
ASCENSO ~ SOL & LUNA · LIBRO ii · 2026
Dragón Negro

Rasmus pensaba que, tras vencer al hechicero tenebroso Mah’hak Limbur, las cosas por fin mejorarían. Pero tras dos meses encerrado en la torre de Barbenaxe, sintiéndose ignorado por sus compañeros y siendo separado de Lisa y Aquiles, los días se le hacen cuesta arriba. Mientras su deseo por volver a casa se enreda con nuevas amenazas, desconoce que algo mucho más grande está en juego.
¿Qué secretos esconde el consejo imperial? ¿Qué ha sucedido con los Umbradores desaparecidos? ¿Qué es la temible bestia primigenia? Dos pasados olvidados —dos niños genios en mundos distantes— avanzan sin freno hacia el mismo destino.
Descubre los misterios que esconde Dragón Negro, la segunda entrega de Ascenso ~ Sol & Luna, una serie de historias entrelazadas, poderes desbordados y decisiones que pueden cambiar el curso de todos los mundos.
Oliver
El señor Reck le echó una rápida mirada a su hijo antes de tomarlo de la mano para cruzar la calle, y de inmediato la desvió. Sabía que ahora mismo tendría clavada una expresión de severidad por su parte, un gesto de indignación que decía: «Ya puedo cruzar la calle solo, ¿sabes?» No quería ver esa expresión. Amaba a Oliver más que nada en el mundo y trataba de ser un buen padre, pero todavía no había aprendido cómo responder a algunas situaciones. Desde que Oliver había adquirido la posibilidad de hablar con cierta fluidez, no había tardado en demostrar lo difícil que era entrar en discusiones con él. Y por irregular que fuera, incluso a su corta edad podía discutir de forma punzante sobre montones de cosas.
—¿Sabías que mamá ya ha dejado de tomarme de la mano cuando salimos?
Fermín Reck cerró los ojos un instante. Casi se giró a mirar a su hijo, pero recordó a tiempo mantener la regla de evitar el contacto visual para no darle tanta importancia a la pregunta. Se lo había aconsejado Renata, la jefa del área de ventas, que también tenía hijos de más o menos la misma edad.
—¿Sí? —preguntó—. Qué raro, Oliver, con lo mucho que te cuida tu madre.
Sabía que su hijo no era un mentiroso, pero que su esposa le permitiera cruzar la calle sin darle la mano debía tener algún tipo de explicación, aunque pensándolo bien… no estaba seguro de querer que…
—Sí —replicó Oliver—, me costó hacerle entender que si un coche descarrilara y la atropellara, estar sujeto a su mano no impediría que yo volara por los aires hasta estamparme moribundo en el pavimento. En realidad, lo pondría más fácil. Por cierto, no deberías cerrar los ojos mientras cruzas la calle, papá, es muy peligroso.
Fermín soltó la mano de su hijo al llegar a la acera y emitió un hondo suspiro. ¿Evitar la mirada? Dudaba de que los hijos de Renata tuvieran la misma capacidad que Oliver para exigir atención. De todas formas, lo había hecho solo por probar, como consejo le parecía espantoso.
—¿De verdad le dijiste eso a tu madre? —preguntó en voz baja, como cosa mala de la que hablar—. No puede habérselo tomado bien.
Oliver se hundió de hombros.
—Lloró, o más bien fingió que lloraba, luego yo fingí también y la situación se volvió un tanto extraña. Al final terminó aceptando, siempre y cuando caminara cerca de ella.
—No cabe duda de que eres hijo de tu madre —dijo Fermín, tomándose de la cabeza. Podía imaginar a la perfección a su esposa siendo descubierta con un llanto fingido; con tal de no ser delatada, aceptó no tomarlo de la mano—. Los dos siempre consiguen lo que quieren… Está bien, te ofrezco el mismo trato, pero recuerda no alejarte de mí, ¿de acuerdo? Vamos, ya hemos llegado.
Pasaron por debajo del cartel arqueado del club, que rezaba «Real sociedad deportiva» en grandes letras negras muy pegadas entre ellas. Cruzaron un corto tramo del estacionamiento para llegar a las escaleras al pie de las puertas de cristal de la entrada. La recepción del club era un ambiente sencillo y grande, con un techo muy por encima de sus cabezas. Fermín notó que su hijo se llevaba el índice y el pulgar al mentón, como analizando la estructura. Deseó que le gustara el sitio, pero esa manía que tenía por analizarlo todo lo pondría difícil. Ya lo imaginaba con ocurrencias respecto del desaprovechamiento de espacio que había allí o la falta de una segunda planta.
—Muy buenos días, Fermín —dijo sonriente una de las recepcionistas al recibirlos en el mostrador—. Veo que ha venido con buena compañía hoy.
—Muy buenos días —contestó Fermín en la misma jovialidad, pero de refilón captó a Oliver bufando por lo bajo. Todavía no entendía bien la razón, pero una de sus maestras del preescolar le había hecho saber que lo irritaban los tonos que sonaban dulces—. Así es, he venido con mi hijo para inscribirlo en la colonia de vacaciones de verano. Mi esposa me ha dado esto.
—Qué alegría —replicó la mujer, recibiendo el sobre—, permítame comprobar que esté todo.
Fermín Reck —como la mayoría de las personas— detestaba la burocracia, los trámites y cualquier tipo de papelerío, pero su esposa le había colocado en aquel sobre todo lo que era necesario para la inscripción, así que solo había ido allí como una especie de cartero.
—Perfecto —anunció la mujer tras unos momentos de revisión en los que ojeó los papeles y anotó unos cuantos datos en la computadora. Luego estiró el cuello por encima del mostrador para mirar al pequeño—. ¿Y cuántos años tiene usted?
Oliver alzó la mirada, escrutándola con sus grandes ojos oscuros.
—Lo puede deducir de mi fecha de nacimiento si sabe usted sumar y reconoce el año en que nos encontramos.
La mujer desdibujó su sonrisa y se retrajo. Miró a la pantalla de su computadora, probablemente constatando la edad que acababa de tipear, quizás también constatando que acababa de conocer al primer niño de seis años que hablaba como una persona arisca varios años mayor.
—Hijo, la señorita te está haciendo una pregunta de buena manera —murmuró el señor Reck, avergonzado—, sé más educado, por favor.
Oliver se mantuvo obtuso, pero asintió a su padre y levantó la mirada una vez más hacia la mujer. Fingió una sonrisa del averno.
—Disculpe, tengo seis añitos —dijo con un tono infantil tan mal fingido que resultó diabólico.
La recepcionista mostró una mueca de inquietud. La consideración de que se trataba un niño muy extraño estaba ya en su rostro, y no se desvaneció ni cuando le devolvió el sobre al señor Reck.
—Entonces… ya está registrado. La colonia comienza la semana que viene, el lunes veintitrés de noviembre. Durará un mes completo. El horario es de lunes a viernes, de ocho de la mañana a cuatro de la tarde. Dentro del sobre le he dejado un folleto con todas las fechas, pero siempre puede llamar y preguntar por cualquier duda que tenga.
—Sí, eso me había dicho mi esposa. ¿Tiene que traer algo más cuando venga?
—Nada de nada —repuso la mujer, recuperando la sonrisa—, aquí nos encargamos del almuerzo y la merienda, así que solo tiene que venir, aunque recomendamos que traiga alguna mochila con toallas para los días de piscina.
—Genial. ¿Verdad que es genial, Oliver?
Oliver se lo quedó mirando, y Fermín supo —desde antes de que su hijo abriera la boca— que diría una de sus ingeniosas respuestas carentes de toda clase de cortesía y sensibilidad.
—Con lo que pagas, ¿esperabas otra cosa?
La mujer trabajó en contener la risa, pero la dejó salir cuando el propio padre de la criatura suspiró y echó a reír. Fermín comenzaba a pensar que la insistencia de su esposa respecto de que Oliver asistiera a un club deportivo era pura y exclusivamente para no tener que tolerarlo tantas horas en casa haciendo ese tipo de comentarios.
—Vamos, Oliver, pasearemos un rato para conocer el lugar.
Oliver se hundió de hombros y avanzó.
—Que tengan un bien día —los despidió la recepcionista tras presionar los botones que activaban el molinete de la entrada. Para entonces, sin embargo, Oliver ya había pasado por debajo casi sin necesidad de agacharse.
—No tan deprisa, Oliver —le indicó su padre, apresurándose para alcanzarlo—. Recuerda no separarte de mí, este lugar es muy grande y hay muchísima gente, como podrás darte cuenta.
Fermín puso la mirada en su hijo, esperando ver la típica y agradable reacción de un niño que descubre un lugar asombroso lleno de posibilidades. Lamentablemente, Oliver no era un niño típico, y miraba a su alrededor como si algo oliera mal. Más que un niño parecía una especie de inspector de sanidad.
—Mira, ahí está la piscina —dijo Fermín, señalando detrás del cristal mientras avanzaban por el pasillo principal—. La piscina de aquí es tan grande que la usan para torneos federales. ¿Qué te parece eso?
—La nuestra en Marinas es más o menos del mismo tamaño —calculó Oliver en unos segundos—. La de la quinta es sin dudas más grande.
—Bueno… —deslizó el señor Reck. Pensó en debatirlo, pero tras analizar durante un momento las medidas, concluyó que tenía razón—. Sí, puede ser, pero esta es la piscina del club, es reconocida. Aquí se entrenan los mejores nadadores de la ciudad. ¿Quién va a la piscina de nuestra quinta además de nosotros?
—Ya veo… —meditó Oliver—. Entiendo entonces que no debe ser un sector muy rentable, de otra forma ¿por qué no tienen una piscina propia? No creo que se necesite a nadie para hacer de espejo en este deporte. Si todos vienen a enlatarse a este sitio, será que no están muy bien pagos, ¿no es así?
Fermín abrió la boca para contestar, y luego la cerró.
—Nunca había pensado en eso —dijo, reflexivo—. En fin, no importa. Mira, esa es la cafetería. Allí podrás pedir para comer o para beber mientras descansas de tus actividades. El que atiende es Sebastien, y es muy simpático. Mira esto: ¡Hey! ¡Sebastien!
El encargado de la cafetería se giró de inmediato al escuchar su nombre, y más rápido aún sonrió al encontrar al señor Reck con la mirada.
—¡Fermín! ¿Cómo va eso? —contestó con la mano extendida.
Fermín alzó la mano para saludar y se volvió hacia su hijo.
—¿Has visto?
Oliver frunció el ceño.
—¿Qué tiene de especial? —cuestionó.
Con la misma mano que acababa de saludar, Fermín Reck se rascó la cabeza. Por sencilla que pareciera la pregunta, no tenía idea de qué contestar.
—Bueno… que es muy buena persona, siempre saluda. En general la gente que trabaja aquí es muy buena, eso es lo que quería mostrarte.
—¿Se es buena persona solo por saludar? Creí que eso era de lo más normal. Estoy seguro de que hay malas personas que saludan muy bien.
Fermín caviló un momento. En esta ocasión ya no se trataba de no saber cómo refutarlo, sencillamente su hijo tenía razón, y hasta se le vinieron un par de ejemplos a la cabeza sin que tuviera que pensar demasiado.
—Bueno, eso es cierto, pero… Olvídalo, ya vendrás aquí de todos modos cuando llegues cansado y te encantará que sean amables y atentos contigo. Sigamos andando. Mira, ahí están las pistas de tenis. Solo son las principales, pero hay más en la parte de atrás, pasando el predio de arquería. El tenis es muy reconocido en este club. ¿Te acuerdas cuando fuimos a jugar ese partido con tu madre y unos amigos? Te había gustado mucho.
—Lo recuerdo —dijo Oliver, escrutando las pistas de tenis con detenimiento, de las que provenía un inagotable repertorio de sonidos de bolas siendo golpeadas y de indicaciones constantes del instructor—, pero ahí hay muchas personas. ¿Por qué?
—Es que están en medio de una clase, están entrenando. ¿No te gustaría entrenar aquí?
—El tenis se juega de a dos personas, como mucho de a cuatro si se trata de un partido de dobles. ¿Por qué hay tantas personas entrenando? ¿Y por qué todas están del mismo lado de la pista? Y qué pesado que es el hombre del canasto, se la pasa gritando, ¿cuál es su problema?
—Es el instructor, Oliver, les está enseñando.
Oliver negó con la cabeza con una experimentada expresión de rigurosidad.
—Si para enseñar necesita gritar tanto, no creo que esté enseñando muy bien. A mí no me gusta que me griten, a nadie le gusta que le griten.
«Seis años, seis años, seis años —se repitió el señor Reck como una letanía—. ¿Qué voy a hacer con este niño cuando crezca? No quiero ni pensarlo».
—¡Ah, pero mira nada más! —dijo tras doblar el pasillo y descender por unas escaleras—. Esto sí que tiene que gustarte. No cabe dudas de que en la colonia lo practicarán un montón, es el deporte más popular de todos.
Oliver se detuvo y alzó una ceja, cruzándose de brazos. Si su lenguaje corporal pudiera hablar, hubiera dicho: «Ah no, eso sí que no».
—La absurdidad de este deporte rivaliza con su sobrevaloración. Once personas tratando de meter un balón dentro de un arco rectangular mientras otros once intentan lo mismo del otro lado, arengados por un estadio lleno de gente ruidosa que decide resignar más de dos horas de sus vidas en observarlos a los gritos, mientras otro montón de gente prefiere perder este tiempo en la comodidad de sus hogares, en la mayoría de los casos gritando de la misma manera frente al televisor, mientras dos personas narran con más gritos lo que está sucediendo en la pantalla, como asumiendo que la gente es tan tonta que no puede entenderlo por sí misma. Y lo más triste de todo es que nadie parece darse cuenta de que siempre el resultado es decidido por los árbitros.
—Entonces, descartado el fútbol también. —Fermín se desanimó—. Ay, Oliver, de verdad, no sé qué voy a hacer contigo. ¿Es que no hay nada que te guste?
—Me gusta leer.
—Eso ya lo sé, y vaya si lo sé. Te recuerdo que los libros que has leído te los he comprado yo. Pero eso no importa, me refería a algún deporte que te guste, algo que cuando termine la colonia de verano puedas practicar aquí.
—Sí, me lo suponía, pero es que a veces encuentro tus preguntas un poco tendenciosas.
Fermín no pudo contener un gesto de impaciencia.
—Tienes seis años, Oliver —bufó, haciendo énfasis en el número—, ¿acaso sabes lo que significa «tendencioso»?
Oliver se ofuscó más y miró con recelo a su padre, como cada vez que alguien dudaba de sus capacidades. Sin embargo, se ablandó antes de hablar.
—Papá, eres tú quien no lo sabe, ¿cierto?
Fermín se rompió la palma de la mano contra el rostro.
—No te preocupes —lo aventajó el pequeño antes de que pudiera decir algo. En su tono se hallaba ahora una dulzura mucho más acorde a su edad—, te prometo que no le diré a nadie, tampoco a mamá.
Fermín se quedó mirando a su hijo un momento, entre conmovido y desgraciado. Puede que no supiera qué iba a hacer con ese niño cuando creciera, pero en ese instante no le quedó otra alternativa más que revolverle el cabello y sonreír.
—Muy bien, sigamos. Como te iba diciendo, necesito que me ayudes en esto, Oliver, es importante que elijas una actividad física que vaya contigo. La colonia de vacaciones será un buen inicio, pero solo dura un mes, tienes que utilizarla para descubrir qué es lo que te gusta. Leer está muy bien, y podrás seguir haciéndolo todo lo que quieras, pero recuerda lo que siempre decía tu abuelo: «el cuerpo es tan importante como la mente». Tu abuelo era una persona muy apasionada por el deporte, ¿sabes? Piensa que fue piloto de automóviles en la máxima categoría, campeón de un montón de competencias importantes en todo el mundo. ¿Imaginas una vida entera viajando por tantos países sin estar preparado físicamente? Eso es imposible. El abuelo sabía mucho de deportes y de lo importante que eran. No sabes cuánto me costó confesarle que el oficio que había elegido no tenía nada que ver con el deporte, aquello resultó en todo un desahogo para mí. Por suerte, conseguí que lo entendiera, ¿y sabes cómo lo hice? Fue porque acepté su única condición. Él me dijo: «Fermín, tú eres muy inteligente y capaz, pero un enclenque no tendrá éxito en ningún lugar adonde vaya. Estudia lo que tú quieras y dedícate a lo que te haga feliz, pero mantén tu cuerpo en forma, ¿de acuerdo?» Vaya, ha pasado tiempo y todavía se me pone la piel de gallina. Yo no quiero que tengas un recuerdo de ese estilo, pero sí quiero que… ¿Oliver?
Fermín se detuvo, mirando hacia todos lados sin hallar en ningún sitio la redonda cabeza de su hijo. Le subió un ligero calor a la garganta; había hablado tan distendido mientras recorría los pasillos que había acabado por perder de vista a Oliver.
—¿Oliver? ¿¡Oliver!? —dijo al aire, alzando la voz pero sin intentar llamar demasiado la atención.
Volvió sobre sus pasos buscándolo, pero llegó hasta la recepción sin hallar rastro del niño. Preguntó a una o dos personas si lo habían visto, pero nadie sabía nada. El calor en su garganta se fue acentuando conforme más se preocupaba. El club era un lugar seguro, pero muy grande y con mucha gente. No creía que su hijo fuera a asustarse, pero si su esposa se enteraba de que lo había dejado solo… Pensándolo bien, el que estaba en peligro era él mismo.
Reanudó camino hasta llegar a la cafetería. Le pidió ayuda a Sebastien, que bien dispuesto dejó a cargo la cafetería a uno de sus colaboradores para ayudarlo a buscar. Se dividieron e hicieron preguntas a quienes andaban por allí. Fermín ya empezaba a sentirse afiebrado cuando Sebastien le dijo que a una clienta le había parecido ver a un niño andando solo bajando las escaleras que iban al gimnasio.
Fermín se dirigió de inmediato a donde le habían señalado y bajó las escaleras de dos en dos, atolondrado. Cubrió todo el pasillo del gimnasio sin encontrarlo, e incluso les preguntó a algunas personas que salían del lugar, pero nadie lo había visto. A punto de volverse, un tintineo le llamó la atención cerca de una puerta de vidrio al fondo. Nunca había estado por allí, así que dudó en abrir y avanzar hacia la continuación de un estrecho pasillo vallado. Tras unos cuantos pasos por el corredor alfombrado, de lejos divisó la cabezota castaña de su hijo, sentado en un banco de madera junto a la valla. El alma le volvió al cuerpo.
—¡Oliver! —exclamó—. ¡Vaya susto me has dado! ¿Dónde te habías metido?
Llegó a pensar que el atolondramiento lo había hecho confundir a su hijo con otro, y luego incluso consideró que en el breve lapso de tiempo que habían estado separados, Oliver había perdido la capacidad auditiva. Pero no era nada de eso, y si el niño tenía algo afectado, era su atención, puesta de lleno en los tintineos que ocurrían detrás de la barandilla de hierro que sujetaba con sus pequeñas manos.
Fermín levantó la vista, persiguiendo lo que tanto le llamaba a Oliver la atención. El tintineo provenía de distintos entrechocamientos de metales que ocurrían en las extensas pistas que había tras el vallado.
—Papá, ¿estás personas están teniendo un duelo? —preguntó Oliver, curioso.
—¿Duelos? ¿Eso de ahí? Se llama esgrima, ¿nunca lo habías visto? Es cierto que no sale mucho en televisión, no es un deporte muy popular. ¿Te gusta?
No necesitó que su hijo contestara, su expresión hablaba por sí misma. En ese momento, Oliver era concentración en el estado más puro. Seguía con viveza los movimientos de los tiradores, mirando con ojos brillantes las armas de metal, tratando de deducir el reglamento solo con la vista.
En la pista más cercana, dos trajeados y enmascarados hombres de gran altura se medían con astucia, buscándose y rehuyéndose una y otra vez. Y cada tanto, plank, sonaba al contacto un aparato electrónico. Entonces los dos se detenían, tomaban distancia y volvían a comenzar.
—Me extraña que te atraiga tanto —dijo Fermín al cabo de un rato de solo observar—; después de todo, no se parece en nada a una lucha de espadas de las que se pueden ver en una buena película de piratas. A mí siempre me ha sorprendido que puedan ver detrás de ese casco con la careta tan oscura, ¿a ti no?
—No. Esto no es ninguna película —repuso Oliver, todavía abstraído—. En la vida real mueres al contacto con una de esas espadas. Esos dos de ahí… saben lo que hacen. —Muy serio, se giró hacia su padre—. ¿Hay esgrima en la colonia de vacaciones?
—Pues… es una buena pregunta. Supongo que lo descubrirás la semana que viene, no te pongas ansioso. Aunque, para serte honesto, Oliver, parece una disciplina algo peligrosa, no estoy seguro de que vaya a gustarle a tu madre. ¿Por qué no damos una vuelta y buscamos algún otro deporte? El club está lleno de opciones, te apuesto a que encuentras algo que te atraiga más.
—Mamá te ha dicho que dejes de apostar —dijo Oliver, recurriendo a un saltito para bajarse del banco—, siempre acabas perdiendo.
—Muy buenos días, señor y señora Reck, mi nombre es Angélica, encantada de conocerlos. Soy la nueva presidente del club. Debo decirles, primero que nada, cuánto lamento haberlos hecho venir a ambos de esta forma. De ninguna manera es mi deseo molestarlos, pero me vi obligada, debido a mi posición en el establecimiento, a dirigirme hacia ustedes de forma presencial dadas las… circunstancias.
—Buenos días, señora presidente —dijo Fermín con jovialidad. Tras los saludos formales, tanto él como su esposa tomaron asiento. La presidente lo hizo después de ellos—. No hay problema, no había tenido el gusto de felicitarla por su designación, y esta reunión me lo permite. Encantado de conocerla. ¿Cuál es el asunto?
En realidad, Fermín se hacía una gran idea de cuál era el asunto, pero prefería maquillar con dudas y sonrisas lo que sea que hubiera hecho Oliver esta vez para que los hicieran venir a ambos a la oficina presidencial. A su lado, su esposa no sonreía ni por cortesía. Se mantenía tan seria como cuando había salido de casa, con los labios cubiertos de rouge fruncidos y sus largas y delineadas cejas entornadas. Ni siquiera había saludado al entrar.
