
Rasmus prefirió no preguntar qué habían hecho. En realidad, lo que quería era no enterarse. Reconocía que su grupo de amigos de la escuela estaba compuesto por buenas personas, pero solo el considerar lo que podía hacer el fuerte Alex enojado, o el grandote de Thomas, le preocupaba.
―Olvidémonos de eso, el problema ahora es Gertrude. ¿Piensan pasar todas las vacaciones de invierno estudiando? Si no hacen algo, desearán haber sido ustedes los que se quebraron una pierna.
―En realidad, ya lo hemos hecho ―dijo Luka.
Rasmus frunció el ceño.
―¿Qué cosa?
―Venir a verte es la respuesta, Rask ―explicó Nils, resuelto―. No hay nadie que la Míster aprecie más que tú. Cuando le digamos que faltamos para venir a verte, se apiadará de nosotros.
―Increíble ―se sorprendió Rasmus―, es la primera vez que se te ocurre algo inteligente.
―La verdad es que fue idea de Luka ―dijo hundiéndose de hombros―, aunque fue a mí al que se le ocurrió lo de faltar. Cualquier cosa era mejor que rendir hoy sin haber estudiado. La última vez que lo hice, la Míster me puso un cero. ¿Puedes creerlo? ¡Esa nota ni siquiera existe! Me informé y lo mínimo que puede calificar un profesor es un uno. Tuve que ir a reclamar.
―¿Un cero? ―Rasmus se tomó la cabeza―. Es historia, Nils. Gertrude ni siquiera es tan exigente con las fechas como lo era la profesora que teníamos el año pasado. Solo tienes que leer un poco. ¿Cómo puede costarte tanto? Tenían que estudiar los capítulos cinco y seis del libro, ¿no es así? No deben ser más de veinte páginas. ―Advirtió la mirada evasiva de Nils y comprendió―. Tampoco tienes el libro, ¿cierto? ―Ante la negativa, miró a los demás―. Ninguno de ustedes lo tiene, ¿verdad?
Rasmus se hundió en la almohada. ¿Cómo era posible? Deberían tener el libro desde principios del primer semestre. Se había percatado en clase lo perdidos que iban, pero nunca pensó que pudiera tratarse de un caso tan grave. Cuando se puso a indagar, se volvió todavía peor.
―No es que el libro sea caro, pero, ya sabes, ¿quién se acuerda de ir a comprar un libro?
―Existe algo llamado biblioteca, Nils, y está repleta de libros. No puedes poner una excusa como esa. Además… Alex, tú, por ejemplo, jugabas de nueve en tu equipo de fútbol, ¿no es así?
―Goleador y asistidor ―dijo orgulloso.
―Me imagino que si te olvidaras de meter los goles te pasarías una buena temporada en el banquillo, ¿no te parece?
―Ya lo creo…
―Y tú, Oskar, ¿sigues con lo de la música?
―La guitarra.
―Eso mismo. Seguro te saldrán unas melodías maravillosas si se te ocurre olvidarte de los acordes a cada rato.
―Ja, pero eso no me pasa. ¿Por quién me tomas?
―¿Y por qué será? ―bufó Rasmus―. Eso es lo que trato de decirles. Si se lo proponen, son capaces de aprobar historia sin pestañear, solo les falta motivación.
―¿Y quién se motivaría para un examen de la Míster? ―bromeó Alex. Fue evidente que tenía razón, de otra forma no hubieran estallado tantas risas.
―Ustedes, si es que no quieren repetir el año ―argumentó Rasmus, aunque a él también le causó gracia―. En fin… será mejor que tomemos esa fotografía antes de que también se olviden de eso.
―¿Qué fotografía? ―dudó Nils.
Rasmus se resignó del todo. No lo discutiría, eran buenos chicos, pero lo de pensar no era su fuerte. Se estiró cuanto pudo y buscó un marcador dentro del cajón de la mesa de luz.
―«La Míster», como les gusta llamarla, no les creerá absolutamente nada si no le demuestran de alguna forma que estuvieron aquí. ―Nils tomó el marcador oscuro entre sus dedos, todavía sin entender―. Y aunque les creyera, solo yo le caigo bien, no ustedes.
―¿Entonces…?
Rasmus señaló su pierna enyesada.
―Primero me firman el yeso, y luego nos tomaremos la foto más desbordante de sonrisas que se hayan tomado en la vida. Si me ve feliz, quizás tengan alguna posibilidad.
―Rask, Rask, Rask… ―sonrió Nils, aproximándose a la cama para poder poner su firma en el yeso―. Lo reconozco, a veces eres brillan… ―Se quedó gélido, con la punta del marcador a punto de deslizarse sobre el material. La sonrisa se le esfumó del rostro.
―¿Qué? ―dudó Rasmus.