La presidente se echó hacia atrás sobre la silla y reposó ambos brazos en el asiento. Se la notaba tensa, conflictuada, tal así que Fermín creyó que debería pedirle que se relajara. Su esposa, sin embargo, pensaba bastante distinto, y él no se iba a arriesgar a contradecirla tan pronto.
—No demore demasiado, querida —dijo Gregoria Reck con mordacidad—, nuestro tiempo es valioso.
—Sí, por supuesto. Bueno, verán… —reaccionó la mujer con una serie de muecas nerviosas—. No me place nada decirles que hemos experimentado algunos… contratiempos con su hijo, con Oliver. No es cuestión de alertarlos, por supuesto, pero ya van dos semanas desde el comienzo de la colonia y los coordinadores tienden a tener reconocidas muchas particularidades de cada uno de los niños para estas fechas. Por mi parte, yo sugerí que bien podríamos esperar un poco más a que el pequeño se acostumbre a las diversas actividades; al fin y al cabo, solo son niños. Pero en este club damos gran importancia a la opinión de los instructores y coordinadores de cada sector, es una de las características que nos distinguen de otros establecimientos deportivos y estamos orgullosos de ello. Por eso fue que decidí acatar al pedido de los coordinadores y concertar esta reunión.
—Maneja muy bien el noble arte de decir mucho sin decir nada, querida —repuso la señora Reck con una falsa sonrisa—. Ahora, ¿podría dejar los preámbulos?
—S-sí, por supuesto —contestó la presidente—. Si me disculpan, llamaré a la coordinadora en jefe antes de comenzar, ella podrá explicarles mejor que yo algunas cuestiones.
La mujer acercó la mano al comunicador interno como lo haría un náufrago a un vaso de agua. Presionó uno de los botones y se mostró impaciente. Fermín notó que evitaba la mirada de su esposa, y no le llamó la atención, pero sí lo sorprendió que se encajara en la suya como buscando apoyo.
—¿Nataly? ¿Podrías acercarte a mi oficina, por favor? —preguntó la presidente tras un bip.
—Enseguida —contestaron del otro lado.
Se notaba que aquello estaba ensayado, pero tampoco resultaba nada del otro mundo. Más allá del asunto que los hubiera reunido, la presidente estaba tratando con los dueños de la empresa con mayores inversiones en el club. Mientras aguardaba, Fermín se preguntó si ese matiz aliviaría en algo lo que sea que hubiera hecho Oliver. ¿Tan grave sería? Empezaba a preocuparse, pero no quería demostrarlo.
Pasó algo cerca de un minuto hasta que sonó la puerta de la oficina. Al recibir la indicación de paso, ingresó una menuda muchacha de cortos cabellos, hombros anchos y una postura algo encorvada. Ya en un primer momento se la notó nerviosa al saludar, pero su talante vaciló del todo cuando la presidente le solicitó que se sentara a su lado. El asiento no tuvo nada que ver, claro, se trató de la conexión de miradas con Gregoria Reck, una mujer tan hermosa como exitosa, tan exitosa como severa, y tan severa como se podía. Él mismo quedaba prendado de aquellas miradas suyas en más de una ocasión, y tenía la posibilidad de verlas todos los días. Para quien no estaba acostumbrado era un verdadero desafío.
—Nataly es la coordinadora en jefe del área de menores de diez años —explicó la presidente con una sonrisa por encima de la curva necesaria—. Nataly, ¿podrías explicar al señor y la señora Reck la situación de la que hablamos?
—Sí, por supuesto —dijo la recién llegada con un tono de ahogo propio de quien viene de hacer deporte—. Verán, para empezar, detectamos de inmediato que Oliver era demasiado maduro para el grupo de niños de su edad. No hay nada de qué preocuparse por esto, todos los niños maduran a tiempos distintos.
—Conocemos a nuestro hijo, querida. —La coordinadora de la colonia estaba hablando tan rápido que parecía un coche de carreras, un coche de carreras que colisionó ante una cerrada curva llamada Gregoria Reck—, ¿qué le parece si mejor va al grano? Y hable un poco más despacio, no le llego a entender.
Nataly se quedó durante unos segundos como si un fantasma se hubiera pasado a saludarla.
—Claro… —deslizó, aclarándose—. La cuestión es que decidimos, en consenso con otros coordinadores, elevarlo a un grupo de niños más grandes, al que va desde los siete a los diez años, para ser precisos. Creímos que todo iría bien, no había razón para pensar lo contrario, pero durante esta última semana comprobamos que tampoco se ensambló allí del todo, tuvo algunos… problemas.
—¿Qué clase de problemas? —se impacientó Fermín. Empezaba a estar de acuerdo con su esposa, había ya demasiados preámbulos. ¿Qué mal podía haber hecho un niño de seis años en una colonia de vacaciones de verano?
—Bueno… —vaciló Nataly—. Verá…
—Eres nuevo, ¿verdad? ¿Cómo es que te llamabas? No pude escuchar bien cuando Antón te presentó —dijo la niña.
Por lo que Oliver había escuchado en una conversación, era la más grande de todo el grupo: diez años, cinco meses y cuatro días. Tenía el cabello oscuro más largo y con más volumen entre todas las demás niñas también, aunque por lo visto no tenía muy buen oído. No podía culparla, entre el griterío de la colonia y la voz rasposa del coordinador, solo un gran estado de atención podía recabar toda la información.
—Soy Oliver Reck —contestó. Tuvo que levantar la vista, ya que ella le sacaba una cabeza completa de altura.
—Yo soy Arena, Arena Baltwin, mucho gusto. Eres muy pequeño para estar aquí, ¿no crees? ¿Cuántos años tienes?
—¿Te refieres a la estatura? —preguntó Oliver, por un instante se vio venir una provocación, pero desistió de ese pensamiento al ver el rostro de la niña; no parecía en intenciones de ninguna bravuconada—. Es normal, solo tengo seis años.
La niña puso cara de perdida, pero a él no le parecía raro que lo hubieran terminado enviando allí.
Los niños del grupo anterior eran, a su criterio, lentos, de escasa motricidad y cuestionable capacidad de comunicación, además de que se la pasaban haciendo tonterías, sobre todo cuando los juegos que proponían realizar los coordinadores escapaban a su nula capacidad intelectual. Cuanto menos esa niña parecía un poco más despierta que cualquiera del grupo anterior; notó que se preocupaba de hablar bajo para que el coordinador no le llamara la atención por interrumpirlo mientras explicaba qué es lo que harían ese día en la piscina.
—¿Seis años? ¿Y sabes nadar? Si no sabes deberías decirle a Antón, no tengas vergüenza. La primera vez que vine a esta piscina me dio algo de miedo, sobre todo la parte más profunda.
Oliver había leído en una ocasión que el miedo al agua causaba más daño que el agua misma. Los cuerpos flotan casi con naturalidad hasta en las peores situaciones. Temerle a una piscina le parecía algo tonto, pero no se tomó a mal el comentario, supuso que ella quería empatizar o algo así.
—Gracias por preocuparte, pero sé nadar.
—Que sabe nadar, ha dicho —se escuchó detrás en la fila de niños antes de que Arena pudiera contestar. Unas risitas irritantes corearon de fondo.
—Es tan pequeño que podría sacarlo con una caña de pescar —replicó alguien.
—No seas tonto —dijo alguien más—, para pescar un pez tiene que estar vivo. A este lo sacarán del agua ya pescado.
Hubo alguna clase de imitación de un pez moribundo que hizo reír a varios niños más, pero Oliver no alcanzó a verla, solo a intuirla. Si era una broma —lo que suponía— era muy mala. Lo sorprendió más la estridente reacción de Arena.
—Ya no molesten, idiotas —replicó ella.
La fila se desarmó un tanto y la dejó enfrentada con un grupo de cuatro niños que parecían acaparar toda la atención.
—Ay, ay, ella lo defiende —repuso uno de ellos, un rubio bajito, apenas más alto que Oliver. Los otros tres reían como hienas a su lado—. ¿No estás ya mayorcita para ser su novia? Podrías ir a prisión por eso.
—No eres más tonto porque no puedes —rabió Arena, que también se ganó unas cuantas miradas y un par de adeptas amigas suyas que la respaldaron. Ella le enseñó el dedo del medio al niño y se volvió hacia Oliver—. No les hagas caso, Oliver, hay algunas personas que nacieron con demora y no llegaron a tiempo a la repartición de cerebros.
Oliver aprovechó el despeje de la fila para repasar con la vista a cada uno de los cuatro niños. No vio en ellos nada especial, unas risas algo estúpidas, pero no creía que fuera tan grave como para carecer de cerebro. De hecho, estaba claro que no era posible tal cosa. Con un dejo de desinterés notable, asintió y se volvió otra vez hacia el frente, donde el coordinador seguía con su interminable explicación sobre los cuidados de la piscina.
Cuando Antón terminó con su discurso preliminar, indicó también con excesivas aclaraciones las instrucciones para introducirse en el agua. De a dos por vez, uno de la fila de niños y una de la fila de niñas, irían arrojándose al agua de forma «innovadora», «perdiendo» si repetían la postura de alguien más. A Oliver el juego le pareció ridículo, además de que los que iban delante tenían una injusta ventaja sobre los que iban detrás. Todo estaba muy mal pensado. La espera se volvió fastidiosa con tantos niños demorándose en decidir cómo lanzarse, sumándose el temor que parecían tener algunos y la necesidad de nuevas aclaraciones. Tampoco era un día de verano muy agradable para la piscina. Llegó a la conclusión de que estaría mucho más cómodo en la piscina de su casa.
Al llegar su turno debió esperar a la niña de la otra fila, que por alguna razón que no sabía —pero que seguro era una tontería— iba con retraso. Detrás suyo la fila había rotado y tenía ahora casi pegados al grupo de niños insoportables que lo habían intentado molestar hacía un rato, los cuatro desternillados de risa por algún absurdo chiste. Superó el «margen de seguridad» que había indicado el coordinador y se acercó al borde de la piscina para alejarse de ellos. Ya desde el preescolar había resuelto que siempre era mejor no rodearse de pesados.
—Hey, hey —se la oyó a Arena alzar la voz, no muy lejos en la otra fila—. ¿Qué están haciendo?
A Oliver la voz le bastó para afinar los sentidos y darse cuenta de lo que ocurría. Al girarse y notar la silueta del niño rubio detrás suyo, supuso de inmediato que su intención sería la de empujarlo al agua.
Como si fuera a permitir algo así.
Se agachó presto y giró sobre sí mismo; el material del borde de la piscina lo ayudó a deslizarse con facilidad. Tomó la fastidiosa pierna intrusa y empujó en el sentido que iba dirigida; apenas si necesitó fuerza para sacársela de encima.
El rubio mutó de la sonrisa al terror y resbaló. Se golpeó la frente contra la losa y tras una voltereta involuntaria se sumergió en el agua en un grito literalmente ahogado.
La risa de casi toda la colonia opacó por varios minutos al coordinador, al que se lo vio intentar manejar la situación y revisar que Tobías no hubiera sufrido daño en la caída. Entre los pocos que no rieron se encontraba Oliver, quien acabó siendo regañado por el hombre, considerándolo el maestro artífice detrás de todo el suceso.
Oliver se defendió una y otra vez en su habitual parsimonia, tratando de explicar con claridad la situación y revelar que solo se había defendido. Estaba muy seguro de haber utilizado las palabras correctas, medidas y sin ninguna emoción adicional que pudiera sesgar el relato. Pese a todo, el coordinador decidió apartarlo del grupo de todas formas a modo de castigo.
Oliver se hundió de hombros y, con la misma postura con la que se había explicado, empezó a alejarse de la fila. Entonces la voz de Arena se hizo oír, otra vez. A él en poco tiempo ya se le empezaba a hacer muy característica e inconfundible.
—Antón —dijo la niña, acercándose con un notorio fastidio—, Oliver no tuvo la culpa de lo que pasó, yo lo vi todo y fue Tobías quien estiró la pierna para empujarlo, iba a darle una patada. Oliver apenas lo tocó, se cayó solo.
El forzudo y bronceado coordinador cambió a una expresión más suave y reflexiva, mirando a Arena y luego a Oliver.
—¿Es eso cierto? —preguntó.
Oliver arqueó una ceja.
—Disculpe, ¿es acaso usted sordo?
—¿Cómo dijiste? —El hombre se quitó las gafas oscuras y mostró un renovado enfado en el rostro.
A Oliver no lo impresionó.
—Estoy seguro de haberle dicho lo mismo que ha dicho ella, por lo menos cuatro veces. Las posibilidades de que no me haya escuchado son nulas si es que acaso usted no es sordo. Por eso pregunto, ¿es usted sordo, por casualidad?
Antón parecía dispuesto a gritar tan fuerte como para que su voz fuera oída en todo el club, pero formó un puño junto a su boca y se contuvo.
—Escúchame bien —dijo con energía contenida a punto de estallar, señalando a un rincón del predio—, te vas a quedar allí sentado, muy solo, quieto y reflexionando sobre tu actitud, ¿me has entendido? ¿Me expliqué bien? Vamos a hablar mucho tú y yo respecto de esto, vaya si vamos a hablar, pero ahora ve… Ve antes de que me enoje más…
—Como usted diga —replicó Oliver en sequedad.
Y al igual que no entendió la razón de tanto escándalo (al fin y al cabo a Tobías no le había sucedido nada grave), tampoco entendió por qué su respuesta hizo a Antón soltar un grito tan fuerte a sus espaldas como para despeinarlo. «Si solo he dicho que le haría caso —pensó, arrojando una mirada de reojo hacia el malhumorado coordinador, sin dejar de caminar—, este sujeto es en verdad muy tonto».
Al llegar al sitio indicado, se sentó y puso los brazos sobre las rodillas. Observó a lo lejos a Arena, todavía intercambiando algunas palabras con el coordinador. Por lo visto ella se expresaba mejor que él con los adultos, porque no creía que le estuviera diciendo nada muy distinto de lo que él le había dicho, y el hombre reaccionaba mucho mejor. Cuando ambos se giraron a mirarlo, él bajó la mirada y se desentendió del asunto. Si estar allí hasta era mejor.
—¿Todo lo que ha hecho es empujar un niño a la piscina? —cuestionó Gregoria—. ¿Por eso nos ha hecho venir?
Fermín mostró una débil sonrisa.
—Le agradezco los cuidados, coordinadora, veo que Oliver está en muy buenas manos. Quizás… un poco demasiado buenas manos, ¿no cree? Los niños se la pasan empujándose, y no hubo ningún daño.
—Sí, bueno, es que ese fue solo el comienzo —repuso Nataly, incómoda.
—Prosigue, Nataly, por favor. Trata de explicar con detalle lo que ocurrió más tarde.
—Claro —dijo Nataly, vacilando una vez más. Por un instante miró a la presidente como si le hubiera jugado una broma muy pesada—. Verá, luego de eso, también en el área de la piscina…
—Lo lamento, Oliver, no sé qué le ha pasado Antón, hasta ahora había sido siempre muy bueno con todos —le dijo Arena más tarde en cuanto se encontró con él en la fila—. Tal vez tuvo un mal día.
—O tal vez tú y yo tenemos un concepto distinto de lo que significa ser «bueno con todos» —repuso Oliver, que no estaba seguro de si le había caído peor el castigo que la quita de él. Según Antón, se había «apiadado», permitiéndole unirse a las carreras de natación. Pero él no creía necesitar ninguna piedad, porque no había hecho nada malo—. En cualquier caso, respeto tu opinión.
Arena le devolvió una mirada llena de confusión.
—¿Respetas mi opinión? Oye, ¿estás seguro de que tienes seis años?
—Casi siete —contestó al unísono de un silbatazo.
Había ahora cuatro filas al borde de la piscina. Al sonido del silbato, saltaba un niño de cada una de ellas, compitiendo por llegar a unos flotadores que se situaban a poco más de la mitad de la longitud de la piscina, distancia que a Oliver le resultaba poco osada.
—¿Y como a qué edad aprendiste a hablar? —se intrigó Arena.
Oliver iba a contestar cuando recibió un llamado de atención de Antón por estar distraído. Había por fin llegado su turno.
Dejó de lado la conversación y se acercó al borde, preparándose para saltar, pero antes de que el coordinador hiciera sonar el silbato, el niño de la fila de al lado, justo delante de Arena, levantó la mano.
—Antón, ¿le damos algo de ventaja?
Oliver era capaz de razonar que ese niño era, de hecho, una persona considerada. De lo que no era capaz era de consentir que se lo subestimara. Lo detestaba y, por extensión, detestaba a ese niño también. Pero mucho más detestó al primero de los niños de otra de las filas, que comenzó a risotear burlón ante la pregunta, ganándose a su vez unas cuantas risas más.
—No hace falta —dijo Oliver, forzando una sonrisa de dientes apretados.
—Muy bien —vociferó Antón—, Gastón, Alexi, Oliver y Ernie, a la cuenta de tres, dos, uno…
Oliver se preparó, tensando los músculos de sus piernas y adoptando la posición más competitiva que encontró. Cuando el silbato se hizo oír, saltó más de cinco palmos por encima de los otros niños, desentonando por la sincronicidad respecto de la alerta. Entró al agua con un clavado perfecto, sumergiéndose como lo haría un delfín, braceando en crol a una velocidad que humilló a los otros niños. Que fueran mayores perdió toda relevancia.
Pero incluso sobresaliendo de tal forma, para él no era suficiente. Cada dos braceos recordaba la preguntilla: «Antón, ¿le damos algo de ventaja?» Luego las risillas se coreaban en sus oídos como si surfearan a su lado. Llegó al flotador que servía de meta y, todavía con los dientes apretados, siguió nadando sin detenerse, sobrepasando la meta y llegando hasta el fondo de la piscina, que fue cuando decidió tomar aire y mirar hacia atrás.
—Casi —resopló.
Había querido demostrar que podía llegar hasta el borde final antes de que los otros tres niños llegaran siquiera a los flotadores, pero le había faltado velocidad.
—¡¿A dónde vas, niño?! ¡Esa es la parte profunda! ¡Ven más cerca! ¡Por aquí! ¡Acércate por el borde! ¡Por el borde, te digo! —gritó Antón como un desquiciado.
A Oliver le había parecido escuchar algunos gritos mientras nadaba, pero no creyó que pudiera ser para tanto; después de todo, ya había demostrado que sabía nadar. Consideró que el coordinador debía estar algo mal de la cabeza y obedeció, no fuera cosa de meterlo en problemas otra vez.
Al regresar al sector donde se hallaban los flotadores, notó algunas miradas recelosas de quienes jugaban y aguardaban allí, en especial de los niños con los que había competido. Pasó olímpicamente de ellos, no le importaban. Ya había vivido la experiencia de ser envidiado por alumnos de su escuela, estaba acostumbrado.
—¡Te mueves como un pez! —le dijo Arena poco después—. Haces natación, ¿verdad?
—No, solo nado en casa —contestó, flotando despacio para alejarse de unos niños que hacían mucho escándalo salpicándose entre ellos.
—¿Seguro? —dudó Arena—. Yo también nado mucho durante el verano y no soy tan buena braceando.
—Pues practica más.
Arena se zambulló bajo el agua, peinándose la larga cabellera hacia atrás. Cuando salió, el gesto de duda había sido reemplazado por uno de reclamo.
—Es difícil descifrar cuándo hablas en serio y cuándo estás tomándole a alguien el pelo, ¿sabías? Solo puedo usar la piscina de mi abuelo en el verano, no se puede practicar más que eso —Entornó la mirada—, a no ser que hagas natación.
—Ah —repuso Oliver.
No quiso decir nada más. Se quedó flotando en silencio, con una ligera dosis de consternación. No le gustaba ostentar cosas que tenía y que los demás no. Su padre le había explicado que era de muy mal gusto, y él lo compartía. Asumir que todos tenían las mismas posibilidades era un error común, pero un error al fin.
—¿Qué? —Arena arqueó una ceja—. ¿Qué sucede?
—Nada. Lo siento.
—¿Lo sientes? ¿Por qué?
—Olvídalo, no es nada. ¿A ti te gusta la natación?
Arena hizo un mohín.
—No me gusta que me mientan, tampoco que cambien de tema ni que me dejen con la duda, pero las tres cosas a la vez me son insoportables. Habla, Oliver.
Oliver se intimidó un tanto descubriendo lo feroz que podía ser esa niña.
—No te he mentido, lo que sucede es que mi piscina es climatizada y está disponible todo el año, por eso puedo practicar más.
Arena podía ser muy expresiva. Su gesto de sorpresa le añadió al menos tres centímetros a sus cejas oscuras.
—¿¡Tienes una piscina climatizada en tu casa!? —chilló—. Tienes que estar bromeando.
—¿Qué te sorprende? —se introdujo Rupert a la conversación. Tanto él como Tobías, que estaba a su lado, tenían marcada la pedantería en sus rostros—. Es el hijo de los Reck, los dueños de las computadoras.
Hubo un chapoteo y un niño pesado llamado Xavier emergió debajo del agua. Reía sin ninguna razón, acompañando a los otros dos.
—¿Quién tiene más dinero, un ladrón de bancos o tus padres? —preguntó Tobías con mordacidad.
Oliver se hundió de hombros.
—Depende del ladrón.
Siempre le había resultado raro que los argumentos con los que contestaba fueran casi siempre recibidos por los demás con mucha antipatía. Hacía tiempo que había empezado a dudar de todas las personas que lo rodeaban y de su capacidad para recibir y procesar información. A veces la gente se le hacía lenta, a veces tonta, y en ocasiones ambas cosas. No había nada de malo en lo que había dicho, era un sencillo argumento.
—Qué listo eres. Te crees muy listo, ¿no? Listísimo.
Oliver asintió en conformidad, y hasta dio las gracias.
—Ahora entiendo por qué estás tan molesto —se divirtió Arena, burlándose en la cara de Tobías—. Te encantaría tener tu propia piscina climatizada, ¿eh? La envidia se puede oler a kilómetros.
—Qué estupidez —dijo el rubio—. Ya tenía que salir Tontarena larguirucha a defenderlo.
—¿¡Cómo me has llamado!?
Oliver se distrajo con el agresivo intercambio verbal, que de forma espontánea fue incluyendo a los amigos de Tobías y a las amigas de Arena. Debido a ello, no percibió que al grupo de Tobías le faltaba ahora Rupert, y que la razón era que este le preparaba una sucia treta por la espalda; sigiloso como una víbora, el pelirrojo se acercó flotando hasta tomarlo de los hombros y hundirlo bajo el agua.
Aunque Rupert no era el más grande de los niños del grupo, sin dudas lo era más que Oliver, y con su fuerza volvió inútiles los esfuerzos de este por zafarse. Pero Oliver no insistió mucho en ello, supo mantener la calma y reconocer que una disputa de esa clase lo tendría perdiendo. «El miedo al agua causa más daño que el agua misma». Tampoco apelaría a que Rupert, un niño que brillaba por el aspecto de tonto redomado, se dignara a soltarlo por las buenas, así que decidió contraatacar.
Hundido bajo el agua como estaba, tenía el bañador de Rupert a la altura perfecta de un buen manotazo. Ni se lo pensó; manoteó con firmeza de ambas costuras y retiró de un solo tirón el bañador oscuro con el estampado de pececillos. La respuesta no se hizo esperar: sus hombros se liberaron y pudo nadar para emerger lejos de su agresor, que solo tenía manos para cubrirse de lo que antes se ocupaba su ropa.
—¿Oliver? —preguntó Arena, interrumpiendo su discusión por la sorpresa de verlo aparecer de pronto a su lado, tomando una gran bocanada de aire—. ¿Estás bien?
Más la sorprendió el grito que soltó una de sus amigas.
—¡Antóooooooon! ¡Rupert está desnuuuudo!
—¡¿Cóooomo?! —clamó Antón desde uno de los bordes de la piscina.
—¡Te voy a matar! ¡Hijo de…! —chilló Rupert en ascuas, saliendo como un tiburón rabioso detrás de Oliver.
Oliver nunca supo por qué a Antón le pareció tan malo que escapara nadando, cargando con el bañador de su persecutor; después de todo, toda la colonia lo había escuchado decir que quería matarlo. ¿Acaso el único adulto responsable esperaba de él que se quedara a esperarlo? Era cierto que minutos completos de risas burlonas acompañaron a Rupert persiguiendo a su bañador, y que las chicas se rieron como focas ante el escenario, pero de eso él no tenía ninguna culpa.
—Parece que tenemos un problemático —le dijo el coordinador, llevándolo de nuevo al que parecía ser el rincón de los regaños—. ¿Te crees muy gracioso? Contesta, ¿qué sucede ahora?, ¿te han comido la lengua los ratones?
Oliver dejó caer los hombros, indignado.
—Es usted el gracioso —razonó—, primero me dice que me quede callado y luego me regaña por hacerlo. Yo solo le estaba haciendo caso.
—¡Ajá! ¡Un gracioso! Ni más, ni menos. —Antón estaba en llamas, y Oliver seguía incrédulo de que así fuera—. Pues mira, niño problemático, si en tu casa te gusta dar problemas, bien por ti, pero mientras yo esté a cargo te aseguro que en este lugar no lo vas a hacer. Ya he sido muy bueno contigo. Hoy te vas a quedar aquí sentado todo el día, castigado. ¿Qué te parece? ¿Crees que se te pasará así lo problemático? Si no alcanza con eso, añadiremos algunos días más.
A Oliver le pareció una estupidez, pero no contestó. Ya que todo lo que decía parecía caerle mal a aquel hombre, prefirió hundirse de hombros, sentarse y mirar al suelo. No pudo más que sorprenderse de que, por alguna nueva e inexplicable razón, eso hiciera a Antón gritar otra vez.
Fermín trató, pero no pudo contener la risa al imaginarse al pobre niño perdiendo su bañador en medio de la piscina. La historia era desopilante.
—No es gracioso, señor Reck —intervino la presidente—, ese niño podría padecer de traumas en el futuro. Sus padres presentaron una queja y tuve que hablar con ellos durante horas para que no retirasen a su hijo de la colonia. Hubiera sido el primer caso en la historia del club, una deshonra total.
Fermín pidió disculpas y se cubrió la boca con la mano. Su risa todavía era visible.
—Si está preocupada por la queja de unos padres, le informo que me acabo de dar cuenta de cuál fue el día y la causa de que dejaran a Oliver durante horas sentado al más puro rayo de sol —dijo Gregoria. Su interrupción anuló del todo la risa de su esposo—. Me imagino que mis quejas le importarán tanto o más que las de los padres de Rupert, querida. ¿Tan nueva es que no ha sido informada sobre las generosas contribuciones de nuestra empresa a este lugar?
La presidente se irguió y tragó.
—Sí, tiene usted mucha razón… Estoy informada al respecto, pero verá, eso no ha sido nuestra entera culpa. Antón le dijo a Oliver que se quedara allí sentado como castigo, es cierto, pero solo se refería a mientras estuvieran en la piscina, no al resto del día, y tampoco se refirió a un sitio exacto, sino a que estuviera alejado de la diversión, por así decir. Él podía ir a la sombra si…
—Disculpe —interrumpió Fermín—. ¿Sabe cuáles fueron las palabras exactas del coordinador? ¿Por casualidad no habrá dicho «Te quedas aquí hasta que yo te diga» o algo así?
—Es posible, pero le repito que no se refería a todo el día ni a un lugar concreto, se trató de un malentendido.
—Mire, señora presidente, le explicaré algo sobre Oliver, él funciona de esa manera; si usted le dice que espere hasta que usted le diga, él se quedará esperando aunque del suelo salga fuego y del cielo caigan rayos. Así es como es él, en casa nos pasa todo el tiempo.
—No justifiques la incompetencia —terció Gregoria con aspereza—. Si se dedican a cuidar niños, deberían saber cómo tratar adecuadamente a cada uno de ellos.
La coordinadora presente carraspeó la garganta.
—¿Acaso no lo cree así, querida? —le preguntó Gregoria con un dejo filoso.
—Disculpe, señora Reck, pero es que eso no es lo más importante y por lo que los hemos citado —intervino la presidente al ver a Nataly sufriendo bajo el peso verbal de Gregoria Reck—. En cualquier caso, ya hemos hablado con Antón. Se ha disculpado por el malentendido en cuestión y no volverá a ocurrir.
—Malentendido… —masculló Gregoria.
—¿Hizo algo más? —se adelantó Fermín a su esposa, esperando así apaciguar las aguas. Después de todo, ¿qué más podía haber hecho?
—Haremos equipos de tres e iremos turnándonos para jugar. Tres contra tres en cada aro. El que llegue a seis puntos gana y se queda en la pista, ¿de acuerdo? ¿Cuántos equipos podemos tener? A ver… Sí, perfecto, trece equipos. Vamos, ¿quién quiere comenzar?
Los equipos se organizaron en espacio de un minuto, ya había pasado una semana desde que había comenzado la colonia y los niños se conocían lo suficiente. Pero Oliver era nuevo, y el resultado para él fue el esperable: cuando todos se hubieron ya agrupado, por descarte se juntó con los dos niños que habían quedado sin equipo, un regordete llamado Brad y un alfeñique albino de lentes llamado Trevor. No le importó que sus compañeros aparentaran ser de los peores atléticamente hablando, el baloncesto nunca le había parecido un deporte muy atractivo, aunque a su padre le gustara. Además, tener compañeros poco habilidosos sería un punto a favor, era probable que le pasaran el balón en cuanto vieran que sabía jugar mejor que ellos.
Cuando le tocó entrar a la pista por primera vez, solo tuvo que aguardar unos escasos momentos para que Brad evidenciara visibles síntomas de no saber dónde esconderse ante la marca de una niña de la mitad de su tamaño. Oliver levantó las manos y le pidió el balón.
Brad hizo un intento de pase, más que digno viniendo de quien venía. Oliver tuvo que correr y estirarse para hacerse con la bola, pero lo consiguió. La niña que fue a marcarlo era bastante más alta que sus dos compañeras, y no tuvo ninguna piedad de su corta estatura. Pero a Oliver no le hizo falta; recurrió a una sutil finta y se creó el espacio preciso para tirar. Llevó con ambas manos la bola a la altura de la oreja izquierda y la elevó con su mano hábil, que era la izquierda. Una soltura ideal acompañada de un quiebre de muñeca excelente. Chas, resonó el aro. Quienes jugaban y quienes aguardaban por su turno quedaron perplejos.
—B-buenísima —dijo Trevor tras un breve silencio.
—Gracias —repuso Oliver—. ¿Podrías ponerte más… en la pista?
Trevor se mostró algo incómodo con el comentario, pero Oliver no pudo evitarlo, su compañero se había parado justo detrás de la línea que demarcaba la pista, como si no estuviera jugando y su equipo contara nada más que con dos jugadores. Hasta la niña que lo marcaba agradeció su intervención.
Los partidos fueron sencillos. Oliver no era un maestro tirando al aro, pero era rápido y le resultaba fácil infiltrarse entre los otros niños, ninguno era muy bueno. Si erraba el tiro, corría hasta recuperar la posesión, y aunque no era muy alto ni podía elevarse mucho saltando, tomar los rebotes y hacerse un nuevo sitio para tirar le era natural.
Llegado el momento, los demás niños comenzaron a darse cuenta de que era el único que estaba haciendo algo, y desplazaron las marcas solo a él. Los partidos se volvieron más complicados entonces, claro, pero un poco de la ayuda de Brad para protegerlo y otro poco de la altura de Trevor para lanzar solo abajo del aro acabaron por darles la ventaja.
—¿Acaso hay un estadio de baloncesto en tu casa también? —bromeó Arena cuando les tocó jugar en contra.
—Estadio no, pero en mi casa hay un aro, y en la quinta tenemos una pista parecida a esta. De hecho, creo que son los mismos postes.
—Millonarios —deslizó Arena, como si aquello fuera estrafalario.
Oliver no notó su expresión, estaba concentrado en intentar sortear la dificultad que le representaba la altura de Arena. Era muy difícil tirar con ella encima, y la única solución que encontraba era pasar el balón a sus compañeros. Por suerte, tanto Trevor como Brad habían ido mejorando durante el transcurso de los partidos.
—¿Cuántas veces por semana practicas?
—No practico casi nunca, solo tiramos al aro con mi padre cuando quiere jugar, a él sí le gusta.
—¿De verdad? —vaciló Arena, entornando la vista.
Oliver aprovechó la pregunta para amagar una, dos y tres veces. Esquivó a Arena y lanzó por encima del hombro a toda prisa. La bola jugueteó en el aro antes de entrar y le sacó una arruguita en el ceño a la niña.
—¿Por qué te mentiría?
—Y yo qué sé, por hacerte el interesante.
—¿Qué tendría de interesante decir que no suelo jugar?
Brad tomó el balón y se lo devolvió a una de las compañeras de Arena para que reiniciaran el encuentro, pero la situación se puso rara. El equipo de Arena ya iba perdiendo por cuatro a cero, lo que significaba que perderían si les encestaban una vez más. Necesitaban reponerse, y a su mejor jugadora —que era Arena— se la notaba frustrada. Oliver no creía tener nada que ver con esto, y sospechaba que la razón real era su última derrota contra el equipo de Tobías.
—La relación, tonto —se ofuscó ella—, que eres bueno sin tener que practicar.
—¿Que soy bueno? Más bien será que tú no eres muy buena, ¿no? Con tu altura deberías poder jugar mucho mejor que el resto. Pero en general todos aquí son bastante malos, ¿no crees?
Con la irritación con la que lo miró Arena, Oliver no pudo más que dudar de su suposición sobre el origen de su frustración. Parecía muy enojada.
—Creído —bufó la niña, acomodándose en la pista y mirando a la compañera de su equipo que seguía parada con la bola—. Vamos, ¿qué esperas?
A Oliver le dio un ligero mal sabor de boca. Arena le había parecido una niña inteligente, y agradable también. ¿Habría dicho algo malo? No lo terminaba de entender. Quizás se había hecho una mala idea con ella… Le dio tantas vueltas al asunto que el partido se terminó extendiendo con un montón de tiros errados y casi se lleva la primera derrota del día. No ocurrió así, pero para cuando consiguieron ganar, ya no quedaban más partidos por jugar.
—Muy bien, muy bien, perfecto —dijo Antón tras un silbatazo—. Entonces… Los ganadores del día son el equipo de Tobías, Rupert y Ernie, y el de Oliver, Brad y Trevor. Muy bien jugado los dos, aunque no quiero que vayan a andar creyéndose unas super estrellas.
—¡Antón! —se quejó Tobías—. ¿¡Cómo puede ser que ellos también sean los ganadores!? ¡No han jugado ni una vez contra nosotros!
—Eso es porque los dos se han mantenido en pista todo el día. Pero la próxima vez…
—¿Cómo que la próxima vez? —reclamó Ernie.
—¡Tiene que ser hoy! —insistió Tobías—. ¡Desempatemos! ¡Todavía hay tiempo!
—He dicho que…
—¡Hoy! ¡Que sea hoy!
—¡Hoy!, ¡hoy!, ¡hoy!, ¡hoy! —empezó a corear una docena de niños insoportables.
Antón parecía decidido a detener la actividad y proceder al almuerzo, pero la avasallante insistencia acabó con su paciencia y tras unos cuantos silbatazos improductivos accedió a un definitivo partido.
—Será un partido corto, al mejor de cuatro puntos —propuso, ganando un montón de abucheos—. Es mi última oferta.
A Oliver apenas le importaba. Los había visto jugando al otro lado de la pista y ninguno era tan bueno, además de que ya le había entrado hambre y prefería ir a almorzar. Brad y Trevor habían conseguido elevar su propia autoestima en los últimos partidos, así que tampoco es que estuvieran muy convencidos de tener que jugar otra vez y perder el primer puesto que se habían ganado, por más que fuera compartido.
—¡Miren! —dijo Ernie, interrumpiendo los abucheos para señalar a Oliver—. ¡Los cobardes no quieren jugar! ¡Eso es que hemos ganado! ¡Hemos ganado!
—¡Ganamos, ganamos, ganamos!
—Bueno, a apresurarse, vamos, que todos los demás estamos esperando por ustedes —replicó Antón—. ¿Van a jugar?
Oliver se hundió de hombros y avanzó, seguido de cerca por sus dos tímidos compañeros.
No sortearon la primera posición. Tobías tomó el balón y comenzó sin aclaración alguna, pasándoselo a Rupert, a quien se lo pidió de nuevo casi al instante. Oliver captó la seña y cortó el pase, frustrando lo que en la mente de Tobías seguro era una estrategia brillante. Oliver se apartó en posesión del balón, avanzó, retrocedió, hizo una finta de pase y, sin preocuparse mucho por la distancia, lanzó. Fue de los puntos más rápidos del día, y sin dudas el que Trevor y Brad más festejaron. Algunos de los niños dieron ánimos y otros —más afines al equipo de los insoportables— dieron pitidos, pero Oliver se quedó con el gesto amargo de Tobías, que parecía a punto de reventar. Cuando el insoportable rubio tomó la bola, esta vez se tomó su tiempo para comenzar, secreteando algo con Ernie e intercambiando asentimientos antes de pasarle el balón.
La bola fue a parar muy rápido hacia Rupert, que la hizo botar para distanciarse de Trevor. Oliver iba de camino cuando la bola salió en otra dirección, hacia Tobías. Oliver leyó el movimiento, pero cuando fue en busca del balón se dio de frente con el hombro de Ernie, tan fuerte que se cayó al suelo. Cuando logró recomponerse recibió un ligero empujón también, y perdido entre los golpes, todavía estaba de rodillas cuando ubicó la bola, pasando justo por el centro del aro. Tobías festejó con el puño.
—¿No te sabes las reglas? —preguntó Oliver al levantarse. Se refregó en el espacio entre los ojos. Tendría un chichón allí al final del día—. Eso en un partido real sería falta.
—¿Falta? —se burló Ernie—. ¿Lo han escuchado? Dice que fue falta.
Tobías y Rupert se acercaron para reír entre ellos.
—Es un niñito —dijo Tobías—. Un niñito llorón.
—¿Quieres que llamemos a tu madre?
—¡Antón! ¡Oliver quiere llamar a su madre!
Gritos de ánimo se mezclaron con risas escandalosas, creando un alboroto insoportable que Antón no pudo parar ni con diez silbatazos. Al final, el coordinador se cansó y dijo que si no jugaban el punto que quedaba en ese preciso instante, el partido terminaba.
Oliver se mantuvo callado. Pasaba de ese tipo de provocaciones. ¿Qué importancia podía tener para él lo que dijeran unos niños de diez años que ni siquiera sabían las reglas del deporte al que estaban jugando? Y eso contando que lo que había hecho Ernie fuera sin querer, pues si era a propósito era incluso peor, y demostraba que solo podían ganar haciendo trampas.
—Pensándolo bien…
Brad tomó el balón y se lo lanzó a Oliver con una súplica dibujada en su rostro regordete. Si se pudieran leer los rostros, el suyo diría: «Haz lo que tengas que hacer, pero gana, por favor».
Oliver tomó la bola y salió botándola hacia adelante, en dirección al aro. Tobías se interpuso en su camino, por lo que dribló y se dirigió hacia el lado derecho de la pista. Con el rabillo del ojo vio venir del otro lado a Ernie como una tromba, y lo supo, iba a golpearlo otra vez.
No se lo iba a permitir. Oliver siguió corriendo hacia el rincón de la pista. Estaba muy lejos para tirar, pero estando tan cerca de la pared, Ernie no podría tirársele encima como una bestia otra vez, y entonces podría driblar y…
Pensó mal.
Con frecuencia le pasaba que, como consideraba que todas las personas tenían sentido común, luego las cosas no resultaban como lo esperaba. Por lo visto a Ernie en la casa no le habían enseñado a tener respeto por la dureza que podía tener una pared. El niño se le tiró encima a toda furia, con tal salvajismo que, cuando Oliver lo esquivó, se estrelló contra el concreto como lo hace un martillazo en una obra pública. PUC, resonó su cráneo, y luego simplemente pum, cayó al suelo.
Los gritos de horror no se hicieron esperar, y mientras Antón se acercaba a toda prisa a evaluar la salud del desmayado Ernie, Oliver supo por descontado que se había metido en un nuevo lío.
—Oh, por favor, el chico se golpeó contra la pared por sí solo, no sé qué tiene que ver Oliver con eso. En todo caso, deberían revisar sus instalaciones. Con una pared más alejada del fondo de la pista se hubiera solucionado. ¿Qué es lo que hacen con el dinero que invertimos aquí? —dijo Gregoria.
—No lo niego, señora Reck, y le aseguro que ya hemos tomado recaudos al respecto, revistiendo la pared con una protección más adecuada. También tenemos dos pistas de baloncesto adicionales que son más grandes y que, en general, no utilizamos para la colonia, pero que tras esta experiencia hemos descubierto irrazonable. Sin embargo, Antón nos ha dicho que la voz de la mayoría de los niños del grupo se pronunció en contra de Oliver respecto de lo sucedido. Siendo honesta, dijeron que Oliver había provocado a Ernie de alguna forma. Y le aclaro que el niño necesitó del auxilio de una ambulancia. Al final por suerte ha sido solo un susto, pero sus padres nos han hecho saber que están muy enojados con lo ocurrido.
—¿Provocar? ¿Oliver? —se ofuscó Gregoria—. Sé que es falso, pero además de falso, es incomprobable. La opinión de unos niños mimados no va a calumniar a mi hijo.
—Tranquila, cariño —dijo Fermín, tratando de reducir un poco la tensión—. Conocemos a Oliver y sabemos que a veces cuando se expresa puede ser algo irritante para los demás. Quizás el otro niño interpretó mal algo que dijo, o quizás solo lo hicieron algunos de los otros niños que lo oyeron. No sabemos lo que pasó, ya nos lo explicará él con más calma. Disculpe, señora directora, pero sigo creyendo que no es tan grave, siguen siendo niños jugando. Yo tengo cientos de golpes jugando al baloncesto.
—Pero usted es un adulto, señor Reck —suspiró la presidente—, entienda que Ernie tiene tan solo nueve años, a sus padres no les ha hecho ninguna gracia. Si le digo las palabras que utilizaron en la reunión… En fin, de todas formas, lamento informarle que eso no ha sido todo. De hecho, hay varios casos más, pero hay uno puntual por el que hemos decidido concertar esta reunión.
Fermín se arrojó hacia atrás en su asiento, superado. ¿Cómo podía Oliver haberse metido en tantos problemas en tan poco tiempo?
—¿Y fue el mismo día?
—No, esto sucedió el viernes pasado —dijo la presidente—. ¿Podrías detallarlo, Nataly?
La coordinadora dio señales de querer estar en cualquier otro lugar. Tosió con falsedad y se aclaró la garganta dos veces antes de relatar lo vivido el último viernes.
—¿Cómo se comportaron hoy, Antón? —preguntó Nataly al llegar al área recreativa número uno.
El club contenía dentro de sus instalaciones un inmenso predio verde que se dividía en cuatro áreas. La número uno era la más pequeña, rodeada de grandes pinos distanciados unos de otros, los cuales contaban con techitos de madera que cubrían sillas rústicas donde se podía sentar a comer. La cafetería no estaba muy lejos, así que era habitual ver gente allí almorzando, aunque a aquellas horas el lugar estaba solo reservado para la colonia.
—Algunos mejor que otros, pero bien, en general bien. Qué lindo día que ha tocado hoy, ¿verdad? Está para tirarse a tomar sol, comiendo algo fresco, como una buena ensalada de frutas.
—Es verdad —dijo la coordinadora, engalanada con el escenario imaginario—, comiendo fresas con crema… Qué delicia.
A Oliver no le interesaba para nada la conversación, pero estando cerca escuchó de forma involuntaria y no pudo evitar indignarse. Tomar sol le parecía de las cosas más sosas y absurdas, un desperdicio de tiempo haciendo nada productivo que, además, ponía en peligro la salud. Entra en esa lista de cosas que consideraba tonterías de los adultos, y que esperaba recordar cuando creciera.
—¿A qué jugaremos hoy, Naty? —preguntó una de las niñas.
Nataly interrumpió su imagen mental y observó al grupo, todavía sonriente.
—Hoy tengo preparado un juego superguay —replicó, llena de energía—. ¡Jugaremos a las escondidas!
—¿Superguay? —preguntó Oliver por lo bajo, opacado por los gritos de entusiasmo del resto de los niños. Sus oídos sufrieron.
—Pero primero deben escuchar —prosiguió Nataly—. Tengo que decir las reglas. Vamos, quiero que todos se sienten. Eso, eso, muy bien, todos sentados. Vamos, Fred, sentado, Tobías, sentado, Ernie, sentado, muy bien, eso es. Las reglas son sencillas, utilizaremos todo el sector, vale cualquier lugar que puedan observar. Yo cerraré los ojos y contaré hasta cincuenta; ni cuarenta y nueve ni cincuenta y uno, cincuenta, y luego de eso saldré a buscarlos. ¿Estamos todos de acuerdo? Muy bien, empezaré… ¡Ya!