―Con que no tienes nada con Olsen, ¿eh? ―resopló con enfado. Lo tomó tan fuerte de la pierna herida que casi se pone a gritar―. ¿¡Y qué es esto entonces!?
―¡Es una firma!, ¡una firma! ―chilló Rasmus, revolviéndose en la cama otra vez―. ¡Todo el mundo firma los yesos, ustedes van a hacerlo ahora, ¿no?!
―Pero no con color rosa ―terció Alex, ceñudo.
―Ni con brillitos.
―¿Qué importan el rosa y los brillitos? ¡Hay un maldito corazón gigante ahí! ―estalló Nils―. Mira la diferencia entre su firma y la de Elina, es obvio que no tienes la misma clase de relación.
―Y Elina ha sido tu amiga por mucho tiempo, mucho más tiempo que Annika, ¿verdad?
―Elina no tenía ganas de firmarme el yeso, estaba incómoda, solo lo hizo porque Annika se ofreció a hacerlo ―se defendió Rasmus, liberándose de Nils―. En cuanto al tipo de firma, es una chica, ¿qué esperabas? ¿Acaso tienes mucha experiencia en firmas como para decir que hay algo especial en la de ella? ―Tomó el silencio como respuesta y agregó―: Eso pensaba. Magnus, tú eres el de las fotos, ocúpate mientras los demás se dedican a cerrar la boca y utilizar el marcador.
Sus amigos comenzaron a competir en quién ponía una firma más ridícula. Con excepción de Luka, que solo dejó su nombre con una floritura asombrosa que ningún otro podría haber emulado, las demás incluyeron textos que Rasmus consideró borrar cuando se fueran. No quería que nadie le viera con un yeso que decía «El rompecorazones», ni mucho menos «Rask y Olsen» junto a un corazón deforme (ese sin dudas tendría que tacharlo).
Cuando terminaron, Magnus todavía estaba apilando cosas sobre un mueble, tratando de elaborar una torre con la altura suficiente para apoyar la cámara y tomar una fotografía en la que entraran todos. Le pidió permiso a Rasmus para utilizar la caja que había debajo de la cama, y aunque se lo concedió, no llegó a utilizarla; antes se dio cuenta de qué era la caja, y por el solo hecho de su reacción, los demás descubrieron de qué se trataba también. Hasta Luka quedó perplejo.
―¿Qué sucede? ―cuestionó Rasmus.
―¿Es en serio? ―caviló Magnus―. ¿Desde cuándo tienes esto?
Rasmus reparó en la caja como quien da con una pelusa.
―Ah, eso. No es mío, pertenece a mi primo. Bueno, en realidad ahora sí lo es, me lo regaló.
―¿Quién es tu primo? ―preguntó Oskar, incrédulo.
―¡Pero si es el prototipo Deluxe! ―reaccionó Nils ante la etiqueta dorada que había en el extremo de la caja―. ¿Es una broma? ¿¡Quién va a regalar algo como esto!?
―¿Por qué no? ¿Es muy caro?
―No es el precio, es el producto ―explicó Oskar―. Es exclusivo, ¿entiendes? Cuesta muchísimo conseguirlos hoy en día, se agotan cada vez más rápido, en especial el modelo Deluxe. ¿Hace mucho que juegas?
Rasmus se hundió de hombros ante la expectación de sus amigos.
―Nunca he jugado―admitió―. Creo que mi primo me lo dio porque se le estaba volviendo imposible compaginarlo con el trabajo.
―Se lo regalaron…
―El prototipo Deluxe…
―Y nunca ha jugado…
―¡¿Cómo puedes no haberlo jugado?! ―El grito de Nils fue tan fuerte que Rasmus estuvo seguro de que su madre debió escucharlo desde la cocina―. ¿¡Estás loco o qué, Rask!?
―Qué escandaloso eres ―repuso―. ¿Qué tiene de especial? Es solo un videojuego. Mi primo me dijo que podía volverse algo adictivo, pero no creí que fuera para tanto.
―Solo un videojuego… ―masculló Nils, empezando a desesperarse―. Esto, Rasmus ―Tomó la caja que todavía sostenía Magnus y se la dejó sobre la cama―, es EL juego. No hay nada mejor que Galmivia, ni siquiera una cita con Annika Olsen.
Alex y Oskar ―que eran los que más tonteaban con chicas por esos días― compartieron una mirada cómplice, no muy seguros de poder aseverar lo mismo. Pese a ello, ninguno se opuso.
―¿Qué es lo que estás esperando? ―se le ocurrió a Magnus―. Tu primo es muy inteligente, regalártelo luego de que te lesionaras, es perfecto para ti. No necesitas moverte para jugar, y estoy seguro de que se te dará bien.
―¿Por qué crees eso? ―dudó Rasmus―. Nunca he sido un aficionado a los videojuegos. La última vez que jugué con una consola tenía unos… diez años.
―Porque eres tú ―afirmó Nils―. Se te dan bien estas cosas. Créeme, Rasmus, la realidad virtual es un viaje de ida, no conozco a nadie que lo haya dejado. Tu primo es la primera persona que escucho que regala un Hermes, y podría jurar que se arrepentirá. No te extrañes si vuelve pidiéndote que se lo devuelvas. Yo que tú aprovecharía a jugar cuanto antes, y si regresa, esconde el casco y dile que lo perdiste.
Rasmus elevó las cejas y tomó la caja entre sus manos, revisándola. Le llamaba más la atención ahora que todos sus amigos parecían publicitarlo con tal entusiasmo, pero seguía sin creer que fuera para tanto.
―¿De qué se trata? ―quiso saber―. No digo que vaya a probarlo, pero…
―Oh, lo harás ―afirmó Nils con rotundidad, acompañado de una risa algo perversa―. Vaya si lo harás.
―Galmivia ―procedió a hablar Luka en tono solemne, cruzándose de brazos. Cuando actuaba de ese modo, parecía que sus rasgos filosos se acentuaran y se volviera mayor― es el mejor juego de realidad virtual jamás creado. Le da mil vueltas a cualquier otra cosa que hayas jugado. Tal es así que hay personas que no lo consideran un juego, mereciéndole estar por encima de esa categoría. Básicamente es un mundo virtual, por lo que puedes hacer lo que tú quieras. Hay personas que solo juegan por el apartado social, sin más recompensa que la que implica estar allí. Sin embargo, para los que en verdad quieren disfrutar del juego, están las batallas; la legítima experiencia de Galmivia. Los enfrentamientos… lo gobiernan todo. Una vez que compitas contra otros jugadores en los distintos escenarios, solo querrás competir otra vez.
―Entonces es un juego que va de combates ―dedujo Rasmus―. Derrotar oponentes, conseguir mejoras, subir de nivel y esas cosas.
―No intentes resumirlo ―dijo Oskar―, no lo lograrás. Galmivia es más que eso, y solo quienes lo han jugado pueden entenderlo.
―Ustedes son los que han jugado, ¿por qué no lo explican mejor?
―Porque incluso para los que jugamos es difícil ―se aventuró Luka.
―Y te pasará a ti también ―añadió Magnus como todo un visionario―, algún día. En cualquier caso, cuando juegues, tienes que avisarme, te meteré en mi equipo.
―¿Qué? De ninguna manera ―rechazó Nils de inmediato―. De tu equipo solo conoce a Thomas, y es el que menos tiempo lleva jugando. Conmigo están Alex, Oskar y también está Olaf. Rask jugará con nosotros, está decidido.
―¿Quién conoce a Olaf? ―alegó Magnus.
A Rasmus le pareció una pregunta acertada.
―Eso no importa, seguimos siendo más, y él prefiere nuestro equipo, ¿verdad, Rasmus?
La verdad es que Rasmus prefería no tomar parte de la disputa.
―¿Y tú en que equipo estás? ―se escapó, dirigiéndose a Luka.
―Yo juego solo ―dijo Luka, apartando la mirada.
¿Y por qué no le extrañaba? Siempre que tenía opción, Luka hacía todo solo. Detectó que buscaba librarse de la discusión tanto como él.
―Supongo que tendré que considerar esa opción antes de elegir un equipo ―se le ocurrió para salir airoso.
―Luka es un amargado, nadie juega solo ―clamó Nils―. El juego en equipo es la base de Galmivia. ¿Sabías que hay una escena de competición internacional? Con profesionales y todo.
―¿Y se dedican a jugar?
―¡Y ganan mucho dinero! ―dijo Nils entusiasmado.
―Vaya… Parece un poco…
―Nerd, lo sé ―terció Alex, sacándole las palabras de la boca―. ¿Sabes? Yo también pensé lo mismo, pero luego juegas y se te pasa. Las batallas son excitantes.
Rasmus volvió a mirar la ilustración del casco virtual en la caja. Alexander era el arquetipo de chico popular; alto, jugador de futbol y exitoso con las chicas. Para que él aceptara que era divertido un juego que a primera vista parecía una niñería, debería haber algo interesante detrás.
―Mejor tomemos esa foto ―propuso Rasmus, dejando la caja a un lado―. Quizás le dé una oportunidad, pero no prometo nada.
Sus amigos aceptaron, pero a Rasmus le invadió la sensación de que ahora les interesaba más el verlo jugar que obtener la foto que les eximiría de obtener un cero en historia. Esperaba que pronto se le ocurriera algo para motivar a sus amigos, o estarían en graves problemas.