«¿Cualquier lugar que pueda observar? —se preguntó Oliver mientras todos los demás niños salían corriendo desaforados y el conteo de la coordinadora se hacía audible—. ¿Todo el sector? Bueno…»
—¡¡Oliver!! ¡Ya se ha terminado el juego, Oliver!! ¿¡Dónde estás!? ¿¡A dónde se metió este niño, por el amor de Dios!? —exclamó Nataly tras cuarenta minutos de desaparición.
—Tampoco está en la cafetería, Naty —dijo Arena, que había ido hasta allí a revisar que no se hubiera escondido debajo de alguna mesa.
Nataly levantó la vista y recorrió el paisaje, haciendo una visera con la mano.
—¿Se habrá trepado a un árbol?
Arena levantó la vista y frunció el ceño.
—No lo creo, eso sería muy peligroso, son árboles muy grandes.
—Pero ya buscamos por todos lados. ¿A dónde puede haber ido? Ay, Dios mío, esto es terrible. La piscina no está lejos, ¿habrá ido allí? ¿Se habrá caído al agua? No, no puede ser…
—No lo creo, y Oliver sabe nadar muy bien. Yo más bien creo que…
—¿Qué? ¿¡Qué!? —se exaltó la coordinadora.
—Creo que ha aprovechado a largarse —dijo Arena, hundiéndose de hombros.
Nataly suspiró.
—Escuchen todos, voy a tener que salir a buscar a Oliver. Quiero que se queden aquí, ¿entendido? ¡Nadie se mueva! Se quedan a la sombra y me esperan a que regrese.
«Todos los lugares que pueda observar», se repitió Oliver una vez más. Pues sí que habían resultado ser unas escondidas bastante «guays» teniendo en cuenta lo grande que era el predio del club. Aunque pensándolo bien, también incluiría a cualquier lugar por afuera del predio; a decir verdad, cualquier lugar en el mundo.
Sabía que lo había malinterpretado, no era tan tonto como para no entender que era imposible que el reglamento dijera «vale esconderse en cualquier sitio». Lo lógico era que, al no definir bien el «sector», las reglas se habían roto. Pero, ¿qué culpa tenía él de que la coordinadora fuera tan mala para redactar reglamentos? Tenía que dar tan solo unas pocas instrucciones, ¿cómo podía fallar un profesional en algo tan sencillo?
Corrió hasta salir del área recreativa número uno y pasó por la cafetería antes de adentrarse de lleno en la instalación. Quería aprovechar la supuesta escondida superguay para observar algo que lo había dejado pensando durante los últimos días.
Caminó por entre los socios que transitaban los pasillos y se perdió entre ellos hasta llegar a la larga baranda metálica que protegía las pistas de esgrima. Ante la atenta mirada de personas con curiosidad debido a tratarse de un niño tan pequeño andando solo, comprobó que en esa oportunidad había menos duelistas en las pistas.
En el fondo había dos muchachos jóvenes preparándose para comenzar un duelo, aún sin el casco de protección. Ambos tenían una charla distendida mientras observaban de reojo a los dos duelistas que estaban en otra de las pistas; ambos vestidos por completo con el atuendo de tonalidades blancas y grises, el casco mallado oscuro y los guantes de un blanco gastado. Cuando Oliver se dio cuenta de que eran un profesor y su alumno, pasó la cabeza entre las vallas para oír mejor.
—Escucha bien, ahora seguiremos de la siguiente forma —dijo el profesor—, preparas la guardia y te pones a cortar todos los ataques que te lance, uno detrás de otro. Dejemos los contraataques hoy. Ya sé que eso lo haces bien, pero siempre esperas la misma cantidad de paradas, y eso cualquiera te lo intuye y te hace picadillo. Debemos alargar tu defensa para que puedas contraatacar en situaciones distintas. ¿Entiendes? Bien, vamos. Recuerda, no pares, yo marco el ritmo.
El ejercicio dio inicio y el alumno comenzó a parar cada uno de los ataques que lanzaba el instructor, pero nunca cortaba más de tres o cuatro por intento, siempre la punta del arma le acababa dando en alguna parte de la chaqueta. Al instructor le resultaba tan fácil conseguirlo como el enojarse con su alumno por lograrlo.
Al cabo de un rato de estar mirando, Oliver se animó a cruzar la baranda. Se quedó muy quieto en un rincón, prestando especial atención a la clase. Llevando cascos tan oscuros, no podía saber si alguien lo había visto, pero le parecía normal que nadie allí lo notara, la esgrima parecía ser un deporte frenético, que requería mucha atención. Los dos tiradores que observaba se movían muy rápido, sobre todo el instructor. La velocidad que tenía el alumno para parar los ataques era admirable, pero los movimientos ofensivos que recibía lo eran aún más; no solo eran veloces, eran desquiciadamente certeros para estar manipulando un arma que parecía tan difícil de maniobrar, que oscilaba como una gelatina cuando se agitaba en el aire y que se torcía al más mínimo contacto.
—Vamos, vamos, más rápido —arengaba el instructor cada tanto.
El alumno se veía hostigado, pero no se quejaba, seguía en pie manteniendo la postura con sus piernas, tratando de que las ofensivas no lo hicieran retroceder. Cuando el aparato electrónico que estaba junto a ellos soltaba una determinada cantidad de pitidos que advertían contacto, ambos tomaban un par de pasos de distancia y volvían a comenzar. Oliver prestaba atención a todo, a la cantidad de sonidos, a la causa de ellos, a las indicaciones del instructor… Todo le parecía fascinante.
—Purrete, ¿qué haces aquí? —lo sorprendió una voz.
Oliver estaba tan concentrado que no vio venir al hombre, a pesar de que tenía un considerable porte. Observó los grandes ojos engafados y, por alguna razón, se retrajo.
—Venga, que no te habrás quedado sin lengua, ¿o será que te la has mordido? Que las lenguas no son para eso, eh.
Oliver detectó cierta jocosidad y se ablandó.
—Soy de la colonia, partícipe de unas escondidas superguay —se excusó.
—¿Partícipe de…? Ah, de la colonia, ya veo —repuso el hombre, agraciado—. Pero no parece este un buen escondite, te va a encontrar cualquiera si te quedas ahí parado.
Oliver remiró al hombre, admirando esta vez sin vergüenza sus facciones. Era grandote, fuerte, de cabello duro como la paja y entrado en canas oscuras. Su voz era muy grave y se le desprendía un notorio acento extranjero. Su colonia tenía un penetrante aroma.
—Se confunde usted. Todos estarán buscando afuera, en el área recreativa. Aquí no va a venir nadie hasta que detecten que hubo un grave error de reglamentación.
—Ajam, ajam, ya veo, eres todo un constitucionalista —sonrió—. ¿Y por qué elegiste este lugar?
Oliver volvió la vista hacia los duelistas, que se habían detenido a descansar. Sin los cascos puestos, reconoció en el profesor a un hombre joven y en el muchacho a un adolescente, ambos de largo cabello castaño, muy similares, como si el alumno hubiera decidido imitar al profesor en estilo. Al muchacho se lo notaba cansado, con huellas claras de transpiración en todo el rostro; el profesor, en cambio, no presentaba fatiga alguna.
—Es un deporte interesante —comentó Oliver—. Parece muy difícil.
El hombretón se congració de una forma que atrajo la atención de Oliver.
—Interesante, sí, señor. Excelente manera de describir a la esgrima. Tú sabes expresarte muy bien para ser tan pequeño. Interesante y con mucha clase. ¿Te gustaría probar?
A Oliver le brillaron los ojos instantáneamente.
El hombre le colocó una gentil mano en el diminuto hombro y juntos rodearon el vallado por el lado interno hasta que llegaron a una de las pistas vacías. Oliver tenía una gran emoción en el pecho. Desde hacía días que quería tener una espada de esgrima en sus manos, y su decepción había sido grande cuando se enteró que en la colonia no estaba incluida esa actividad. Tan grande como la que sintió cuando el canoso hombre apareció con dos angostas y largas varas de madera.
—No pongas esa cara —le dijo—, para aprender se comienza con estas, así es para todos. Para esos de ahí también.
—Entiendo. —A Oliver no le parecía inaudito, solo frustrante. Tomó la vara y la blandió. La sintió cómoda—. Me pongo por aquí, ¿verdad?
Oliver separó las piernas y ocupó la pista más o menos a dos metros del centro. La pista, que tenía forma de pasillo, le resultaba ahora más angosta que vista desde afuera. Teniendo que hacer movimientos tan bruscos, le extrañaba que los esgrimistas no perdieran el equilibrio más a menudo.
—Sí, ahí es donde se ubicaría un esgrimista hecho y derecho. ¿Conocías ya las reglas?
—No, no las conozco, solo me fijé en esos de allí y noté que aquí es donde siempre comienzan.
—Ah, muy bien… Qué observador. —El hombretón tomó distancia de Oliver, colocándose en una posición de guardia similar a la que el otro profesor había mostrado durante la clase, aunque en él se veía más imponente, ya que era muy grande—. La esgrima es un deporte que se trata de tocar al rival. En cada asalto, tu intención debe ser la de tocar con el arma a tu rival todas las veces que puedas, ¿entiendes? Vamos, inténtalo. Despreocúpate, yo solo me defenderé. Tú acércate e intenta lograr un tocado.
El hombre era mucho más alto que Oliver, por lo que tenía sentido que no se colocase el casco protector. La chaqueta blanca y las medias altas, sin embargo, sí que las llevaba, y ese detalle quizás insignificante hizo sentir a Oliver que tenía un verdadero desafío delante.
Sin dudar, agitó la vara de madera un par de veces más, acostumbrándose al peso y a la empuñadura entelada. Era una sensación cómoda, agradable. Luego entornó la vista, analizando por dónde era mejor comenzar atacando. Recordó uno de los movimientos que había visto en el otro profesor hacía un rato y lo imitó; extendió la pierna izquierda y propuso una larga estocada al mismo tiempo.
—¡Vaya fondo! —exclamó el hombre, risueño—. ¿Eres zurdo? Qué sorpresa, no me había dado cuenta.
Pero la sorpresa se la llevó Oliver con la parada relámpago a la que recurrió el hombre para reducir a la nada a su ataque. Al levantar la vista y mirarlo, Oliver se vio retraído; era demasiado alto y ancho como para haber recurrido a un movimiento tan ágil. Sentía que acababa de ver algo imposible.
—¿Qué pasa? ¿Eso es todo? —El hombre todavía sonreía—. Seguro que tienes más para dar. ¡Vamos, a darle duro! En garde. ¿Prêts? ¡Allez!
Oliver no había escuchado nunca las últimas palabras, pero supuso que tenían algo que ver con intentarlo de nuevo, que fue lo que hizo. Reformuló la misma estocada anterior, para ver si podía mejorarla y, principalmente, para prestar más atención a la parada del hombre. La vio con mejores ojos esta vez, pero seguía siendo muy rápida para reparar bien en ella.
Retrocedió un paso, se acomodó, separó las piernas tal cual había visto a los tiradores que seguían luchando en la otra pista e intentó tocar al anciano con la punta del arma. Luego lo intentó con el largo de la vara, por la derecha, por la izquierda, por el centro, con rapidez y yendo directo, creando fintas, amagando dos o tres veces, intentando parar el bloque para entrar con una apertura… Nada. Era imposible. El hombre paraba cada uno de sus ataques con regia simpleza, y todo sin parar nunca de sonreír, disfrutando de cada movimiento de vara.
—Venga, venga, rápido y duro, y con clase, siempre con clase, así, ¿puedes notar? Así, eso —arengaba sin pausa.
Oliver se metió tanto en ello que no se dio cuenta del momento en que empezó a cansarse, y cuando lo notó, también descubrió lo lento que se volvieron sus intentos de ataque. Ya no podía amagar ni tampoco ganarle al suave bloqueo del hombre, su vara rebotaba como si su intención solo fuera hacerla dar un saltito.
—¡Stop! —dijo el hombre al advertir el agotamiento—. Muy bien. Mucho y muy buen talento. Ágil, sí, y con clase. Falta técnica, eso sí, bastante técnica, y práctica, mucha práctica. ¿Qué tal? ¿Qué te ha parecido?
Oliver se masajeó la muñeca, le latía.
—Entiendo lo de la técnica, pero ¿a qué se refiere cuando dice «clase»? —Le llamaba la atención el término, y también el acento con el que lo decía, que lo hacía sonar como kllasse—. Lo ha mencionado varias veces y no lo comprendo.
—La esgrima, purrete, es el deporte de la clase. Es una danza de espadas que juegan a evitarse, intentando lograr sus objetivos antes de que la otra lo consiga. La esgrima es el arte por excelencia, y el arte, sabe todo mundo, es solo entendido por gente con clase. Los ignorantes, los burdos, la gente básica de elección fácil, no pueden entender el arte, y, por supuesto, tampoco la esgrima, y para ser esgrimista se necesita ser arte, y el arte es clase.
Oliver abrió los ojos y se rascó la barbilla. Bajó la vara, mirándola.
—¿Y esa cara? —El hombre elevó las cejas.
La cara representaba que para Oliver era la primera vez en su vida sintiéndose como un completo tonto. Había escuchado con atención sus palabras, pero no había entendido ninguna. Una danza de espadas, ser arte, tener clase…
—Lo siento —dijo sentido—, es que no lo he entendido. Yo pensé que se trataba de un deporte…
—¡Ajá! No te preocupes, no te preocupes, purrete —dijo el hombre, riendo todavía con más ganas que antes—. La esgrima es un mundo en donde hay muchísimo para aprender, incluso yo con todos mis años sigo estudiando y aprendiendo día a día, es normal que todavía no lo entiendas siendo apenas un chavalín, pero si te pones a ello seguro lograrás entender de qué va la danza de las espadas.
**• • •**
—¡Ahí está! —chilló alguien.
Tanto Oliver como el hombre voltearon de inmediato, como si hubiera sonado una alarma, y también lo hicieron los demás duelistas en las otras pistas, que tuvieron que interrumpir sus actividades. A Oliver se le escapó un bufido cuando vio a Tobías agacharse para pasar a través del vallado, seguido de cerca por un numeroso grupo de niños que incluía a Rupert, Ernie, Xavier, Thomas, Samantha y Arena.
—¡La que te va a caer cuando Naty te encuentre va a ser buenísima! ¡Vas a ver!
—Ey, ey —dijo el profesor de esgrima que estaba en la otra pista—. ¿Qué pasa con ese alboroto?
El profesor revoleó el casquete contra el suelo y salió en dirección a la comitiva seguido de cerca por su fiel alumno, que parecía feliz de tener un respiro.
—¿Qué hacen? —dijo el profesor al llegar—. No se puede entrar aquí sin avisar, es peligroso. ¿Quiénes son? ¿De la colonia? Hablen afuera si quieren, pero largo de aquí.
Tobías le devolvió una mirada de muy mal gusto al profesor, escaza de madurez. Buscó algo de apoyo en sus compañeros, que risotearon a su reacción, logrando que las disculpas de Oliver pasaran desapercibidas.
—A nosotros no nos mire, que solo vinimos por él —dijo Tobías—. Ya perdimos casi una hora por su culpa.
—Que me da igual, niño, se van todos ahora mismo. Y más respeto la próxima vez o haré llamar a sus coordinadores, y si hace falta, a sus padres. Este sitio no es parte del predio de la colonia, así que no quiero volver a verlos deambulando por aquí, ¿queda claro?
Algunos de los niños que habían venido con Tobías se reorganizaron, temerosos. Otros directamente se volvieron y cruzaron la baranda hacia afuera. Tobías y sus amigotes, sin embargo, se plantaron en su sitio.
—Bah —porfió Tobías por lo bajo, levantando un hombro—, tanto por unas espaditas.
—No son espaditas —se enfadó Oliver—. Es arte. Pero es normal que no lo entiendas. No es algo para burdos y básicos.
El instructor mayor, que le había dado la lección a Oliver, contuvo una sonrisota enorme debajo de su mano, aunque no tapó con ello la risa que se desprendió de su boca. Al profesor más joven, sin embargo, no le gustaron nada ni la reacción del hombre ni el comentario de Tobías.
—Uf, sí, un arte magnífico —bufó Tobías—. Si lo piensas, tiene sentido, es ya un deporte casi extinto, digno de estar en un museo.
Oliver, que en general era calmado, frunció el ceño de muy mala manera. Ya lo habían molestado lo suficiente esos niños con sus chistes tontos y su peculiar manera de siempre meterse con él. Aquella breve lección de esgrima era lo único rescatable de la colonia de vacaciones.
—Ya déjalo, Tobi —terció Xavi con un dejo de malicia—. Es un niñito, juega a las espadas porque se cree un pirata. ¿No ves que le han dado un palo? Si llega a ver una espada de verdad, esta noche acabará mojando la cama.
—¿Jugar? —masculló Oliver, terminando de fastidiarse.
—Tienes razón —se divirtió Tobías—. Bueno, basta de hacer el tonto. Vamos, que quiero ver la cara de la coordinadora cuando te vea.
—Llévame entonces. Si puedes, claro —desafió Oliver, sagaz. Al terminar de hablar, levantó la vara.
Tobías no se arredró, parecía dispuesto a llevarlo de los pelos si hacía falta. Avanzó como pensando que aquella vara era poca cosa para él, pero tan solo el primer bloqueo de Oliver lo hizo detenerse y soltar un alarido. Miró a Oliver ya no solo con malicia, sino con rabia, y tras refregarse la mano salió con más ímpetu hacia él. Pac, sonó su mano, esta vez justo en el dorso, donde más duele.
Rupert se mosqueó y salió en defensa de su amigo. Pac, tac, resonaron su mano y su tibia. Gimoteó, pero a Oliver no le importó, dio un paso atrás y mantuvo la distancia.
—Es bueno, ¿no? —comentó casual el alumno de esgrima, que observaba aquello como parte de la clase. La mirada de su profesor fue tajante—. Solo decía…
—Niño, ya deja eso, que te vas a lastimar —dijo el joven profesor, haciendo algunos aspavientos para terminar con el pleito. Ofendido, se volvió hacia el profesor de mayor edad—. No le des las herramientas de la escuela a cualquiera, papá, que luego pasan estas cosas. ¡Oye! ¡He dicho que te detengas!
Oliver iba a hacer caso, pero Tobías y sus amigotes arremetieron más fuerte en su contra, y él no se iba a dejar golpear. Pac, tac, plac, plac. El sonido fue limpio si no se cuentan los gimoteos. Ninguno de los niños pudo tocarlo, ni siquiera acercarse a más de dos pasos.
—¿Espaditas? —preguntó Oliver, observando desde su guardia el cómo Tobías era incapaz de contener las lágrimas.
Aquella pregunta catapultó el desastre. Tobías y los demás ya estaban bastante golpeados cuando se lanzaron decididos a darle una paliza, y Oliver se encargó con gusto de que sus intenciones salieran truncadas. Algunos de ellos recibieron mucho más daño del que hubiera querido, y es que luego de tener un momento para descansar tras la breve clase, se vio utilizando la vara con más soltura de la que se esperaba.
—¿Ves? ¿Ves lo que pasa, papá? —dijo el profesor más joven, encontrando por fin el momento para arrojarse sobre Oliver y quitarle la vara por la fuerza. De fondo solo se oían llantos y gimoteos—. ¡Esto es lo que pasa!
—Lo veo, muchacho, lo veo. ¿Tú acaso no lo ves?
—Los cuatro niños llenos de hematomas, unos más que otros, pero hematomas visibles en cada caso, y todos causados por el mismo niño que estuvo implicado en todo lo antes mencionado, y otras tantas cosas sin mencionar… —resumió la presidente al término del relato de Nataly—. Comprenderán, señor y señora Reck, que ya no podemos considerarlo un caso aislado. Es evidente que Oliver tiene problemas de adaptación. Es un niño particular y necesitamos hacer algo para solucionarlo. Se trata de un caso complejo.
Fermín suspiró y se llevó una mano al rostro. No le preocupaba tanto lo de Oliver, la verdad. Más lo preocupaba la imagen que devolvía su esposa. No dudaba de que la presidente se hubiera preparado bien para aquella reunión, pero se notaba que no conocía a Gregoria. Había elegido mal las palabras. «Problemas de adaptación» y «particular».
Era el fin.
—Querida… Ha dado usted en el clavo —dijo Gregoria, como sin aliento—. Un caso complejo, eso es… ¿Sabe algo, presidente? A diferencia de otras madres que dejan a sus hijos en este club para quitárselos de encima y que otros los eduquen por ellas, yo conozco muy bien a mi hijo, y lo particular que es. —El odio que emanaba creció al utilizar esa palabra—. Tiene unas dotes increíbles para algunas cosas y escasa empatía para otras, y más aún conozco lo que no es. ¿Y sabe qué cosa no es mi hijo? Violento. Puedo asegurar con fe ciega que todos estos sucesos tienen una explicación, y que Oliver no es responsable de ninguno de los actos que con tanta amabilidad ha tenido el descaro de delegar en su coordinadora por ser usted una cobarde, pero ¿para qué perder tiempo en averiguaciones? Me sabe mejor alejar a mi hijo de la mediocridad que manejan en esta… institución, si es que así puede llamarse, y obrar luego de la forma que vaya a considerar correcta cuando me sienta con ganas de dedicarle mi tiempo. No se preocupe, tendrá noticias mías, si es que le hacen falta y no es lo suficientemente lista para deducir lo que pienso hacer.
—Por favor, señora Reck —dijo exaltada la presidente en cuanto pudo por fin hablar—, debe comprender que…
—Lo que comprendo —la interrumpió Gregoria con brusquedad—, es que sus habilidades para dirigir una colonia infantil están a la par de las de sus coordinadores para manejar un grupo de niños y dar instrucciones sobre un estúpido juego de escondidas.
—Pero, señora… —quiso interceder Nataly.
—¡Ningún pero! Es usted tan inepta como ella. ¿Cómo va a perder de vista a un niño de seis años? ¿Cómo se le va a escabullir delante de sus narices durante más de una hora? ¡Y no me haga hablar de las cosas que pudieron haber pasado en ese lapso de tiempo en el que estuvo solo! Porque si hablo de eso… usted va a terminar muy mal, conociendo mi peor cara, que es mucho peor que esta, se lo puedo asegurar.
Gregoria soltó una sonora exhalación y se levantó, dedicando un par de aceradas miradas para las dos mujeres.
—¿Algo más?
La presidente y la coordinadora, lívidas, intercambiaron una mirada de espanto.
Fermín se levantó con suavidad y puso una gentil mano en la espalda de su esposa. Las dos mujeres que tenía en frente ya habían hecho lo suyo, ahora le tocaba a él intentar enmendar un poco el asunto, si es que era posible…
—Espera un momento, cariño. Se me ocurre una solución más práctica, si me disculpan —dijo, aclarándose la garganta—. La razón principal por la cual queríamos anotar a Oliver a la colonia de vacaciones era para que encontrara alguna actividad que le fuera afín. Sé desde hace algún tiempo que es un niño talentoso para los deportes, pero hasta ahora no había hallado nada que le gustara. Gracias a esta pequeña charla he podido confirmar que sigue siendo así, exceptuando una actividad, la cual, lastimosamente, no parece encontrarse dentro del itinerario de actividades de la colonia.
—¿Se refiere a la esgrima? —consultó Nataly.
—A esa misma me refiero. La primera vez que vine con él al club me hizo saber que le había interesado, aunque debo admitir que hubiera preferido que eligiera otra cosa… Visto que no ha ocurrido, no me molestaría que Oliver cambiara la colonia de vacaciones por las prácticas de esgrima. De esa manera, nuestro hijo puede seguir viniendo, pero realizando otras actividades.
—Agradezco que sea tan razonable, señor Reck —dijo la presidente—, pero el profesor a cargo del área de esgrima es un tanto distinguido. Las prácticas de esgrima tienen carácter exclusivo dentro del club, y tengo entendido que solo se admiten alumnos a partir de los ocho años. Y después de la escena que se ha montado en las pistas con Oliver y los demás niños, yo no creo que…
—Querida… —la opacó Gregoria.
Fermín se giró. Con la mano todavía en la espalda de su esposa, sintió el temblor en ella. «Ay no», se dijo.
—Poco me interesa su profersucho de esgrima —continuó su esposa—, pero su club… Su club sí que va a ser exclusivo a partir de ahora.
Arena llegó muy cansada al club. Tenía los ojos pegoteados producto de una leve conjuntivitis y la mochila le parecía más pesada de lo normal. Deslizó la tarjeta magnética en el sensor electrónico, pero del lado del revés, lo que causó que se golpeara con el molinete al intentar pasar. Mientras se refregaba la piel y maldecía, recayó en que en uno de los banquitos de espera de la recepción estaba —tranquilo y silencioso— un menudo niño de mirada perdida.
—Hola, Oliver —dijo, acercándose—. ¿Qué haces ahí? ¿Por qué no vienes?
—Buenos días, Arena. Mis padres me pidieron que espere mientras hablaban con la presidente, así que espero. No, no creo que vaya a ir a la colonia hoy, me da que he sido suspendido, tengo esa sensación. ¿Tus ojos están bien?
—Sí, no es nada —repuso Arena, refregándose el ojo derecho—. ¿Suspendido? ¿Por lo del viernes? No me parece que haya sido tan grave, esos niños son unos llorones.
Oliver caviló.
—Me han suspendido otras veces en el prescolar y también en la escuela, y siempre ha ocurrido siguiendo más o menos el mismo protocolo. Llaman a mis padres, piden una reunión privada, yo los acompaño, espero afuera, mis padres salen con mala cara y en el camino a casa mi padre me pide que sea un poco menos travieso mientras mi madre me aclara de diez a doce veces que no he hecho nada malo.
Arena se refregó ambos ojos y se quedó pensando un momento. Ese niño era sin dudas extraño. No en el mal sentido, pero extraño, muy extraño.
—Dime algo, Oliver, ya sé que te lo he preguntado antes, pero ¿en verdad tienes seis años? Cuando te oigo hablar me parece que fuese mentira. Estoy segura de que yo a tu edad no podía hablar como lo haces tú. Ni siquiera me acuerdo qué hacía yo cuando tenía seis años.
—Cumpliré siete dentro de unas semanas.
—Sí… pero sigue siendo raro. Si me pongo a pensarlo, creo que hablas mejor que la mayoría de mis compañeros de escuela, y son todos mayores que tú.
—¿Hablan mal tus compañeros de escuela?
—Puf, no quisieras saber cuánto.
—¿Cómo sabes que no quiero saberlo? —se intrigó Oliver—. ¿Es deducción? Hasta ahora, ni yo mismo sabía que no quería. No los conozco, así que no es que no quiera, más bien es que no me interesa.
—¿Qué? —dudó Arena, confundida entre el enredo de palabras—. Es una expresión, Oliver… No tienes que ser tan literal. Me refería a que no son personas de las que puedas sacar algo bueno. Claro, no todos ellos. Mis amigas hablan bien, y hay un chico llamado Genaro que es mucho mejor que los otros chicos.
—¿Mejor de qué forma? —preguntó Oliver con cara de haberse encontrado con un enigma—. ¿Cómo sería ser mejor que otros a concepto general?
Arena se ruborizó y prefirió cambiar de tema. Evitando la mirada curiosa de Oliver, se sentó a su lado en una de las sillas de recepción.
—En fin, ¿y qué harás para tu cumpleaños? ¿Te reunirás con tus amigos en la montaña rusa que hay en tu casa? ¿Harán carreras en cuatriciclos?
Oliver entornó ambos ojos.
—¿Qué disparate es ese?, ¿quién tiene una montaña rusa en su casa?
—Pues los millonarios.
—Los excéntricos, más bien.
—¿Qué significa «excéntrico»?
—Las personas que hacen locuras y cosas raras que solo ellos entienden y que carecen de fundamentos, esos son excéntricos.
—Ah. Bueno, los excéntricos millonarios, entonces.
—En ese caso podría ser —meditó Oliver—. Pero mis padres no son excéntricos, son razonables y muy inteligentes. Es cierto que a veces dudo del sentido común de mi padre para algunas cosas, pero eso me pasa con mucha gente. Respecto de los cuatriciclos, eso es muy tonto, y peligroso además… Se necesitaría una licencia para algo así, me imagino.
—¿Y entonces? ¿Te irás de viaje a algún sitio exótico? ¿Irá algún artista famoso a dar un espectáculo al patio de tu casa? No lo sé, nunca he ido al cumpleaños de un niño millonario.
—Yo tampoco he ido a ninguno, así que no sé qué es lo que hacen —repuso Oliver, hundiéndose de hombros—. En mi caso, suelo pasar mis cumpleaños en casa. No festejo ni nada parecido.
—¿Y cómo hacen tus amigos para felicitarte? ¿No es más fácil utilizar tu casa, como hace todo el mundo? ¿Es privada o algo así?
—No tengo amigos.
Si Arena hubiera tenido el oído más afinado, hubiera escuchado a su propio corazón partirse en pedazos al escuchar aquellas palabras. Se quedó en silencio durante unos segundos, sin saber qué decir, compadeciendo al extraño niño sentado a su lado. ¿Cómo era posible que no tuviera ningún amigo? Todo el mundo tenía amigos. Tener amigos era lo normal. Conoces personas y, si te caen bien, se vuelven tus amigos. «Si te caen bien —reflexionó, con un nudo en el estómago—. Este niño es tan extraño que seguro a pocos les cae bien, y conociéndolo, no me sorprendería que a él no le caiga bien nadie…»
—¿Tampoco tienes primos o hermanos?
—No. Mi familia son mis padres. Ambos son hijos únicos y mis abuelos fallecieron hace tiempo, ya ni los recuerdo. ¿Tú tienes hermanos?
—Aún no, pero mi madre me dijo que es posible que vaya a tener uno pronto. La escuché hablar con mi padre de eso.
—Ya veo. ¿Y tú qué prefieres? ¿Un hermano o una hermana?
—No lo sé… ¿Por qué preguntas?
—Cortesía —explicó Oliver con exceso de rectitud, otra anormalidad en un niño de seis años, y de cualquier otra edad—. Mis padres me pidieron que la practicara, pero no suelo tener la posibilidad.
—¿Haces todo lo que te dicen tus padres?
—Todo lo que puedo, aunque no es nada fácil. A veces piden muchas cosas que no tienen sentido para mí y me termino liando… Es problemático.
—Pf, como todos los padres.
—¿Tus padres piden cosas sin sentido también?
—Te sorprenderías cuánto.
—¿Cómo sabes que me sorprendería? Si aún no me lo has dicho.
—Es otra expresión, Oliver… Uff, retiro lo dicho, no hablas como si fueras mayor, solo hablas como un robot.
—Mmm… ya veo. Lo siento.
Arena se exasperó. Ese niño le despertaba muchas emociones juntas.
—¿Y ahora por qué lo sientes? No has hecho nada malo. No me he quejado, solo he dicho algo que pensaba.
—Sí, entendí eso, lo que sucede es que no sé cómo habla un robot, nunca he visto uno que hable. ¿Tú sí?
Arena agitó la cabeza de un lado a otro. «Seis años. Increíble… Un niño de seis años, muy llamativo y cabezón, con una evidente inteligencia, pero tan tonto para algunas cosas…»
Los interrumpieron unas voces subidas de tono seguidas de la puerta de la dirección del club abriéndose estrepitosamente. Un hombre de aspecto afable seguía de cerca a su esposa, una estilosa mujer que iba muy apurada. Detrás de ellos salieron la coordinadora Nataly y la presidente del club. Era más que obvio que algo malo había sucedido, Arena lo supo solo con ver las distintas expresiones. No ató todos los cabos, sin embargo, hasta que la pareja se acercó a Oliver.
—¿Nos vamos? —preguntó Oliver a su padre, bajando de su asiento de un saltito, ya que los pies no le llegaban al suelo.
—Así es —dijo Fermín con una sonrisa que intentaba empañar su lamento—. A tu madre le ha parecido que… Oh, ¿quién es ella?
—Su nombre es Arena, es mi compañera de la colonia, o más bien lo era, supongo —la presentó Oliver—. Arena, él es mi padre.
Arena se puso de pie y el hombre como que se sobresaltó.
—¡Vaya! Qué alta eres. Mucho gusto, Arena, soy Fermín. ¿De verdad ibas al mismo grupo que mi hijo?
—Vámonos, querido —los interrumpió la madre de Oliver antes de que Arena pudiese contestarle a Fermín—. Tú también, Oliver, no perdamos más tiempo en este lugar.
Pero Arena era una niña resuelta y decidida, y todavía se sentía mal por Oliver; el nudo en el estómago no se le había desatado. Podía ser que fuera un niño un poco raro, pero no era alguien malo, y le resultaba injusto que acabara marchándose de esa manera. ¿De verdad lo habían echado? ¿Cómo iban a echar a un niño de seis años por defenderse de unos bravucones?
—Disculpe, señora Reck.
La madre de Oliver, que se dirigía como una tromba hacia la puerta, se detuvo y se giró ante el enfático tono de voz de Arena. Tardó en ubicar la procedencia, como si fuera imposible que una niña le hubiera hablado así.
—¿Sí? —preguntó, desafiante.
—Quería decirle que Oliver no ha tenido la culpa de nada —dijo Arena con aplomo. De reojo vio a la presidente y a Nataly tomarse de la cabeza a la distancia, pero no le importó tanto como para detenerse. ¿Qué iban a hacer? ¿Echarla también?—. Esos tontos niños de la colonia, Tobías y los demás, se han portado como unos… Son tan insoportables que hicieron que Oliver se viera mal, pero no hizo nada malo. Si lo hubiera visto en la pista de esgrima diría lo mismo que yo. Él estaba en una especie de… clase, pasándoselo bien. Entonces esos tontos llegaron y quisieron llevárselo por la fuerza. Él solo se defendió. Yo estuve ahí y le digo que no quiso lastimar a nadie.
—¿La has escuchado, cariño? —terció Fermín con entusiasmo—. Deberías hacerme caso y darle una oportunidad a lo de la esgrima, a Oliver parece gustarle. ¿No es verdad, Oliver?
—Claro —dijo Oliver, asintiendo—. Me gusta la esgrima.
Gregoria Reck caminó unos pasos y se plantó delante de Arena, escrutándola con un nivel de atención que a ella la hizo removerse. Era una persona avasallante.
—¿Tú quién eres, querida?
—Mi nombre es Arena —respondió ella, intimidada pero decidida a explicarse—. Soy amiga de Oliver.
—¿Amiga? —se sorprendió la mujer. Miró a su hijo, quien rápido se hundió de hombros—. Me alegra saber que Oliver tiene amigos… —De repente, el enojo y la prisa que llevaba la mujer grabados en el rostro se desvanecieron, y una sonrisa llena de ternura la invadió. A Arena le colaboró a relajarse—. ¿Y dices que lo viste en la pista de esgrima?
—Así es. Estuvo muy bien. Uno de los profesores parecía impresionado, el que era más mayor, aunque el otro estaba enojado por lo que había pasado y nos echó del lugar a los gritos… Pero le digo que Oliver no hizo nada malo, solo se defendió. Creo que si hubiera querido le habría partido la cabeza a alguno con esa espada de madera. Yo no me hubiera quejado.
La señora Reck sonrió más, tan encantada como para soltar una breve carcajada.
—¡Presidente! —llamó de pronto, estridente.
Los pasos de la presidente del club para acercarse sonaron como el repiqueteo de un velociraptor.
—¿Sí, señora Reck?
—Lléveme con el profesor de esgrima.
La calma
Rasmus se despertó notándose los pies helados y húmedos. Se frotó las piernas bajo las gruesas frazadas y se hizo un ovillo en la cama. Emitió algo similar a un ronroneo. Odiaba el frío que hacía en la habitación; no importaba cuántas mantas se pusiera, siempre sufría al acostarse y al levantarse. Ni siquiera cuando vivía en casa de sus padres, en una ciudad acostumbrada a la nieve y a temperaturas bajo cero, recordaba pasar tanto frío.
Observó arrebujado a su alrededor y no vio a nadie más. La chimenea de piedra se encontraba ya apagada y unos rayos de luz entraban por una de las ventanas de la habitación. Se repuso alarmado, creyendo que algo muy malo habría pasado para que lo hubieran dejado solo, pero halló entonces a un silencioso Clement sentado a la mesa.
Se desprendió de un hondo suspiro, notando cómo se le habían acelerado los latidos en cuestión de tan solo unos instantes. Del sueño que había tenido ya no recordaba nada.
—¿Dónde están los demás? —cuestionó Rasmus. Salir de la cama y cambiarse no le costó trabajo, el momentáneo miedo le había quitado el frío.
Clement levantó la cabeza y arqueó una ceja hacia él.
—Buenos días para ti también —dijo aparatosamente—. Ha sido una mañana muy agradable, por supuesto, me encanta hacer de niñera, me he estado preparando toda la vida para esto. Si alguien me hubiera dicho que introducirme en Galmivia me concedería esta maravillosa experiencia, nunca la hubiera dejado pasar. Después de todo, ¿cuántos tienen la posibilidad de vigilar al gran Relámpago de Nuevo Sol mientras descansa?
Rasmus no consiguió evitar que su bufido se mezclara con un bostezo, lo que hizo reír a Clement, quien barajaba unos coloridos naipes con los que nunca jugaba a nada. Según había dicho, le permitían controlar la tensión.
—Lo siento, me asusté al no ver a nadie —confesó, sentándose a la mesa y tomando una manzana de la frutera—. ¿Qué tal tu día? ¿Has dormido bien? ¿Tienes algo agradable que quieras compartir conmigo? ¡Genial! Ahora, ¿puedes decirme dónde están los demás?
Aunque el tono de Rasmus no era simpático, Clement echó a reír de todas formas.
—¿Quieres que le pida a Oliver un juego de naipes para ti? Tienes que hacer algo con ese estrés, borreguito. No vayas a creer que no te entiendo, ya son… ¿Cuántos días?
—Sesenta —sajó Rasmus, y le dio un mordisco a la manzana. Tragó y continuó—: Sesenta días, llevo muy bien la cuenta, aunque a nadie aquí parezca preocuparle. ¿Me dirás dónde están o no?
—Tranquilízate —suspiró Clement—. Oliver tuvo una reunión con el consejo más temprano. Estaba contento, dijo que tenía algo para enseñarnos. No quiso despertarte, así que me ofrecí a quedarme. Los demás fueron con él a ese campo junto a los establos, iremos en cuanto termines de desayunar.
—¿Estaba contento? —dudó Rasmus. No creía que pudiera ser algo muy espectacular, lo hubiera despertado si fuera el caso. Cuando Oliver regresaba «contento» de las reuniones con el consejo, casi siempre era por cosas que solo podían ponerlo contento a él y a nadie más. «Estoy avanzando —decía—, las relaciones prosperan»—. ¿Contento de verdad o…?
—Contento a lo Oliver, borreguito, y no me mires así, sabes que no soporto las quejas. Si vas a enfadarte con alguien, hazlo con él. Si no tuvieras el sueño tan pesado me hubieras escuchado advertirle que no te gustaría nada que te dejáramos dormir. No entiendo cómo a nadie en este lugar se le ha ocurrido la idea de fabricar un despertador, podríamos volvernos millonarios. Aunque pensándolo bien, creo que entiendo la razón, ¿qué comprarías aquí con el dinero? ¿Un caballo? ¿Y qué voy a hacer yo con un caballo?
—Clement, sé que él es el capitán y todo eso, pero debiste haberme despertado, ya les he dicho que no es buena idea dividirnos, estamos rodeados de personas macabras. Él se confía, no sabe de lo que son capaces de hacer. Yo los he enfrentado antes, pueden llegar a ser…
—Sí, sí, terribles, ya lo sé —bufó Clement. Falló en la mezcla de naipes y dos de ellos se le escaparon de las manos. Se tronó los dedos antes de recuperar las cartas—. También me gustaría inventar unas gafas de sol, no vendrían mal —suspiró—. Intenté despertarte, pero eres una morsa, me babeaste todo el brazo y ya no quise volver a tocarte.
»Mira, Oliver tiene una espada, ¿está bien? Nadie va a hacerle nada a él o a quienes lo acompañen mientras tenga una espada, así ha sido siempre. Ahora, ¿ves en dónde estoy sentado? —Rasmus comprobó su ubicación, su visión apuntaba justo hacia la puerta de la habitación—. Si esa puerta se abre, y no se trata de alguno de nosotros, bum.
«Sí, supongo que está bien pensado», reflexionó Rasmus. Oliver tenía una espada, esa era la ventaja, aunque todavía se preguntaba por qué era el único que tenía una, ya podrían haber conseguido otras tantas.
—¿Qué hay de la ventana?
Era un ventanal amplio con vistas al jardín imperial, que en ese momento se encontraba con sus altos árboles y arbustos nevados, aunque poco se podía ver de ellos con los cristales empañados.
—Es un quinto piso, Rasmus —resopló Clement—, en una torre de un castillo gigante. Nadie va a entrar por ahí. No es que Oliver sea confiado, es que tú eres demasiado desconfiado.
—Soy bueno previendo —replicó Rasmus. Se terminó la manzana y tomó otra de las que había en la frutera. El desayuno era casi siempre manzanas, quizás naranjas si había suerte, aunque las naranjas de Damaxco eran distintas a como las recordaba, más… ácidas, quizás—, eso es lo que me trajo hasta aquí, ¿recuerdas? Es lo que me permitió terminar con esos extractores, que parecen estar relacionados con todos los Umbradores que Limbur trajo a este lugar.
El recuerdo del hechicero siempre conseguía ponerlo de mal humor, sentía que era la raíz de todas sus desgracias.
—Prever me hizo cruzar medio continente y enfrentarme a ese bastardo, y me hizo derrotarlo también. No estoy siendo desconfiado, estoy previendo. Oliver mismo admitió que este lugar era peligroso y que los ancianos del consejo no podían estar todos bajo ilusiones, que alguien dentro del castillo debía estar asociado con Limbur. Sigue insistiendo en conversar con ellos como si esto se tratara de un juego, pero Galmivia se ha terminado, y aquí hay riesgos más graves que perder una final de campeonato.
—Todavía no superas esa final, ¿cierto? —se divirtió Clement.
—Sabes que la final me da igual —bufó él—. Lo que no me da igual es…
—Seguir aquí, lo sé, ya lo has dicho medio millón de veces. A mí tampoco me gusta que me repitan las cosas, es muy fastidioso. ¿Sabes qué me gusta a mí? La tranquilidad.
—Te deseo mucha suerte encontrándola, bonito lugar has elegido para buscarla.
—Yo no he elegido nada, borreguito, y lo sabes.
—Pero aquí estás, ¿o no?
—Aquí estoy —Las cartas resonaron contra la mesa—, y tú también. Así que, recuérdame ¿qué nos diferencia?
«Nada —se dijo Rasmus con aires de resignación—. Somos iguales, los dos confiamos en Oliver, y en su loca idea de que quedarse aquí es lo mejor que podemos hacer».
—Eso pensé. ¿Has terminado?
—Sí. Vamos —contestó Rasmus.
Discusiones como aquella eran habituales en el castillo de Barbenaxe, que se hallaba en el centro de Bohox, la acrópolis imperial. Los días allí tenían irritantes costumbres. Nada más salir de la habitación y acercarse a las escaleras, por ejemplo, hallaron dos fornidos miembros de los Águilas Imperiales, con sus amplias armaduras y sus capas color siena. Como siempre, sus manos se deslizaban sobre los pomos de sus espadas en cuanto ellos llegaban, y sus miradas se aguzaban.
—¿A dónde se dirigen? —cuestionó uno de ellos.
—¡Buenos días! —saludó Clement. A Rasmus ya le cansaba aquel intento de broma, empezaba a pensar que no se trataba de ninguna broma y que Clement en verdad pretendía que las personas allí lo saludaran con la misma energía. Era como si no se diera cuenta de que, ante la estridencia de su voz, tanto Águilas como soldados corrientes se ponían rígidos y tensos—. Ya sabe a dónde vamos, señor Águila Imperial. Mis amigos bajaron antes que nosotros, y no nos gusta separarnos, es como si nos faltara algo cuando no estamos juntos. ¿Entiende la sensación? ¿Tiene amigos?
Ninguno de los dos hombres rio, y tampoco lo hizo Rasmus. De hecho, él lo miró casi con la misma expresión de desagrado que los Águilas.
—Síganme —dijo uno de ellos, y comenzó a descender la escalera.
—¡Muy amable! —replicó Clement, saliendo detrás de él.
—¿Cuándo dejarás de intentarlo? —murmuró Rasmus—. A estas personas no les interesamos.
—Nunca me ha gustado la descortesía y los malos tratos. Si ellos quieren recaer en ellos es su problema, no el mío. Además… esto ya es bastante aburrido por sí solo como para considerar empeorarlo.
Rasmus se quejaba, pero entendía a Clement. «Aburrido» era una excelente palabra para describir lo que era la vida en aquel castillo. Las paredes de piedra, el frío de los pasillos, los largos tramos de escaleras para ir a cualquier lugar, las interminables jornadas encerrados en una torre, la obligación de estar escoltados por Águilas Imperiales a cada momento… Era peor que aburrido, no había nada para hacer que pudiera ser considerado entretenido. De hecho, desde la muerte de Limbur, hacía ya sesenta días, todo lo que podía hacer era pensar.
—¿Por qué no nos vamos de una buena vez, Oliver? —le había preguntado poco después de los hechos ocurridos en el jardín imperial—. Aquí nos conocen como Umbradores, saben de lo que somos capaces de hacer, saben que no pueden detenernos…
—Nosotros somos quienes no debemos detenernos, no ahora —había contestado—. ¿Recuerdas por qué buscábamos la puerta escondida tras el Camino de la muerte en primer lugar? Ya estamos aquí, y ahora tenemos nuevas preguntas, nuevos asuntos para resolver. Este es el mejor lugar para encontrar respuestas. Debemos investigar, Rasmus. ¿Quién era el hechicero? ¿Cómo traía a los jugadores? ¿Para qué los traía? ¿Dónde están todos los que han ido a parar a este lugar? ¿Y qué es este lugar? ¿Qué es Galmivia? ¿Puedes acaso contestar alguna de esas preguntas?
«No, no puedo», se repetía a sí mismo en cuanto recordaba aquella conversación, como casi siempre luego de despertar, como casi siempre que recorría las escaleras del castillo, como casi siempre, en general.
No sabía nada, solo tenía claras algunas cosas, como que estar allí era peligroso, y que estaba preocupado, tanto por ellos mismos como por los amigos que había hecho en aquel lugar.
¿Dónde estaban Lisa, Aquiles y Robb? Luego de todo el aquelarre que prosiguió a la muerte del hechicero, los Águilas Imperiales los habían separado y ya no había vuelto a verlos. Oliver le había asegurado que los habían instalado en otra de las torres, pero ¿cómo podía él estar seguro de ello? No es como si los hubiera visto.
Rasmus estaba harto de aquella sensación en el estómago, de castañear los dientes considerando que podían estar pasándolo mal. Si por él fuera, ya habría amenazado a cada soldado, Águila Imperial y anciano perteneciente al consejo, pero Oliver le había hablado de diplomacia y otras tonterías. «Confía en mí», le había dicho. Claro que confiaba en él. ¿Quién no confiaría en Oliver? En quien no confiaba era en el imperio, tenía experiencia lidiando con ellos…
Afuera los recibió un mediodía helado. La nieve que había caído por la mañana estaba repartida en distintos colchones blancos junto al camino. Rasmus tiritó bajo su abrigo de piel de oso. Pese al invierno y a las heladas, la acrópolis solía tener mucho movimiento en los alrededores.
Mientras andaban escucharon los pasos y murmullos de algunas patrullas de soldados y también el chocar de metales proveniente de la herrería, que no quedaba lejos del castillo. Oyeron también algunos silbidos cuando pasaron cerca del campo de tiro, y apreciaron los movimientos de soldados apostados a cierta distancia del perímetro, siguiendo con cautela sus pasos. Todo el tiempo estaban siendo vigilados, a donde sea que fueran.
Todavía no habían llegado a los establos cuando oyeron un curioso pac, tac, pac, tac de ritmo acompasado. En los campos aledaños, custodiados por no menos de diez hombres del imperio, se encontraron con un Oliver en medio de un duelo de espadas con Bart.
—¿Esta era la sorpresa? —risoteó Clement al llegar—. ¿Lo que te puso tan contento? ¿Espadas de madera?
—Espadas de práctica —repuso Oliver, deteniendo el duelo y arrojándole una espada a Clement—. De la longitud adecuada, además. Un regalo de parte de lord Grippery, parece que nuestras conversaciones van llegando a buen puerto.
Rasmus se acercó a Martina, que estaba sentada con la cabeza apoyada en sus rodillas y la mirada perdida. Le dio los buenos días y tomó la espada que tenía frente a ella, balanceándola. «Espadas de madera —reflexionó con acritud—. Oliver se ha vuelto un conformista. ¿Qué vamos a hacer con algo como esto?
—¿Qué te parece? —le preguntó Oliver, acercándose.
—Lo que me parece es que no deberíamos separarnos —replicó, arrojando una larga mirada a modo de paneo general hacia todos los imperiales que custodiaban la zona. Entre ellos formaban una especie de cerco de contención que le resultaba insoportable. «Como si pudieran detenerme con algo así»—. Debiste haberme despertado.
—Sí, Clement dijo eso —repuso Oliver—, pero me pareció que estabas cansado, y es importante descansar bien. ¿Sabes qué otra cosa es importante? —Oliver se movió tan veloz que Rasmus casi no llega a bloquear el ataque. Las espadas de ambos resonaron con un golpe seco—. Entrenar.
—Oh, vamos, no estarás hablando en serio. —Enarboló una rápida guardia para protegerse de un Oliver que parecía hablar muy en serio, o al menos eso dejó entrever al seguir insistiendo en su ataque—. ¿Entrenar? ¿Aquí?
—Firmaste un contrato, ¿no es así?
—Sí, pero… —No sabía si era por el hecho de estar combatiendo o por otra cosa, pero el contrato se le hizo muy lejano en el tiempo, ya apenas recordaba qué es lo que había firmado—. Hay cosas más importantes ahora.
—No me digas. —Pac, sonó la cabeza de Rasmus. Él se llevó la mano a la coronilla, adolorido—. Entrenar no solo te servirá a efectos de volverte más hábil con la espada, también mantendrá tu mente en orden. La actividad física es importante tanto para el cuerpo como para la mente, y hace tiempo que apenas nos movemos, debemos recuperar el tiempo perdido.
Rasmus afiló la mirada. «¿Eso es lo que piensas? Entonces qué te parece esto…»
—Ni lo pienses, Rasmus —dijo Oliver de inmediato, viendo en su rostro a través de sus intenciones. Rasmus se detuvo—. Esto no es Galmivia.
—Pero… —Bajó la voz, no quería que los Águilas Imperiales pudieran oírlo—. Nuestras habilidades especiales son más importantes ahora que lo que podamos hacer con la espada, Oliver.
—No he solicitado estas herramientas para una tonta clase de defensa personal, esto es esgrima, y la esgrima no se trata del simple uso de una espada para atacar y defender, eso es demasiado básico. La esgrima es un arte que necesita de concentración. Concéntrate.
Hubiera contestado algo si no hubiera tenido que defenderse otra vez. Oliver no usaba ni la mitad de su habilidad, pero conseguía ponerlo contra las cuerdas con mucha facilidad. Era difícil manipular una espada con tanto frío y tanta ropa encima, y todos esos soldados a su alrededor no le permitían enfocarse en la espada que intentaba golpearlo. «No es que él sea confiado, es que tú eres demasiado desconfiado», le había dicho Clement. ¿Cuándo dejarían de pensar todos lo mismo?
Pac, tac, pac, tac, pac tac. Si estaba en decisión de Oliver, el ritmo nunca se detenía, eso solo ocurría cuando Rasmus cedía terreno. Rasmus había escuchado una vez decir a Lisa que los miembros de los Águilas Imperiales nacían con una espada en la mano. No le extrañaba que observaran con tanto puntillismo a Oliver.
—Estoy aquí, Rasmus, mantén la mirada. ¿En qué estás pensando?
—Sabes en qué estoy pensando —masculló.
Enfrascado y entrado en calor, aceleró de pronto el ritmo en una arremetida. Con otro habría funcionado, pero no era posible sorprender a Oliver si tenía una espada en la mano; su respuesta fue tan natural que Rasmus se sintió como un tonto cuando la punta de su espada apareció en su pecho. Era como si siempre supiera qué es lo que haría, y pudiera verlo todo. ¿No podría aplicar esa habilidad a razonar? Estaba seguro de que, si así fuera, ya estarían fuera de las murallas de la ciudad.
—Sí, ya estás listo. Martina, ven, es tu turno —dijo Oliver—. Clement, tú también, tienes que empezar a moverte, no lograrás escaquearte esta vez.
Martina se alzó en medio del berrido de fastidio de Clement. Rasmus alcanzó a conectar una mirada con ella, pero fue apenas durante un instante.
Desde que habían llegado, eso era lo máximo que podía obtener de parte de Martina. Luego de unos fuertes ataques de pánico que la habían tenido llorando a moco tendido durante días, no había vuelto a abrir la boca, y no se comunicaba con ellos más que con señas. Oliver insistía en que había que ir despacio con ella, que se repondría a su tiempo, pero a él lo preocupaba, detestaba verla así.
—¿Qué quieres que hagamos? —preguntó Rasmus.
Martina se paró en frente suyo con una de las espadas bien sujeta. A él no le gustó, no quería pelear con ella.
—Ya te lo he dicho, practicar —explicó Oliver—. ¿Recuerdas el ejercicio de asaltos ofensivos y defensivos que hacíamos en casa? Comenzaremos con eso. Martina comenzará atacando y luego cambiaremos. Clement lo hará conmigo, y Bart con Mikki.
—A mí no me incluyas —terció Mikki, sentado de piernas cruzadas sobre un tronco viejo.
—¡Oh, vamos! —dijo Bart—. No me dejes solo en esto, ¡yo también quiero practicar! Muévete. Has estado ahí sentado todo el rato.
—Y muy cómodo que estoy —repuso Mikki, obstinado. Para Rasmus era la primera vez en el día que lo veía abrir los ojos—. Hagan lo que ustedes quieran, pero no me metan en sus tonterías, tengo mejores cosas que hacer.
—Sí, como ser un idiota —bromeó Clement.
—Descuida, Bart, alternarás conmigo y con Clement, puedo resistirlos —terció Oliver—. Vamos, comencemos de una vez.
Rasmus esperó la iniciativa de Martina, que tardó mucho en llegar; para cuando se decidió, ya Oliver había realizado un asalto con cada uno de sus oponentes. La postura de Martina era, como siempre, extraña. No tenía nada que ver con la de Oliver, pero se movía bien, en eso era una experta.
Él la bloqueó cuanto pudo hasta que recibió un pequeño pinchazo en la mano. Aunque fue poca cosa, Martina reaccionó como si hubiera causado en él una herida de letalidad. Rasmus detuvo la práctica y se apresuró a tranquilizarla, enseñándole que no le había quedado ni siquiera una marca.
Al cambio de posturas, se dispuso a atacarla con una incontenible pasividad, tan aterrado como ella de poder causarle cualquier daño. Realizadas algunas repeticiones, empezó a notar que el ejercicio no tenía sentido; parecían dos novatos. Para hacerlo más incómodo, los dos notaron que un par de imperiales sonreían a costillas suyas.
—¿Te parece si aceleramos… un poco? —deslizó con acidez. Pese a su mudez, se entendía bien con Martina. En cuanto le señaló con la vista al Águila Imperial que se había reído, supo que ella pensaba lo mismo que él, solo que no podía expresarlo.
La vio flexionar sus rodillas. Rasmus reconoció la postura ofensiva y sonrió, levantando la guardia y asintiendo para darle el visto bueno a que se lanzara con todo.
Pac, tac, pac, tac, PAC, TAC.
Rasmus empezó a retroceder cada vez más, era imposible seguirle el ritmo, y es que ya no tenía a Martina delante, tenía a Katherina de Nuevo Sol. Lo veía claramente en su expresión. Los demás sonidos se detuvieron.
PRAC, TRAC, PRAC, TRAC, PRACK…
Incluso para él, que solía ser tan veloz, la escena ocurrió demasiado rápido. Martina venía con tanto arrojo hacia él que, ante la necesidad de esquivar uno de sus ataques, reaccionó fabricando una respuesta ofensiva. No hubiera sido ningún problema para Katherina, pero, por lo visto, Rasmus se había confundido en cuanto a eso; delante tenía a Martina, una niña con problemas, que no se encontraba en su mejor momento.
Cuando ella vio venir el ataque, se paralizó y acabó enredándose con sus propias piernas. Rasmus intentó lanzarse para sujetarla, pero la acción fue asimétrica a su primer movimiento de evasión, dejándolo sin opciones.
Y Martina cayó al suelo, rodando tres veces sobre la hierba quemada por las bajas temperaturas hasta detenerse junto a un par de grandes piernas protegidas por perneras aceradas.
El corazón de Rasmus se detuvo.
—Toma —le dijo el hombre, agachándose junto a ella. Los ojos de Martina parecieron latir al clavarse en los del Águila Imperial—, esto te pertenece.
A Martina le tembló la mano al sostener la espada que el Águila Imperial le entregaba. La velocidad con la que Rasmus llegó hasta ella puso en alerta a varios imperiales, a pesar de que no había utilizado ninguna habilidad especial.
—¡No la toque! —reclamó.
El sujeto frunció el ceño, pero no retrocedió.
A veces era difícil reconocerlos si llevaban el casco puesto, pero a Rasmus no le costó trabajo identificar a ese. Se trataba de sir Godwin, el general de los Águilas Imperiales. No necesitó reparar en sus grandes ojos claros y sus cortos cabellos de oro, solo con su portentoso físico le bastaba, era un sujeto inmenso. Además, su capa era distintiva, con detalles cobrizos en los bordes que brillaban con la luz del sol.
—No se acerque a ella. Ni siquiera le hable.
Martina encogió la cabeza y la orientó hacia el pecho de Rasmus, como queriendo regresar pasando a través de él. Rasmus sintió la vibración de su cuerpo y deslizó la mano sobre su espalda, calmándola.
—Lo siento, fue mi culpa —le susurró.
A él le pareció escucharla decir que no era cierto, pero no vio mover su boca. Supuso que se lo había imaginado.
—Disculpe, sir Godwin —dijo Oliver, acercándose. Su espada reposaba con soltura sobre su hombro—. No se lo tome a mal. Rasmus es muy protector con ella, son buenos amigos.
—¿De verdad piensa que me tomaría en serio las bravuconadas de un chiquillo, Umbrador? —repuso el general—. Es su actitud la que condeno. ¿Ve correcto poner un arma en las manos de una niña pequeña?
—Oh, se sorprendería de lo que es capaz de hacer una mujer, general, en especial ella.
—Sé reconocer la fortaleza en cualquier persona, Umbrador —gruñó sir Godwin. Rasmus rechinó los dientes, odiaba cuando decían esa palabra, utilizándola como si fuera un insulto—, pero se enseñan muchas otras cosas a un niño antes de ponerlo a enfrentar a otro con una espada. Sin suelo no hay techo, sin techo empapará la lluvia. Luego el ahogo.
—No sabe nada de ella, idiota, no hable como si la conociera —terció Rasmus. Iba a proferir más insultos cuando la espada de Oliver apareció delante de su pecho, pidiendo su silencio.
—Oliver…
—No necesito de su protección, Umbrador —dijo sir Godwin. Su mano estaba ya en el pomo de la ancha espada que colgaba de su cintura. El Águila Imperial que se hallaba a su vera se encontraba en la misma posición, con un gesto incluso más riguroso.
—En realidad no estaba protegiéndolo, solo dándole una lección de modales a mi compañero.
—¿Modales…? —masculló Rasmus. Se quedó callado al ver que Martina se ponía más nerviosa y retrocedía hacia donde estaban Clement y Bart.
Todavía sintiéndose culpable por la escena que había causado, Rasmus salió caminando tras ella, no sin antes dirigirle una última funesta mirada a sir Godwin.
—¿De modales va a hablar usted? —rezongó sir Godwin, haciendo caso omiso de Rasmus y ensañándose en Oliver—. ¿Cree que el penoso alarde de sus habilidades que hace aquí es una señal de buenos modales? La orden de los Águilas Imperiales tiene asuntos mucho más relevantes que el cerciorarse de una nueva locura de los suyos.
—¿Considera el entrenamiento una locura? ¿No entrena a menudo para estar en forma?
—Yo he nacido para ello, Umbrador, soy un Águila Imperial. Usted no lo es. Los de su clase ya han demostrado aquí en más de una ocasión el porqué no deberían ser habilitados a llevar armas, solo desastres es lo que saben causar con ellas.
—No se altere, general —terció el Águila a su lado—. Son solo espaditas de madera.
—¿Espaditas? —deslizó Oliver, recelando con la mirada—. Escuché eso alguna vez… ¿Cómo es su nombre, señor? ¿Le gustaría ponerme a prueba? Solo un combate de práctica, por supuesto.
—Es atrevido, Umbrador —repuso el hombre, levantando el mentón para demostrar toda su altura—, se abusa de la generosidad que se le ha dado. Mi nombre es sir Regal Carlot, y no tengo cinco años para jugar con espadas de práctica. No subestime a la orden de los Águilas Imperiales.
—Jamás osaría cosa semejante —repuso Oliver, haciendo un ademán de invitación con la espada—. No he dicho que tuviera usted que utilizar una espada como la mía, puede utilizar el arma que guste. Tampoco necesitaré de ninguna armadura, solo de su honor, el cual no pongo en duda.
—Sir Regal, no se olvide de sus órdenes —deslizó sir Godwin al ver cómo el ceño de su compañero se fruncía.
—Por supuesto, general, órdenes son órdenes. Pero permítame, creo que este Umbrador necesita de una lección.
Sir Regal avanzó generando un silbido espantoso al desenvainar la espada. Las placas de su armadura resonaron. Su capa siena ondeó cuando acomodó su cuerpo para el combate. Preparó una amenazadora posición de guardia, como si eso solo alcanzara para ganar la discusión, pero Oliver se mantuvo tranquilo, cediéndole la iniciativa.
—Puede usted comenzar cuando quiera —le dijo. Sí, una lisa y completa provocación—. Aquí lo espero.
Sir Regal terminó de hastiarse y lanzó un espadazo con el que pretendía cortar en dos la espada rival, pero un veloz quiebre de muñeca y Oliver evitó la acción, dándole un toque a la espada de metal y luego otro toque al peto de la armadura imperial.
—No necesita contenerse —comentó Oliver como quien no ve significativo que un hombre fuerte, grande, armado y preparado pudiera lanzarse encima suyo.
Sir Godwin dio un paso adelante para interceder, pero sir Regal había ya caído en la provocación. Se arrojó con bravura al ataque, siendo su espada evitada en dos ocasiones con mucha simpleza, casi con humor. Los soldados que vigilaban cuchichearon entre ellos.
Y Oliver sonrió.
—Sir Regal, es suficiente —intercedió sir Godwin—. Nuestro trabajo es de vigilancia y custodia. Órdenes son órdenes.
—No se preocupe, general, se trata solo de una práctica —repuso Oliver—. No le causaré daño alguno a su compañero.
Sir Regal se enfrascó. Herido en su orgullo, arremetió de nuevo en tres rápidos movimientos: una finta seguida de dos estocadas, una por cada lado. La vara de Oliver se movió como una verdadera víbora. La finta había sido creíble, y aunque la espada era de una consistencia inferior, el bloqueo ocurrió con arrastre, justo en la parte plana, sin hacer a la madera sufrir daño alguno. Rasmus consideró que Oliver podría haber atacado en la apertura, pero no lo hizo, se quedó en guardia, desafiando a su rival a que volviera a intentarlo.
Una vez más, sir Regal encaminó un ataque múltiple. Fue rápido y preciso, y esta vez sin dudas peligroso, pero sus intenciones fueron todas leídas y frustradas; dos bloqueos, dos arrastres, un golpe al pecho con la punta de la espada, tres bloqueos sencillos, un esquive, una finta, un nuevo golpe al pecho. El caballero se fastidió de forma visible y sir Godwin se decidió a dar un paso adelante.
—He dicho que es suficiente.
—Umbradores… —desdeñó sir Regal, agitado—. No hay honor alguno en las artes que utilizan. Nada tiene que ver esto con el arte de la espada.
—No hubo ningún arte de Umbrador implicada, sir Regal —terció sir Godwin—, y si la hubo no la he visto. Son simples reflejos y abundancia de florituras. No vuelva a dejarse llevar.
Sir Regal envainó su espada y, tras chasquear la lengua, retrocedió hasta recuperar su posición de vigilancia.
—Me decepciona, sir Regal, creí que iría con todo —dijo Oliver, bajando la espada.
—No es honorable herir a un hombre desarmado, Umbrador —repuso el hombre, recuperando el aliento y la compostura—, no tenemos esas costumbres en nuestra orden, no hay lealtad en ello. Bien lo ha hecho, conténtese con eso.
—Ya veo… Me he confundido con usted. Si le sirve de algo, yo tampoco haría daño alguno a una persona que no lo mereciera, mucho menos estando desprotegido. Pero esto era solo una pequeña práctica, ¿no es así? ¿Qué hay de usted, sir Godwin, desearía ponerme a prueba?
Sir Godwin no se movió de su sitio.
—Tengo una debilidad por el arte de la espada, Umbrador, pero no tengo confianza con usted, y tampoco concibo lógica una práctica sin armaduras. Ya se lo ha dicho sir Regal, no compartimos sus costumbres.
Oliver chasqueó la lengua.
—Es una lástima. El consejo aún no aprueba mi pedido de armaduras, y deseo enfrentarlo desde que le vi entrenando fuera de los cuarteles. Espero tener la oportunidad en el futuro.
Sir Godwin bufó recurriendo a un agrio gesto.
—Soy el general de los Águilas Imperiales hace mucho tiempo y sé de lo que es capaz un Umbrador —recitó con desdén—. Sé que tienen habilidades especiales. Son capaces de hacer cosas inhumanas. Tal que hechiceros tenebrosos obran la mayoría de las veces. Me ha tocado en el pasado apreciar su inestabilidad. —Pisoteando la tierra escarchada, alzó el mentón—. Puedo ser educado y mantener una conversación, pero nunca confiaré en los suyos, son un peligro para esta ciudad. Creo que es inteligente y que eso ya lo sabe, así que, dígame, ¿por qué intenta ganarse mi favor? No lo conseguirá.
Rasmus se quedó observando con atención. Hacía mucho tiempo —tanto que ya ni recordaba cuánto había pasado— había visto por primera vez las facultades de Oliver para manejar conversaciones. Estaba actuando muy similar a la vez que había ido a su casa a hablar con sus padres para concretar el contrato de afiliación a Nuevo Sol.
—Porque yo también soy un líder, sir Godwin, y sé lo que es tener personas bajo mi protección. Son tiempos difíciles. En momentos como estos es muy importante tener personas en las que confiar. He tenido el gusto, y a veces el disgusto, de conversar con distintas personalidades desde mi llegada al castillo, y sé diferenciar a la gente de buena madera, como lo es usted. Espero algún día note esto y podamos conversar de mejor manera.
El rostro de sir Godwin se amargó incluso más, llegando al ensombrecimiento.
—Es bueno con las palabras, pero no tanto con los hechos. ¿Espera que confíe en una persona que se encierra cada día en los aposentos del emperador con fines desconocidos para todos? ¿Que mantiene conversaciones misteriosas con los miembros del consejo, a veces juntos, a veces por separado? ¿Qué solicita armas y armaduras, pese a afirmar sus buenas intenciones? Teje su red de embrollos con dedicación, pero a mí no puede engañarme. Sépalo, cuando quiera dar el golpe, estaré preparado.
Oliver vaciló, captando la atención de todos los presentes.
—¿Quisiera acompañarme esta tarde entonces, general? —dijo, despreocupado. Su espada volvió a apoyarse en su hombro al tiempo que los ojos de Rasmus se expandían; no podía creer lo que escuchaba—. Si de esa forma consigo ganar su confianza, entonces me sabrá correcto, aunque es probable que no podamos conversar mucho, me la paso ocupado la mayoría del tiempo.
Si fuera cualquier otro, Rasmus estaba seguro de que sir Godwin lo hubiera mandado al quinto infierno, pero Oliver había elaborado bien su invitación, y vislumbró en el rostro del general que este acababa de conseguir algo que le resultaba más que interesante. Era la posibilidad de información; los Águilas Imperiales se dedicaban a vigilar a los Umbradores, y el tiempo que Oliver pasaba en aquella habitación era el único momento del día en que no podían hacerlo.
—Muy bien —contestó sir Godwin en serenidad renovada—, ya que tanto le place, acepto, Umbrador.
Cuando regresaron a la habitación en la torre del castillo, ninguno simuló no haber estado aguardando deseoso por llegar. Clement se echó sobre un viejo sillón como lo haría un perro luego de que su dueño lo sacara a dar un paseo. Mikki se acomodó junto al ventanal, lugar que ya todos consideraban su espacio personal. Martina se instaló en su camastro con las piernas estiradas, perdiendo su mirada en la pared del fondo, donde se hallaba la hoguera que Bart se disponía a encender, haciendo arder nuevos leños.
Oliver, por su parte, fue el menos inquieto. Con tranquilidad se arrellanó en una de las sillas del comedor y acomodó unos cuantos papeles sobre la mesa, revisando que todo estuviera en orden. Siempre hacía lo mismo, su tiempo allí parecía ser una casual sesión de estudio. Rasmus se sentó frente a él a la mesa e interrumpió su ritual como lo haría un toro salvaje.
—¡Oye! —exclamó— ¿Por qué dijiste eso?
La habitación era un lugar espacioso, pero teniendo que convivir allí todos juntos, a veces parecía pequeña, y cuando alguien hablaba en esos términos, todos acababan por volverse a mirar.
—Porque es una buena oportunidad —explicó Oliver sin quitar la vista de sus papeles—. Las alianzas son siempre algo importante, apréndelo.
—¿Una alianza? ¿Con sir Godwin? Es el jefe de los Águilas Imperiales, Oliver. Ni siquiera nosotros podemos ir contigo a ese lugar.
—Lo dices como si fuera mi decisión. Te informo que fue el consejo quien, ante mi pedido de registrar el cuarto de Mah’hak Limbur, accedió con la condición de que solo fuera uno de nosotros. De cualquier forma, revisar cientos de pergaminos y viejos libros no es un trabajo que pueda hacerse de a muchas personas, la mayoría de los textos están en un idioma que desconozco y solo puedo entender mediante un complejo sistema de decodificación. Mikki apenas si puede ayudarme con ello, y él trabajó durante años como investigador. Quizá pueda sacarle alguna traducción fidedigna a Godwin, cualquier cosa será útil.
Rasmus reparó en la cantidad de hojas que estaba acomodando Oliver ese día, con cientos de notas y escritos suyos. Cada día se multiplicaban, como sus propias ganas de marcharse.
—Ya has visto cómo nos miran todo el tiempo, y esa forma de decir «Umbrador» que tienen, como si fuéramos basura… No puedes confiar en él. Enfrentándome al imperio es que llegué hasta aquí, y si yo no hubiera venido, ¿quién sabe dónde estarían ustedes ahora? Aunque el hechicero ya no esté, este lugar sigue siendo peligroso, no sé por qué te niegas a entenderlo.
Tras encender la hoguera, Bart se dedicó a llenar una olla con verduras, preparando un estofado para el almuerzo. Rasmus estaba ya acostumbrado a escucharlo silbar mientras cocinaba, como si estuviera disfrutando la tarea. Lo admiraba por mantenerse tan enérgico y de buen humor, pero no creía que fuera cierto, solo se esforzaba.
—No seas tan contundente —replicó Oliver—. No todo es blanco o negro en la vida. Del imperio que tanto criticas salió uno de tus amigos: Aquiles, ¿no es cierto? Hay más personas decentes de lo que crees dentro de una facción que no comparte tus creencias, formas y valores, así ocurre a donde quiera que vayas. Es mejor observar con calma que ser tan lapidario. Aun en el caso de que sir Godwin resultara un enemigo, en situaciones como en la que nos encontramos es cuando más aplica el consejo popular que pregona mantener cerca a tus amigos y aún más cerca a tus enemigos. No hay nada en ese cuarto que pueda verme hacer que nos cause problemas. Además, creo que es una persona confiable.
—¿En qué te basas para pensar eso? —terció Mikki. Su voz desvió la mirada de Rasmus, era raro escucharlo. Sin llegar al punto de Martina, no solía mostrarse hablador—. ¿Es solo una corazonada? Los miembros de los Águilas Imperiales fueron los primeros en aparecer ante nosotros tras la pelea con Limbur. Si buscas vínculos con el hechicero, son quienes están más cerca de contar con ellos.
—Podría ser… Pero también sabemos que sir Godwin trabajó más que nadie luego del fallecimiento del emperador, lo hemos visto —argumentó Oliver—. Su perspectiva sobre nosotros estuvo en un inicio sesgada por la creencia de que habíamos sido responsables de lo ocurrido, pero estoy seguro de que esa idea se ha ido diluyendo. Ninguno de los miembros de su orden ha vuelto a mostrarse represivo con nosotros, y creo haber comprobado ya en varias ocasiones que su deber es para con el bien de la ciudad. Mi conclusión es que cuando compruebe que no somos ninguna amenaza para ella se convertirá en un interesante aliado, al fin y al cabo, no es como si le gustara tener que escoltarnos todo el tiempo como un perro. Trató bien a Martina hoy, eso es un adicional. Creo que dudaba de la legitimidad del emperador desde antes, pero que no tenía el suficiente peso para interceder.
—¿Hay novedades, Oliver? —preguntó Clement, que reposaba la parte trasera de su cabeza entre las manos entrelazadas—. No es por fardar, pero te conozco, no creo que la sonrisa de esta mañana fuera solo por las espadas, y has acomodado esas hojas más de veinte veces, empiezas a ponerme nervioso.
Con excepción de Martina, Oliver captó la atención de todos al asentir. Mikki se alejó del ventanal y se sentó a la mesa.
—¿Y bien?
—El orbe no pertenece a este lugar —relató Oliver—, ahora estoy seguro de ello.
—¿Eso significa que encontraste información sobre la esfera? —inquirió Bart, cesando por un momento su tarea culinaria—. ¿Sobre el hechicero? ¿Sobre cómo hacía para ir y volver?
—¿Cuánto has descifrado, Oliver? —preguntó con aspereza Mikki.
—Tranquilos —deslizó Oliver.
Rasmus no sabía qué poder tenía Oliver para, solo con decir esa palabra, hacer que sus hombros cayeran como víctimas del sopor. Pero lo agradecía.
—Como ya les he dicho, Limbur tenía una bitácora personal que he podido hallar —continuó—. Allí hay mucha información, pero el lenguaje que se utiliza tanto en ella como en otros documentos no solo es desconocido para mí, sino que también está encriptado. He sondeado a Grippery y él tampoco parece conocer el idioma.
—¿Entonces? —se inquietó Rasmus.
—Con trabajo he podido interpretar algunos pasajes. Aún no puedo asegurar que sea una interpretación cien por ciento fidedigna, pero estoy seguro de que se ha de acercar bastante. En uno de los cuadernos encontré lo que parece ser una biografía. Al principio dudaba de ella, parecía relatar la vida de alguien durante demasiados años como para pertenecer a una sola persona; pero corroboré en una charla con el consejo que los hechiceros son capaces de vivir cientos de años, o al menos eso es lo que se dice. Descifrar letras es difícil, pero los números no tanto. Aquí, en este mundo, dicen estar en el año mil cuatrocientos uno del calendario imperial. Aunque no manejan el mismo sistema de calendario que nosotros, y no comprenden los días a través de meses ni semanas, la cantidad de días que componen un año es muy similar a la que nosotros conocemos.
»Me informé de los acontecimientos históricos del último tiempo, sobre todo los relevantes a las invasiones de Damaxco, que probablemente hayan sido consecuencia de la asunción del hechicero como emperador. Traté de buscar relación con la esfera y encontré información importante. Limbur se refería a ella como «Essalt». Se trata de un nombre compuesto que pertenece a este lenguaje que les he mencionado, creo que significa algo cercano a «esfera etérea». Siguiendo los pasajes que la nombran es que llegué a dar por sentado que Limbur habría conseguido el artefacto en algún momento anterior al comienzo de las conquistas imperiales.
—Vaya información… —bufó Rasmus. Estaba seguro de que el silencio que generó su comentario implicaba que todos estaban de acuerdo con que era un dato irrelevante, pero nadie comentó nada al respecto—. ¿De qué nos sirve saber eso?
—De mucho. Todo lo que podamos averiguar sobre el hechicero y sobre la esfera es útil —dijo Oliver—. En base a esas suposiciones avancé en la lectura de la bitácora y logré llegar al pasaje que he citado antes. En él se habla de un artefacto muy preciado para el hechicero, algo de lo cual «sus ancestros estarían orgullosos». El dibujo que acompañaba al texto era gráfico, se refería a la esfera. Por lo que pude entender, el hallazgo sucedió en lo profundo de unas ruinas, en donde «una fuerza ancestral la protegía».
—No es por coincidir con borreguito, pero… ¿no hay algo más interesante? —comentó Clement.
—Puede parecer un dato sin valor, pero no lo es. Implica saber que el consejo, o por lo menos gran parte de él, no nos ha mentido en cuanto a desconocer la existencia del orbe, y podemos estar tranquilos respecto de su no interés en ella. Puede que Limbur tuviera socios, pero es muy probable que sus socios no tuvieran sus mismos planes. Es decir, más que socios, eran sus empleados. Quizá solo el hechicero supiera acerca del objeto y de nuestro mundo en general. Si es así, tras investigar todos los documentos de Limbur, podríamos retirarnos a un lugar tranquilo, fuera de los dominios del imperio.
Rasmus se mostró audible en cuanto a su contrariedad. Lo que Oliver consideraba «avances» resultaban tonterías. No le quitaba valor a la información, pero la lentitud con la que esos supuestos progresos llegaban era insoportable. ¿Cuánto podía tomarles enterarse de todo si interrogaban a término perentorio a los miembros del consejo? No es que quisiera convertirse en una especie de villano, pero estaba seguro de que esas personas estaban involucradas en cosas mucho peores que un interrogatorio a punta de espada.
—¿Cuál es el problema? —replicó Oliver—. ¿Es tu impaciencia otra vez? Estoy haciendo cuanto puedo, pero la diplomacia lleva su tiempo. Si pudiera ir más rápido, ten por seguro que lo haría, pero dejar cabos sueltos es peligroso para nosotros, hay que ser minucioso.
—Es que no me escuchas, ya te he dicho muchas veces que estás buscando en el lugar equivocado. Esas personas no tienen intenciones de ayudarte, sir Godwin tampoco. ¿Acaso cuentas los días? Ya lo habrían hecho si quisieran hacerlo.
—Te escucho —refutó Oliver—, eres tú quien necesita poner atención. Siempre he reconocido tu velocidad mental, pero la situación en la que estamos amerita otro tipo de ritmo. Hay que estar en todos los detalles, nada puede ser pasado por alto, hay más que nuestras vidas en juego.
—¿Crees que no lo sé? —bufó, dándole una palmada a la mesa—. ¡Es justamente ese el problema que estoy señalando!
Rasmus suspiró y se interrumpió para bajar la voz ante una señal de Oliver. Tenía razón, no debían hablar tan alto. Esas paredes escuchaban.
—No he visto nada de las notas de Limbur, ni siquiera de las tuyas, pero mi amiga Lisa es una sacerdotisa, y creo que podría leer esos documentos y ayudarnos más que cualquier otro idiota de esos Águilas Imperiales. Ninguna persona en el imperio es confiable. No me extrañaría que nos mantuvieran alejados de ella por esta misma razón. Deberíamos concentrarnos en buscarla, y no deberíamos demorar tanto en marcharnos. Tenemos un mago que puede hacerse invisible. —Miró a Clement, que seguía echado en el sillón—. Podemos entrar a la habitación del hechicero y tomar los libros que desees tantas veces como queramos, no es necesario pedir permiso para eso, y tampoco para hallar a Lisa.
—Ya me tenía que meter a mí… —deslizó un pesaroso Clement—. ¿No podía tocarme una Singubilidad menos práctica? La de Benjamin hubiera estado bien, solo sabía dar en el blanco con ese arco suyo.
—No es tan simple —argumentó Oliver, dejando de lado el comentario de Clement—. Recuerda que estamos viviendo aquí bajo ciertas condiciones, y respetarlas es vital si queremos mantenernos alejados de los problemas. Si somos descubiertos en malos términos, ten por seguro que perderemos la posibilidad de seguir investigando a Limbur, entre otros tantos privilegios. Nuestro objetivo principal es ubicar a los jugadores desaparecidos y luego encontrar la forma de regresar, pero ir a saco a por ello puede resultar en un mal movimiento, no podemos desaprovechar la oportunidad de conseguir información.
—Por favor… Somos la maldita élite de Galmivia. No pueden detenernos si utilizamos nuestras habilidades. ¿Qué es lo que van a hacernos?
—Estás siendo demasiado atrevido —le detuvo Bart—. Sabes que no podemos utilizar con tanta facilidad como antes esas habilidades, y aquí excederse no es lo mismo que en Galmivia.
—¡Gracias! —terció Clement—. Por lo menos alguien entiende lo costoso de recurrir a la magia en este chiquero. No me malinterpretes, borreguito, fueron muy útiles tus consejos sobre el «agua de la vasija» y todo eso, pero el dolor de estómago que te deja el utilizar habilidades mágicas no es nada agradable. Además, no podemos utilizar todas las habilidades que aprendimos en Galmivia, solo las que nos eran más habituales. Somos fuertes, sí, sin dudas podríamos reducir a unos cuantos soldados. ¿Pero luego qué? Tú mismo nos has hablado de desmayos y cosas peores… ¿Qué haremos si algo así sucede? ¿Tú vas a cargarme al hombro?
—¡Gracias a ti! —replicó Rasmus en el mismo tono que Clement, haciéndolo sonreír—. Estamos aquí hace sesenta días. ¿Saben cuánto demoré en acostumbrarme al uso de mis habilidades? No más que eso, se los aseguro. Sé que es difícil al principio, pero la práctica da resultado. Estar aquí encerrados es el problema, deberíamos estar preparándonos.
»Las clases de esgrima están bien, Oliver, pero ¿de verdad crees que una espada será tan útil en esta situación? Ellos tienen muchas, y nosotros solo una, a no ser que quieras contar los pedazos de Tsugaru que todavía guardas ahí.
Rasmus desvió la mirada hacia la tarima que había sobre la hoguera. En ella reposaban las cinco partes en que se había convertido la espada de Oliver luego de que utilizase su Despertar contra Limbur. Oliver había dicho que para él eran tan importantes como la propia esfera.
—O quizás quieras contar los palos de madera que con tanta amabilidad te han regalado —insistió Rasmus—. Además, solo nosotros dos éramos guerreros con espada en Galmivia. ¿Qué van a hacer ellos con una?
—Veo que no prestaste atención a la práctica de hoy —dijo Oliver.
Rasmus abrió la boca para hablar, pero se quedó callado, reflexionando que, aunque había visto a los demás practicar, no había prestado mucha atención. Tenía otras cosas en la cabeza.
—Cuidado con lo que dices —terció Bart en un tono que rara vez utilizaba—, recuerda que fui campeón olímpico de esgrima hace no tantos años, sé muy bien cómo utilizar una espada.
—¿Sí? —contestó Rasmus, como con ironía. Pero era cierto, ya había escuchado esa historia—. Pues… no es que se haya notado.
—¿Y por qué te parece que ha sido eso? —añadió Oliver, como lo haría un profesor.
Rasmus frunció el ceño. En su cabeza aparecieron las imágenes de la práctica, pero estaban borrosas, solo había estado concentrado en Martina y en los insoportables vigilantes.
—Quizás porque no es lo mismo utilizar una espada de esgrima en nuestro mundo que una espada de verdad aquí.
—Piensa, Rasmus —reclamó Oliver—, eres más inteligente que eso.
Rasmus se cruzó de brazos y puso cara de fastidio.
—¿Dices que fingían? No es cierto… Tú le diste una demostración de lo que eres capaz de hacer a ese sir Regal.
—Porque nuestros roles son distintos —aclaró Oliver, bajando la voz al punto que rivalizaba con el sonido del estofado cociéndose y el agua para el té calentándose—. A eso me refería hoy cuando te hablé de la esgrima, hablé en código porque imagino que no esperarás que anuncie todos mis planes delante de los soldados del imperio. En otra época te habrías dado cuenta, por eso digo que tienes que concentrarte, debes abrir tu mente.
—Si abriera más mi mente, esta sería tan grande que caerías dentro, y allí leerías un cartel enorme con una inscripción que dice: «Es una estupidez». Ahora que lo dices, puede que sea una buena idea, quizás leerlo te haga abrir a ti la mente para darte cuenta de lo que estás haciendo. ¿Hacer pasar a Bart y a Clement por debiluchos? ¿Para qué? ¿Para centrar la atención en ti? Ahora entiendo la razón de Mikki no quisiera participar. Además, ¿por qué no me avisaste? En realidad, ¿por qué no me consultaste? Al menos pudiste haber escuchado mi opinión. Martina tampoco lo sabía, o no me habría atacado, y fue mi culpa instarla a hacerlo, yo fui quien se lo pidió. Ya hemos pasado por esto una vez, ¿recuerdas? ¿No aprendiste esa lección? Y sin contar con todo eso, el solo hecho de mostrarnos vulnerables es una pésima idea, les estamos dando pie a que…
Oliver alzó ambas cejas; otra vez, como lo haría un profesor. Clement se levantó de su sillón para darle unas palmadas en la espalda a Rasmus.
—Esa parte es culpa mía, borreguito —dijo entre agraciado y apenado, tomando lugar a su lado—. Me contó algunas cosas por la mañana, pero estaba distraído y solo me acordé cuando llegamos. Además, te despertaste muy discutidor otra vez, y me dediqué a intentar calmarte.
—No hubo tiempo de consultarte, por la mañana dormías —añadió Oliver—, y acéptalo, no estás durmiendo bien, no puedes juzgarme por no despertarte, no eres un niño.
»En cuanto a la idea de «vulnerar» a los demás, creo que será de mucha utilidad. Los miembros del consejo ya me toman como el líder de los Umbradores, y van entendiendo que han de considerarnos una unidad. Hacerles poner el foco solo en mí liberará al resto para que tenga mayor movilidad en el castillo, y también tranquilizará a los soldados. La vigilancia excesiva que tenemos y los tantos controles son un problema para nosotros.
Oliver suspiró.
—No sé cuánto tiempo estaremos aquí, Rasmus, pero hacer nuestra estadía cada vez más amena nos dará mayores posibilidades de conseguir lo que deseamos. Algunos de los miembros del consejo han dado muestras claras de no tener ni idea de cómo funcionan las habilidades de un Umbrador, pero podrían estar mintiendo. Si nosotros se las enseñamos, perderemos una ventaja, porque si alguno de ellos reconoce cualquiera de nuestras habilidades sin que se las hayamos enseñado…
—Se confesará socio de Limbur, lo sé.
—Lo sabes, pero no lo asumes. —Oliver se levantó de su asiento y empezó a poner la mesa, viendo que al estofado de Bart ya parecía faltarle poco—. En la situación en la que estamos hace falta cabeza, no fuerza ni caprichos.
—No soy un caprichoso.
—¿Seguro? —Oliver habló como lanzando un dardo, el cual buscaba clavarse en un lugar sensible de la humanidad de Rasmus—. ¿Cuánto de tu apremio por salir de este lugar es en realidad preocupación por tus nuevos amigos?
Se hizo silencio.
Los dardos de Oliver nunca fallaban, siempre daban en el blanco, y a Rasmus había comenzado a molestarle desde hacía tiempo.
—No me avergüenza en lo más mínimo —dijo, como jactándose—. ¿Ya te he dicho que me salvaron la vida en más de una ocasión? Si no fuera por Lisa, nunca hubiera llegado hasta este lugar, y ahora ustedes serían zombis a las órdenes de ese Mah’hak Limbur. No me quieras sugerir que no debería preocuparme más por ellos que por ustedes, me preocupan ambos.
—Intervención cero —terció Mikki, gélido—. ¿No era así?
Rasmus le clavó una mirada entre ambas cejas. Casi nunca hablaba, ¿y ahora tenía que venir a meterse?
—Es normal que el tiempo que pasaron juntos te haya sensibilizado, pero debes ser consciente de quién eres, y quiénes somos nosotros —dijo Oliver—. No pertenecemos a este lugar, Rasmus, no podemos encargarnos de todo lo que ocurre a nuestro alrededor, nos es ajeno.
—Es fácil para ti decirlo, no estuviste en esos extractores, tampoco en ninguna de las ciudades, ni en sus prisiones. Todo lo que ocurre a nuestro alrededor está… muy mal. Y la culpa es del imperio, pero parece que aquí tu intervención cero no aplica, al menos no para ti.
—Ya basta, Rasmus —intercedió Clement, hastiado. Solo cuando se ponía serio utilizaba su nombre—. Me place devolverte el favor y decirte que te estás volviendo histérico. Fue gracias a ti que pude controlarme y no volverme loco, ¿recuerdas? Te diré lo mismo que me dijiste una vez: «Tranquilízate, el tiempo va más rápido para ti porque tu mente está alterada. Respira hondo y ten presente que estamos todos juntos aquí, sobrellevando esto». No estás solo, borreguito, todos hacemos lo que podemos. Oliver también.
—El tiempo no va deprisa para mí —refunfuñó Rasmus—, va lento, muy lento. Esos viejos del consejo saben más de lo que han dicho, los Águilas Imperiales vigilan todos nuestros movimientos para así tomarnos por sorpresa en el más mínimo descuido que cometamos. Los he enfrentado antes. Cuando estuve en Puerto Marino…
—Puerto Marino es una ciudad que se encuentra en guerra ahora mismo, ¿lo sabías? —terció Oliver con rigurosidad—. ¿Propones que tomemos parte de ella y participemos? ¿Matar gente si fuese necesario? ¿No ves la falla en tu plan? Incluso sabemos que ellos fueron atacados por Umbradores en el pasado, ¿por qué no deberíamos temerles también? Una devolución de gentilezas no les vendría nada mal. De hecho, su invasión ahora en Fruestra es una nítida venganza.
—¿Invasión? ¿De qué invasión hablas, Oliver? No hay ninguna invasión, es algo que inventaron para que no consideremos aliarnos con los porteños. ¡Los conozco! Enfrenté a Umbradores allí. Vi soldados imperiales matando personas.
—Y porteños matando soldados —argumentó Oliver—. De la misma manera que los ancianos del consejo nos utilizan manteniéndonos aquí, pudieron haberte utilizado los miembros de la Resistencia a ti. Por lo que nos constaste, ese episodio se produjo justo después de que llegaras a su ciudad. Eres un Umbrador, tu mera presencia es útil incluso sin pelear. Los soldados de Damaxco han padecido a los Umbradores mucho más que las otras ciudades, aunque no lo creas. Los mitos que hay sobre nosotros son historias de terror que recorren la ciudad. Para los niños somos el monstruo que saldrá de debajo de sus camas; para sus madres, el que se llevará la vida de sus hijos.
—Se lo han ganado —rabió—, fueron ellos quienes se beneficiaron de nosotros, utilizándonos para los actos más espantosos. Si vieras cómo quedó la muralla de Puerto Marino… Sé que había personas dominadas por las ilusiones de Limbur, pero no todos tenían esa condición, la gran mayoría de ellos estaban muy bien con el resultado.
—La persona encargada de esos daños ya ha muerto, tú te encargaste de eso. Lamentablemente, no hay tiempo para revanchas ni festejos, tenemos otros problemas.
Rasmus se cansó de discutir. Le entregó su plato a Bart para que pudiera servirle y se dispuso a comer en silencio.
Pero no consiguió terminar su plato. Antes se levantó de un salto y se dirigió a su camastro, dejándose caer allí, tapándose con una frazada.
Estaba harto de ese lugar, harto de no poder descargarse, cansado de no saber nada de Lisa, ni de Aquiles, ni de Robb. Y, sobre todo, cansado de que la totalidad de sus planteos fueran repelidos por las ideas de Oliver.
Quien había sido el mejor capitán, su referente, la persona en quien más confiaba… Cada día se le hacía más denso el hablar con él. Le costaba tanto trabajo entenderlo…
Había prometido hacerle caso, ser leal a Nuevo Sol y al objetivo por el que estaban allí, pero cada día que pasaba era más duro, más desgastante. Necesitaba hacer algo, pero no sabía qué. Algo le faltaba a su vida ahora, algo que le habían arrebatado.
Y cada día le resultaba más largo, más tedioso, más intrascendente, y menos productivo. Necesitaba… moverse.
Whal Sinderu
La noche era densa y calurosa, de esas que hacen que la ropa se pegue a los cuerpos y los cabellos se humedezcan emitiendo un brillo grasoso. Una noche de pulmones amplios, de vértigo. Las estrellas relucían cercanas, tanto como para tocarlas, pero quien reinaba en la estela era la luna, blanquiazul resplandeciente como un globo gigante hecho de leche y cielo.
Era una noche festiva, toda la villa estaba fuera de sus chozas y torrecillas. Los niños jugaban correteando por las proximidades del templo, cerca de la fuente. Las columnas de mármol reflejaban a la perfección la intensidad de la luna, generando formas pintorescas en la pulcritud del terreno verdoso. No solía haber fiestas en el santuario, por ello cuando había una ocasión como la de ese día se celebraba a lo grande. Las sacerdotisas bebían y se acercaban a los guardianes del bosque, que también bebían y se amigaban con los sacerdotes, que también bebían, y quienes no bebían, acompañaban, pues la felicidad colmaba a todos cuando se celebraba un evento tan trascendental para el culto.
Alexa refunfuñaba, había ido a buscarla dentro del templo en dos ocasiones, pero Marixa se negó en ambas. Prefería estar allí, en el templo, junto a su madre y la recién nacida, donde la quietud y la seriedad era más adecuada. Era más interesante que ir a tontear con los demás niños.
Ningún otro niño hubiera creído que estar en esa sala era mejor que estar jugando, y ella los entendía. Allí no se podía hacer mucho, personalidades de la Orden tenían más importancia que ella y rodeaban a su madre y a su recién nacida hermanita, acaparando toda la atención. Marixa moría por acercarse, pero estaba segura de que si lo hacía recibiría un regaño del patriarca. Quizá no en ese preciso momento, frente a los presentes, pero más tarde llegaría.
Mejor no arriesgarse, no quería causarle problemas a su madre.
Al menos no estaba sola, junto a ella se encontraba Bella, la única otra niña que podría considerar estar allí mucho mejor que estar jugando afuera. Aunque en su caso era mucho más llamativo, porque era bastante más pequeña. Ella también era su hermana menor, pero Marixa no recordaba haber vivido un evento parecido a ese con su nacimiento, seguramente porque era más pequeña cuando sucedió. Eso la hizo pensar en que quizás así le ocurriría a ella también. Quizás, dentro de algunos años, Bella ya no recordaría nada de todo aquello. Sería lo lógico y, sin embargo, lo dudaba.
Bella no era como ella. En realidad, no era como nadie. Como a todos, siempre le había parecido extraña. Todo el tiempo estaba relajada, casi siempre con los ojos cerrados, como mirando hacia dentro, comportándose con anormalidad para una niña de tan corta edad. De hecho, no recordaba haberla oído llorar nunca. No sabía por qué había elegido quedarse allí, pero no estaba segura de que fuera por la misma razón que ella.
Las dos estaban sentadas sobre sus rodillas contra la pared del recinto sagrado, observando desde un rincón. La sala estaba plagada de balsaminas, la flor de la alegría, y se podían percibir los inciensos más relajantes y suaves, los cuales provenían del santuario de Múdiker y eran de muy exclusiva utilización. Se notaba su efecto en los presentes, había una relajación visible en todas las personas, la clase de relajación que hace que uno se olvide del sonido que produce la propia respiración.
A Marixa le generaba cierta ansiedad no poder hacer nada más que mirar. Veía desde lejos la pequeñez de la recién nacida y anhelaba la posibilidad de verla de cerca, incluso poder cargarla. Pero las distintas reacciones la intimidaban un tanto. ¿Por qué sería Lisa tan importante? Integrantes de toda la Orden habían arribado de distintos santuarios y templos solo para poder verla, como si fuera una celebridad. Todos hablaban de ella risueños, rebosantes de una felicidad genuina. ¿Habría sido así también cuando nació ella? ¿También con el resto de sus hermanas? ¿Sería tan importante ser hija del patriarca?
—Piensas mucho. Generas vibración —le dijo Bella.
Marixa se sorprendió. Bella hablaba tan poco que era difícil acostumbrarse a su fina vocecilla, y recordarla. Se sentía tonta, pero a veces le resultaba complicado recordar detalles sobre Bella.
—Lo siento.
—A mí no me molesta. Lo digo por ella, la alterarás.
—¿A mamá? —se intrigó Marixa.
Bella no solía demostrar mucho cariño por nadie en particular tampoco, era una niña solitaria. Marixa pensó que quizás el parto de su madre la había sensibilizado, y le agradó esa versión de ella. Pero, como solía ocurrir cuando se trataba de Bella, se había equivocado.
—No —dijo Bella—, a la bebé.
Marixa orientó la vista hacia donde estaba su madre, cargando a Lisa en sus brazos. Lo que decía Bella le pareció una bobada. Lisa era pequeña aún como para percibir una vibración mental, eso solo les pasaba a los miembros de la Orden mejor preparados. No dudaba de que Bella pudiera percibirlo, había nacido con un don difícil de explicar, su sensibilidad espiritual era un tema de conversación muy serio entre los adultos. Pero Lisa era lo que ella misma había dicho, una bebé.
—Descuida, no se enterará —dijo Marixa con amabilidad.
—Lo hará, aunque puede que lo olvide —replicó Bella—. Las mentes de los pequeños tienen un mecanismo autodestructivo; se van podando cada día para dar paso a que el bosque crezca con mayor fuerza.
—Es ella todavía muy pequeña para eso.
—Ella puede hacerlo —sostuvo Bella—. ¿No has visto la luna?
—¿La luna?
Marixa vaciló. Era difícil mantener una conversación con Bella, solía salir con cosas tan extrañas como ella misma. La mayoría de las veces se encontraba teniendo que resignarse a negar con la cabeza y olvidarse del asunto.
—La llaman Whal sinderu, la luna fantasma —susurró Bella—. También puede llamarse «luna resplandeciente», pero es una interpretación errónea. Los sacerdotes han dicho que anuncia la llegada de alguien especial. —Bella se estremeció, como si un calambre la hubiera afectado—. Gracioso, la luna nunca es quien anuncia una llegada, es la llegada quien se reporta en la luna.
Marixa se preguntó si Bella estaría enferma. De pronto parecía afiebrada. Pero no era la primera vez, recordaba en ocasiones haberla oído hablar así, como si le costara articular algunas palabras. De pequeña creían que podía haber nacido muda o con problemas de dicción, y algunas personas en el santuario todavía lo pensaban. En una ocasión, Alexa le había partido la cara de un puñetazo a una novicia que se había referido a ella como «la niña enfermiza».
—Estás confundida, hermana —contestó Marixa con suavidad—. ¿Por qué sería Lisa especial? Quiero decir, tanto tú como yo somos igual de especiales, no deberías sentirte menos que ella. Todas somos hijas de mamá y del patriarca, compartimos los mismos privilegios y también la misma sangre. Quizás hubo una luna así con nosotras y no lo recordamos. No te preocupes por…
—Abre tus sentidos y encontrarás la respuesta —dijo Bella, sin dejarla terminar—. Igual de especiales… No, eso no es así. Cada uno es especial a su forma, y puede que Lisa llegue a ser más especial, eso no puede debatirse. Aunque Whal sinderu no lo confirmara, cualquier ojo espiritual lo sabría con una mínima apertura.
Marixa miró hacia la recién nacida otra vez, dormida plácidamente en los brazos de su madre mientras esta mantenía una conversación en voz baja con una sacerdotisa de Múdiker. El lugar estaba algo oscuro y amarillento, alumbrado con la luz de unas pocas velas.
—Es solo una bebé, no hay nada especial…
Bella se mantuvo impasible, de ojos cerrados y manos sobre el regazo cubierto por su falda de color verde oscuro. De no ser ilógico, hasta parecería una Ukald consagrada.
—Es muy pronto para ti aún, mas no te preocupes, tarde o temprano abrirás del todo tu ojo espiritual y lo verás por ti misma.
Si no fuera una sacerdotisa, y no estuviera rodeada de las personalidades más importantes de toda la Orden de los Oradores, Marixa hubiera rebufado.
—A veces me molesta no entenderte —replicó, reflexionando si acaso era posible que su hermana, siendo menor, pudiera conocer asuntos que ella desconocía.
Bella no contestó, y cuando ella no contestaba, la conversación terminaba.
Así era Bella. Compartir un diálogo con ella era ya de por sí complicado, pero, aun cuando sucedía, nunca salían cosas muy productivas de todas formas. Era intrigante.
Un llanto invadió la sala como un trueno, silenciando todas las conversaciones. La bebé gritaba sobre los brazos de su madre, proclamando en su idioma la necesidad de alimentarse. Thrina no tardó nada en calmarla, dándole de su pecho materno, pero solo ese pequeño instante de llanto llenó de algarabía a los presentes.
—Es fuerte, ¿has sentido? —dijo el patriarca, orgulloso.
—Qué fortaleza —repuso otro sacerdote.
Marixa se inquietó y arrugó el ceño ante el resto de los comentarios que prosiguieron, todos muy similares. «Solo ha llorado porque tiene hambre, eso es todo. ¿Qué es lo que ven que yo no puedo ver? ¿Por qué estas personas actúan tan…»
—¿Vienes? —le preguntó Alexa con una sonrisa llena de vivaz simpatía.
Marixa se la quedó mirando. Cuando su hermana ponía esa cara, parecía que iría a hacer una travesura.
Habían terminado de almorzar y el resto de sus hermanas ya se había levantado de la mesa. Era habitual para ellas el reunirse junto con otros niños del santuario a jugar o conversar antes de la lección en el templo, una costumbre. Bueno, al menos así era para la mayoría. Para variar, Bella era la excepción y nunca las acompañaba. Solía dirigirse por su cuenta hacia el templo; a veces incluso se quedaba allí sola durante tardes enteras. A Marixa antes le causaba intriga, pero ya no recordaba el momento en que había dejado de parecerle extraño. Era lo normal en ella.
—Aún debo cambiarme —contestó.
—¿Cambiarte? Pero si vamos al templo. ¿Piensas ir sin el uniforme de Ukald?
Marixa se remiró con acritud. Es cierto, tenía las prendas de Ukald, pero había aprendido hacía tiempo cómo mejorar de una u otra forma su aspecto antes de salir de casa. El uniforme por sí solo era espantoso, soso y aburrido.
—Ve, te alcanzaré en un momento.
Su hermana resopló y salió como una tromba del comedor. Alexa estaba siempre tan llena de energía que solía contagiarla de ella, pero ese día la mente de Marixa estaba como anestesiada; el nacimiento de su hermana y la conversación con Bella la habían dejado en babia desde la noche anterior.
Yendo hacia su cuarto se topó con su madre. Thrina hamacaba en sus brazos a la recién nacida en su habitación. Marixa se apoyó con sigilo en el marco de la puerta y contempló la escena tal que si se tratase de un enigma en el que no tenía permitido inmiscuirse. La bebé lloraba, como si algo la molestara.
—Calma, pequeña, calma —le decía Thrina con dulzura, aplicada a la tarea de mecerla.
Desde el centro del pecho, a Marixa le nacieron ansias por ayudar. Fue una necesidad, casi una obligación. Recordó las palabras de Bella respecto de la percepción de la bebé y repitió en su mente las frases de su madre, imitando el mismo dulce tono.
«Calma, pequeña, calma —pensó una y otra vez, como en una oración en la que extendía un mínimo su aura—. No llores, tu hermana está aquí».
La alegró que el llanto disminuyera, pero no creyó que fuera su plegaria lo que había funcionado. Los bebés eran impredecibles, nadie podía saber qué ocurría en esa pequeña mente, y aunque alguien se dedicase a leerla, no encontraría nada legible, solo un mundo de abstracción. Se sentía como una tonta. ¿En qué estaba pensando?
—Hija, ¿no tienes lección hoy?
Marixa se sorprendió, se había quedado tan absorta en la bebé que casi se olvidó de su madre. Por unos instantes, fue como si se hubiera trasladado a otro lugar.
—Enseguida voy, madre.
—No has podido verla, ¿no es eso? —sonrió Thrina—. ¿Te gustaría verla de cerca? Ven, no te morderá. Aún no tiene dientes.
Marixa accedió al cuarto de su madre con timidez, hacía mucho que no entraba a aquel lugar; al patriarca no le gustaba que sus hijas rondaran por allí. Sintió el halo que dejaba la presencia del espíritu acompañante del patriarca, y algo más… quizás alguna barrera de protección. Tuvo el pálpito de que el patriarca se enteraría de que había entrado. Esperaba que no la regañara de la misma manera que lo había hecho con Alexa hacía unos días, la experiencia no era nada agradable.
«Aprovecha el ser una bebé, pequeña —pensó Marixa, viendo por fin más de cerca a Lisa—. A ti nadie va a castigarte».
—¿Ya ves? Se parece un poco a ti y a Alexa —dijo Thrina.
Marixa sonrió. Su madre tenía la voz más agradable del mundo; era fuerte y suave a la vez, inspiraba confianza. Y cuando tenía esos arranques de ternura funcionaba como el incienso de duermerola, era relajante.
—Se parece más a ti, y también a Leslie —consideró Marixa—. Aunque es difícil ver bien los rasgos, se parece a una patata.
—¿Tú crees? Yo aún recuerdo cuando tenías este tamaño. Tenías una naricita y una boca muy parecida a esta, casi idénticas.
Marixa afinó más los ojos mirando a Lisa, que extendía sus diminutas manos hacia todos lados, como queriendo volar. Su madre se aproximó a la cama y se sentó en el borde, exhibiendo mejor a la bebé.
—¿Ves?
Marixa se acercó más y no se contuvo esta vez en intentar darle una caricia. La bailarina mano de Lisa tomó de improviso el dedo de su hermana y lo sujetó con la fuerza propia de un bebé.
—¿Te gusta tu hermana, Lisa? —preguntó Thrina, imitando una dulce voz infantil.
Lisa no contestó, no podía hacerlo, pero sus gimoteos se detuvieron a la par que sus ojos de un pardo oscuro se abrieron. Sus miradas conectaron y Marixa ahogó la respiración. La sensación… fue preciosa. Nunca había sentido algo similar, con nadie. Eran unos ojos hermosos, pero no solo eso, un aura preciosa la rodeaba; no podía explicarlo, era como explicar el universo, o a los espíritus ancestrales. ¿Esa niña… era en verdad su hermana?
Suya.
—¿Es verdad lo que decían los sacerdotes? —recordó.
Su madre puso un gesto de confusión en el rostro.
—Dicen que Lisa es especial, más que nosotras —detalló Marixa—. Bella ha dicho que es… diferente.
—Ah, te refieres a eso… Así es, tiene un volumen espiritual muy grande. Espera un destino a quien porta un don tan maravilloso. ¿Qué te preocupa tanto?
—Es Bella. Ella ha dicho algo que no pude entender bien, pero que me ha molestado.
Thrina se retrajo.
—Aunque ya seas una sacerdotisa, sigues siendo joven, hija. Es normal sentir celos. Trata de entender que a cada uno le corresponde lo suyo, y que hay que aprender a aceptarlo.
—No es eso —negó ella de inmediato.
No le gustó la acusación. Tenía aún dominado su dedo índice por la mano de la bebé, así que utilizó su mano libre para darle una suave caricia en la mejilla. Lisa soltó una sonrisa desdentada bellísima.
—Es solo una bebé… ¿Por qué debe cargar con ser tan especial? Parece muy duro. Las sacerdotisas oran por ella, los sacerdotes cuchichean sobre su potencial. Han venido hasta de Múdiker a conocerla, también desde Aiksa, y yo no lo entiendo. Me parece injusto. Tiene tanta presión a su alrededor… ¿La merece? La tratan como a un animal de feria.
Thrina sonrió y le dio una ligera caricia a Marixa, acomodándole el cabello detrás de la oreja.
—Es muy lindo de tu parte sentir compasión, hija. Pero los dones nos llegan por un motivo, no es azar. Desde que damos el primer respiro, el flujo de la tierra nos arrastra por la corriente. Somos lo que somos, damos lo que tenemos y luego volvemos a la Gruta. Uigaejord ga, Gaejord neun. Del Gaejord venimos y a él vamos. Tu pequeña hermana es muy valiosa, la energía vibra fuerte en su interior. Es su responsabilidad cargar con eso.
Marixa exhibió un ademán de rabieta, pero se detuvo a tiempo, mordiéndose el labio. Vio en su madre un atisbo de tristeza. Eso le molestó todavía más, tanto como para apartar la mirada.
—Cuanto menos puedes acompañarla en su viaje —añadió Thrina.
Marixa se interesó de inmediato, volviéndose.
—¿Crees que pueda hacer eso?
—Por supuesto, es tu hermana, ¿o no? Siempre estarán unidas por un lazo invisible para las personas, pero indivisible como el agua de un río.
—¿Puede cargar alguien con el destino de otra persona, madre?
Thrina hizo una ligera danza con su largo cuello, pensando.
—Debería ser una persona inconmensurablemente fuerte para interponerse en la vida de otro de esa forma, sobre todo si se trata de alguien con un destino tan trascendente. Pero al menos podrías cargar con una parte. Si cuidas de ella, seguro que puedes serle de mucha ayuda. ¿No lo crees así, Lisa? Mira esa sonrisa, claro que sí.
—¡¡Mar!! ¿¡Dónde estás!? ¡Ya nos vamos! ¡Te lo has perdido todo! —se oyó gritar a Alexa desde la planta baja.
Marixa dudó en alejarse tanto como lo había hecho al entrar al cuarto.
—Ya me voy —dijo por fin, y la bebé se encabritó al soltarle el dedo, emitiendo renovados gimoteos.
Marixa se retrajo, deteniéndose.
—No pongas esa cara, estará aquí cuando regreses —le dijo su madre, sonriendo—. Vamos, ve, presta atención en tus clases y vuélvete una buena sacerdotisa, deberás serlo si quieres ayudar a tu hermanita.
—Lo sé —dijo ella. Se acercó al marco de la puerta y, antes de partir rumbo a su cuarto para terminar de cambiarse, agregó en un susurro—: No te preocupes, madre, yo me haré cargo de ella.